Recién cumplía los 102 años de una vida de lucha, pareja, cuesta arriba, y donde ella tuvo el maravilloso don de saber mirar la parte iluminada de las cosas, para así enseñarles a sus hijos y hacerlos felices y buena gente. María Fista Izaguirre se fue este viernes. La llamaron de arriba, y se abrieron las puertas de par en par para recibirla. Se fue, pero dejó un legado de 12 hijos criados en el contexto del amor puro, la alegría -pese a las mil adversidades que genera la pobreza-, y la enseñanza de que con el trabajo se avanza y se dignifica. Todo San José la llora.

Doña Fista, como la conocía todo el mundo, había nacido en San Luis, el 6 de abril de 1919. Sus padres, campesinos sin tierras, la llevaron de la mano a cada lugar que se fueron, allí, donde "había un trabajo". Luego la mandaron de criada a una familia acomodada de Buenos Aires, y allí conoció el amor y se casó con Carlos Evangelista Salcedo y se vinieron a Mendoza.

Los vecinos de aquella alegre casita de calle Rafael Obligado nunca olvidarán ese enorme patio lleno de niños, ajenos y propios, jugando y riendo, mientras ella lavaba a mano las camisetas del Atlético Argentino u horneaba a pura leña las más inolvidables tortitas y panes, siempre con una sonrisa, tal como la recuerdan, o recordaban -algunos ya no están-, con una eterna sonrisa. El fútbol y el club fueron parte de su vida, y ella vio nacer como futbolistas a muchos pibes en la recordada "canchita de los Salcedo", parte de su propio patio.

"Mi mamá nos dio todo su cariño y esfuerzo. Los domingos eran una fiesta para nosotros. Después de trabajar lavando y haciendo limpieza a distintas familias, se ponía a amasar, caldeaba el horno y nos regalaba el pan y las tortitas más ricas del mundo", contó Marisa Salcedo, una de las hijas de Fista, quien la acompañó hasta su último instante en el hospital.

La demasiado temprana partida de su esposo y las deudas la obligaron a tener que abandonar de nuevo, en su destino errante, de ese predio de San José, para irse un poco más allá, a un terrenito de calle Gomensoro, siempre en Guaymallén, donde sentó su morada definitiva y pudo celebrar luego sus 100 años, siempre rodeada de afecto, hasta que se despidió este pasado viernes, sin que el maldito virus la tocara, en paz, esa que da el saber que se cumplió la tarea primordial, de dar vida y dar amor.

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