La casa seguía en pie y sus ruinas atestiguaban la antigua gloria de una construcción inusual, por su estilo elegante y por su ubicación, en medio de campos desolados.
Testimonios del más allá: "Nadie escuchará mis gritos"
Una antigua casona abandonada es la base de este relato que Antonio compartió en radio Nihuil. Ese fue el hogar de una joven mujer que vivió una historia de amor que terminó en tragedia
Antonio dejó que la leyenda de esa casona ingresara en su infancia, a través del relato de su padre. Recorrían el carril Moyano como paso obligado hacia la finca familiar y las heridas de adobe en las paredes oscurecidas por el tiempo, gritaban para reclamar su atención.
El niño conocía la tragedia que se contaba en torno a esos despojos de caña y barro, pero su curiosidad nunca se saciaba. Quería ver esa casa de cerca, recorrerla y comprobar si de verdad se escuchaban los gritos de esa mujer que nunca descansaba.
Regalo de bodas
El siglo XX recién comenzaba, con sus promesas de progreso llegando a todas partes. Una pincelada de esos nuevos aires llegó al carril Moyano, camino a Rivadavia, para instalarse detrás de una arboleda que se adivinaba el mejor amparo para el calor riguroso de las siestas mendocinas.
Allí se ubicó la casa, la única de dos pisos que se veía por la zona, junto a un par de palmeras completamente ajenas al paisaje, que acrecentaban el aire exótico que la construcción acentuaba en alguno de sus detalles arquitectónicos.
Era el hogar de un joven matrimonio, regalo de bodas del padre de la novia, solícito a cumplir cualquier deseo de su única hija, con la ciega devoción de su amor. Sólo en una oportunidad se animó a confrontarla: en la elección de su amado. Al viudo y rico terrateniente no le gustaba ese hombre refinado, de exagerados gestos amables y una mirada oscura, quizá reflejo de sus intenciones.
Pronto entendió que contrariar los sentimientos de su hija no era conveniente, porque en su negativa más encontraba ella la reafirmación de que el verdadero amor, el suyo, debía ser defendido y sostenido hasta las últimas instancias.
La boda fue sencilla, por expreso pedido de la novia. No necesitaba demasiado para que ese fue era el día más feliz de su vida, sin saber que ante sus afectos y ante Dios, con la emoción en los ojos y en la voz, acababa de sellar su trágico destino.
Amor y enfermedad
Ella esperaba las visitas de su padre para reprocharle -con el sentido del humor que ambos compartían-, que todas las objeciones que había presentado contra el joven esposo, eran erradas.
Él era afectuoso y atento a cualquier requerimiento de la joven, incluso cuando ni siquiera ella podía adivinar que una necesidad o un capricho reclamaban su consideración. Advertía, como una señal de su amor, que ante cualquier minúsculo malestar llamase al médico y que luego lo acompañara hasta la entrada de la propiedad, en la lejana arboleda, inquieto por cerciorarse de que su mujer estuviese bien, sana, dichosa.
Comenzó luego a hacer esas caminatas con su suegro, momento propicio para manifestarle que a veces ella lo asustaba, porque cambiaba repentinamente de humor e incluso olvidaba lo que terminaba de decirle. Cuando el esposo reparaba en las inconsistencias de su carácter o su memoria, la desesperación ganaba el ánimo de la joven, que empezaba a creer que la cordura la abandonaba, justo en el instante en que la vida se amoldaba a sus deseos.
El padre decidió buscar otras opiniones, porque no veía en su hija las señales que a su yerno tanto le preocupaban. Sí advertía que la duda se enmascaraba en los pensamientos de su niña, que temía que su felicidad, nuevamente, volviera a ser efímera.
En los años siguientes, el esposo abandonó la habitación para no perturbar la fragilidad anímica de su mujer. Ella estaba cada vez más triste, porque su humor cambiante y sus olvidos habían terminado por fragmentar el matrimonio. Tomaba medicinas, hacía las largas caminatas que le indicaban y seguía extravagantes dietas, pero nada reducía la creciente preocupación de su esposo.
Todo empeoró con la muerte de su padre. Con un esposo lejano, había quedado completamente desamparada. No sabía que lo peor estaba por llegar.
Sin hogar
El personal que trabajaba en la casa le llevaba el desayuno, almuerzo y cena a su habitación, porque al esposo no le parecía conveniente que abandonara la seguridad de ese recinto.
Cuando la mucama le preguntaba si a la señora no le haría bien salir al jardín o leer en el amplio comedor, el señor se negaba. “Su carácter es tan cambiante que a veces es muy agresiva. No quiero que ninguno de ustedes resulte lastimado”, argumentaba el doliente esposo.
De a poco, el espacioso hogar de dos plantas se iba encogiendo ante sus ojos y las paredes se hacían cada vez más estrechas para albergar el minúsculo cuerpo de la desposada. En ella se fundían el dolor del duelo y del desamor. No podía creer que los dos fueran parte de su realidad.
La reclusión se mantuvo hasta el día en que él echó a todo el personal. Su esposa se había vuelto demasiado impredecible, peligrosa y era su responsabilidad cuidarla. Había hecho esa promesa ante Dios y no estaba dispuesto a quebrarla.
Uno a uno fueron abandonando el hogar, que se pobló de silencio. Él subió a la habitación y con desconocida brusquedad la llevó del brazo hasta el sótano. Entre el asombro y la debilidad, ella no opuso resistencia. No sabía que esa sería su última morada.
La silenciada
La muerte de los testigos apagó gran parte de los relatos sobre el infortunio de la joven esposa. Lo que ha sobrevivido, además de los restos de la famosa casona, es que ella estuvo en ese sótano los años que su débil humanidad resistió el hambre, el frío, el abandono y la peor de las heridas: la crueldad de quien creyó que la amaba.
La única conexión con el mundo exterior era una pequeña ventana, desde donde sabía que el mundo seguía indiferente a su infortunio, con sus ciclos imperturbables de hojas moribundas, fríos azulados, flores atrevidas y soles vehementes.
En cada una de esas fases gritó hasta agrietarse la voz, hasta ahogarla en la desolación. La casa que él insistió en ubicar en ese lugar era inexpugnable. “¿Por qué nadie escucha mis gritos?”, era su desolada súplica y plegaria. Ella insiste. El grito se quiebra y vuelve a rebelarse.
Antonio recorrió de niño su leyenda y ese hogar abandonado. Como muchos antes, podría jurar que al dejar atrás las paredes corrompidas, algo se retuerce entre la arboleda seca.
Más allá de la frontera de las décadas pasadas, alguien tiene que oírla. Su grito suplicó piedad y no fue escuchada. Ahora reclama venganza.







