No fue repentino, pero en algún momento se convirtió en otra persona, como si no se resignara a vivir solamente una vida.
Testimonios del más allá: "Milagro fatal"
Un caballo negro, una obsesión y un final trágico son los componentes de esta historia real contada por un oyente de radio Nihuil y que inspiró este cuento
Había hecho del trabajo en el campo su mayor propósito y estaba convencido de que con eso le bastaba para sobreponerse a cualquier adversidad. A los caprichos de la naturaleza respondía con la serenidad de su ánimo y la seguridad de que volverían los brotes milagrosos a abrirse camino en la tierra polvorienta. Todo se resolvería en la espera.
La templanza no implicaba aprender a sobreponerse a tamañas adversidades, sino a un solo obstáculo, uno que comenzó a crecer sin ser advertido y cuya tragedia nadie, ni siquiera su protagonista, podría haber anticipado.
Palabras vacías
Así como la naturaleza hacía lo suyo con sus ciclos milenarios, la rutina de Francisco se cumplía con la misma redondez cíclica, con las herramientas y capacidades innatas o adquiridas. Palpar la tierra para advertir la humedad del terruño, oler la primavera en la floración, ser el primero en probar los duraznos maduros. Observar las ramas secas, las hojas insistentes, la bruma y el recorte del cielo que cubría sus dominios. No había advertido que los sonidos no le resultaban imprescindibles, salvo que el motor del tractor insistiera en esa especie de ronquera al arrancar o que las armonías del agua al invadir las hileras cambiaran abruptamente.
Por eso no se dio cuenta a tiempo que el mundo iba callándose a su alrededor. Que su nombre se iba apagando en boca de los otros, que el viento era una sensación silenciosa y que las palabras eran movimientos vacíos. Tarde entendió que no quería vivir en un lugar que se había vuelto mudo sólo para él.
Melodías perdidas
Fue como si las tinieblas se anunciaran, las fauces enloquecidas y feroces desmesuradamente abiertas en un grito, en vano. De a poco, la oscuridad le fue ganando los pensamientos y éstos fueron esculpiendo líneas ásperas en el rostro afable. Se sentía desterrado, ajeno al lenguaje que siempre fue suyo, exiliado en su propia casa, en su propio cuerpo. Y como la añoranza suele unirse a la pérdida, comenzó a construir recuerdos sonoros: retazos de canciones, las primeras palabras de sus hijos, el crujir de la madera seca. Se preguntaba cuál de esos sonidos elegiría si tan solo volviese a escuchar por una única vez.
No tuvo que responder. Lo escuchó con tal nitidez que no supo si vino del exterior de la casa o desde su misma sangre.
Salvaje docilidad
El relincho de un caballo lo despertó. La incertidumbre se afincaba en no saber si eran sus sueños los que le devolvían un llamado de su vida anterior. Ajena a sus temores, una sombra rondaba el humilde hogar rodeado de frutales y viñas.
Lo escuchó nuevamente con claridad y con los ojos muy abiertos. Nunca pensó que esos sonidos inarmónicos pudieran construir la melodía de su felicidad. Abandonó la casa, descalzo, con las prisas y la agitación de un inminente milagro y la vio, una silueta imponente y el pelaje tan negro que apenas se despegaba de la noche.
El caballo, al advertir su presencia ni siquiera se inquietó, sino todo lo contrario. Se aproximó hacia él con pasos cortos y la cabeza gacha, en una aprendida ceremonia de docilidad. Francisco extendió la mano con un gesto calculadamente suave, para no asustarlo y ya casi sentía el calor que anticipaba la caricia, cuando el animal dio media vuelta y escapó, con el manto cómplice de la noche cubriendo su fuga.
Fue la primera vez que lo vio y el inicio de su desgracia.
La tortura
Noche tras noche el hombre y la bestia se encontraban. Al principio, al día siguiente de la aparición verificaba la ruta de escape que había elegido el animal. Nunca encontró una sola huella que delatara su paso.
El relincho, asimilable a un cotidiano milagro, lo impulsó a buscar respuestas y sólo ese caballo negro podría darle las respuestas que necesitaba. Le devolvió unos pocos sonidos, pero para él eran suficientes y estaba seguro que no serían la única bendición que le regalaría.
Dejó uno de sus caballos -el más brioso-, dispuesto junto a la casa, listo para seguir a la bestia nocturna. El animal nunca elegía la misma vía de escape y siempre le permitía creer que estaba a punto de alcanzarlo, de rozar las crines y por qué no, capturarlo y ser el dueño de ese ejemplar llamado a despertar la envidia.
La ilusión de apresarlo se desvanecía cada noche, cuando la oscuridad parecía reclamar al animal, como si estuviese hecho de su misma materia y por ende, parte indivisible de su esencia.
Todos los días se prometía, perdido en el silencio que le traía el sol, que esa sería la jornada definitiva, el final de una persecución forjada en la obsesión y la desesperanza. Escucharlo en las noches para perder cualquier rastro de sonidos al amanecer, se convirtió en un ciclo de tortura infinita.
Silencio y distancia
El mundo decidió callarse y él respondió con un gesto: puso distancia con aquellos con los que alguna vez compartió palabras, historias y confidencias. Creía también que entre ellos ahora crecían los secretos, también inaccesibles, por eso la soledad fue la única respuesta a esos seres con los cuales ya no coincidía en casi nada.
Ninguno de ellos lo había visto salir por las noches ni mucho menos perseguir al misterioso caballo. Su familia era ciega a los milagros.
Si hubiese podido oírlos, si hubiese querido forjar la cercanía, habría escuchado que las palabras de su esposa y de sus hijos eran notas de preocupación y temor.
No querían sumar hostilidad a una situación que sabían era difícil para el padre de familia y atestiguaban ciertas excentricidades como parte del proceso de aceptación de su nueva realidad.
Hasta que un día no volvió. La búsqueda fue breve y el horror, intenso. No pudieron presagiar que pondría fin a su pena apurando su propia muerte.
La noche no trajo consuelo y se llenó de preguntas. El llanto se expandía por las habitaciones de la casa que Francisco abandonó para siempre.
Escucharon el relincho de un caballo y salieron al instante, con el temor de que alguien quisiese robar alguno de los propios. Una bestia negra lastimó la tierra en su huida y no pudieron asegurar de qué criatura se trataba. La oscuridad la ocultó en una maniobra veloz y escalofriante para asegurarse, después de haberse llevado lo suyo, que nunca más la volvieran a ver.







