Las llanuras del sur del Reino Unido albergan una de las estructuras más enigmáticas de la historia. Stonehenge continúa como una fuente inagotable de preguntas para científicos y visitantes por igual, quienes buscan comprender cómo se erigió este gigante de piedra. Una de las grandes incógnitas se centra en el origen de las "piedras azules", rocas enormes ubicadas lejos de sus fuentes naturales. Recientemente, un estudio de la Universidad de Curtin ofreció pruebas contundentes que descartan una vieja hipótesis geológica, lo cual aviva el misterio sobre la logística empleada por los antiguos habitantes.
Durante más de cien años, los expertos debatieron acaloradamente sobre el transporte de estas piedras. Una teoría de larga data sostenía que enormes capas de hielo arrastraron las rocas a través de Gran Bretaña durante los periodos de la Edad de Hielo. Sin embargo, la nueva investigación sugiere con fuerza que fue la acción humana, y no los glaciares, la responsable del traslado. Los geólogos utilizaron herramientas modernas para analizar granos minerales diminutos y encontraron que la explicación glaciar carece de sustento físico en el terreno actual.
La ciencia detrás del misterio de los sedimentos
El equipo de investigación, liderado por el Dr. Anthony Clarke, estudió minerales específicos encontrados en las arenas de los ríos alrededor de la llanura de Salisbury. Cristales como el zircón y la apatita funcionan como verdaderas cápsulas del tiempo geológico, ya que conservan información detallada sobre su edad y origen incluso después de sufrir largos desplazamientos y erosión. La premisa era simple: si los glaciares hubiesen transportado las rocas desde Gales o Escocia, habrían arrastrado y depositado también una firma mineral clara de esas zonas en las arenas locales.
Los resultados del análisis de más de 500 cristales de zircón mostraron una historia muy diferente a la esperada por los defensores del hielo. Las edades de los circones coincidían con rocas del sur de Inglaterra y no con las regiones del norte. Esto indica un reciclaje de sedimentos dentro de la misma zona geográfica en lugar de una entrega directa por hielo desde el norte. La ausencia de escombros volcánicos galeses o escoceses en las capas geológicas de la llanura refuerza la idea de que la naturaleza no movió esas piedras gigantes.
El ingenio humano como respuesta final
Al descartar el transporte natural por glaciares, la balanza se inclina decisivamente hacia la intervención humana directa. Aunque no se sabe con certeza si las piedras navegaron desde el norte o se transportaron por tierra sobre troncos rodantes, el estudio confirma que la obra implicó un esfuerzo coordinado masivo. Las comunidades neolíticas debieron planificar y ejecutar este traslado a lo largo de grandes distancias, lo que demuestra una capacidad de ingeniería, organización social y determinación notable para la época.
El profesor Christopher L. Kirkland, coautor del trabajo, señaló que Stonehenge sigue sorprendiendo a la comunidad científica. Al analizar minerales más pequeños que un grano de arena, lograron poner a prueba hipótesis que persistieron durante un siglo sin resolución. Este hallazgo suma una pieza fundamental al rompecabezas general, consolidando al monumento no solo como una estructura litúrgica o astronómica, sino como un testamento perdurable de la habilidad técnica de los antiguos constructores.





