Santi Caranza se fue de Mendoza a Corea del Sur y encontró un mundo de sorpresas arriba de una bicicleta

El actor Santi Caranza recorre Corea del Sur en bicicleta. Entre sorpresas y choques culturales, descubre territorios inesperados, también dentro de sí mismo

Editado por Facundo García
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“Si querés saber quién sos, caminá hasta donde nadie sepa tu nombre”, escribió Patrick Rothfuss en una de sus pocas y geniales novelas. Santiago Caranza le hizo caso a medias: hace dos semanas se fue de Mendoza a Corea del Sur, pero en vez de caminar agarró una bicicleta y se dispuso a recorrer el país en dos ruedas. Sin planes fijos, en una aventura con 650 kilómetros de sorpresas.

En el medio hubo una decisión de ir a buscarse, un viaje en avión de más de 36 horas y un shock cultural inevitable. En una parrilla al costado de la ruta, por ejemplo, casi lo echan a patadas. Y él no entendía bien por qué.

Una de las calles de Corea del Sur, desde la mirada atenta de Santi Caranza.

Robots, naturaleza y bicis

La primera impresión de Corea del Sur apareció antes de salir del aeropuerto. Caranza describió un lugar gigantesco y atravesado por la tecnología. “Todo muy robótico”, comprobó. En el paso por la aduana no tuvo contacto con seres humanos: avanzó a través de sistemas automatizados hasta meterse de lleno en ese pequeño país que alguna vez fue agrario y tradicional y hoy suma, sobre ese pasado, una fiebre modernizadora sin freno.

Faltaba alquilar la bicicleta, estudiar mapas y largarse al camino. Antes, Santi tuvo una experiencia como espectador de fútbol. “Invitado por la Liga coreana, pude presenciar un partido de ascenso”, tiró, divertido. “Y fue impresionante. La costumbre es que, cuando terminan de jugar, los dos equipos saludan a las hinchadas contrincantes... nada que ver con Argentina”.

Santi no deja de sorprenderse ante la demencial distancia cultural entre Argentina y Corea del Sur. Sin embargo, el contacto humano siempre llega.

De los robots pasó al palacio Gyeongbokgung, el principal palacio real de la dinastía Joseon, construido en 1395. Lo antiguo y lo novísimo mezclados, conviviendo a pesar del contraste.

Después llegó el momento de pedalear. El puerto de Incheon marcó el inicio de un trayecto que empieza en el noroeste y termina en el sureste del país. Horas y horas sobre una bicicleta, a través de un terreno donde cada día florece lo inesperado a pesar del afán previsor de los surcoreanos.

Santi en Incheon. El inicio de su aventura.

Pasa que viajar entre sociedades tan distintas significa, muchas veces, desaprender lo que uno considera obvio.

“En una especie de parrilla coreana al costado de la ruta, quise entrar a comer. Me empezaron a gritar que me fuera. Entonces intenté en otro lugar que había al lado. Salió una señora que, de muy mala manera, también me dijo que retirara. Después salió un tipo y me explicó que estaba muy mal visto que yo entrara a ese lugar solo. Se supone que si iba ahí, tenía que estar acompañado. Rarísimo”, recapituló Santi.

El viento, los pedales, el pensamiento o el silencio. El viaje de Caranza es, como todo viaje verdadero, una expedición hacia uno mismo.

Santi comenta sus experiencias en su cuenta de Instagram, @santicaranza.

Siempre adelante

Se nota, en los videos que comparte Santi en las redes, que mientras pedalea está sopesando el camino. Tanteando. Buscando direcciones. No para encontrar verdades portentosas, sino para recuperar las pequeñas maravillas que -a veces sin saberlo- nos rodean.

Contó que pasó por la frontera con Corea del Norte y le impactó que detrás de una línea hubiera una realidad tan distinta a la del primermundismo de los surcoreanos.

“Hice 400 kilómetros y no vi un solo perro callejero”, comentó esta semana. Y así: cada día un asombro.

Corea del Sur según los ojos del viajero en bici: mucha tecnología, pero también naturaleza y espacio para lo no planificado.

Asia tiene una larga tradición de cronistas viajeros. Y, de hecho, el recorrido por Corea del Sur es un clásico de ese país. Esta foto muestra la ruta para bicicletas que ha sido preparada para ese trayecto.

Huertas, campos, rascacielos; callecitas mínimas que llevan a un rincón que se revela en medio de la noche. Eso y más aparece en las crónicas viajeras de este mendocino que se busca.

Su enfoque refleja el placer de perderse y retomar el camino, de conectar con personas cuyas palabras él tampoco conoce.

Y no es que Santi Caranza vaya a cambiar de idioma ni de nombre. Es que salirse de los lugares fijos abre puertas inesperadas. Hacia afuera, pero también hacia adentro.

En pocas palabras

  • Actor mendocino: Santi Caranza recorre Corea del Sur sobre una bicicleta, en busca de aventuras y autoconocimiento.
  • Contrastes: el viaje de 650 km lo lleva a través de tecnología, naturaleza y choques culturales.
  • Descubrimientos: experimenta sorpresas diarias, desde la frontera con Corea del Norte hasta costumbres locales inesperadas.
Resumen generado por Thinkindot AI

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