Músico y escritor

Rodrigo Manigot y el día en que Eduardo Sacheri hizo la mejor atajada de su vida sacándole una pelota con mano cambiada

Líder de la banda musical Ella es tan Cargosa Rodrigo Manigot debutó como escritor de ficción con relatos autobiográficos en "El aire del mundo"

Después de algunas turbulencias, Rodrigo Manigot ha logrado quedar a mano con su cincuentena. Afirmado en dos pilares, la música y la literatura.

Cultiva ambas disciplinas de manera amplia, sin fronteras, pero lo que lo colma de satisfacción es haber tocado la fibra íntima del arte popular.

Con su grupo Ella es tan Cargosa llega a un público cada vez más nutrido. Y con los relatos autobiográficos de El aire del mundo, su debut como escritor de ficción, siente que le está rindiendo tributo a maestros como Aníbal Ford, Eduardo Romano o Jorge Rivera.

El libro, en efecto, saca el mejor partido a momentos de juventud vividos -y sufridos- plenamente en el paisaje barrial de Castelar, en las largas vacaciones de Villa Gesell, en el fútbol adolescente bajo el aura inspiradora de River Plate, en el despertar su flirteo con las chicas, problemático como cualquier comienzo. Y la familia. Sobre todo, la familia. Con Pichi y Marta, papá y mamá, cubriendo la escena.

En diálogo con el programa La Conversación de Radio Nihuil, Rodrigo Manigot cuenta cómo fue transitando cada una de estas etapas. Desde Buenos Aires. Desde su eterno Castelar, por supuesto.

-Hola, Rodrigo. ¡Nadie te puede sacar de Castelar! Estás atado al pago.

-Un mozo, cuando tenía veinte años e íbamos a tomar algo, nos decía: “Cuna y tumba, chicos” (risas). Es así.

-Vos, al igual que nosotros, tenés un programa y hablás habitualmente con escritores. Qué lindo ejercicio para la radio, ¿no?

-¡Ah! Me di un lujo enorme. Me llamaron y no dudé. También es un hermoso desafío porque no paro de aprender cosas. Soy muy obsesivo y trato de hacerlo bien. Cuando te podés dedicar a lo que amás, esa es la verdad de todo.

-Para los que disfrutamos de la lectura, esto es el sueño del pibe…

-Y, bueno, hay que soñar y, después, tratar de orientar la vida hacia esos sueños.

-El aire del mundo es un libro de carácter autobiográfico y a muchas de las personas que retratás después te las vas encontrando en la calle. ¿Cómo resulta eso?

-Ese es el punto más débil y quizá más complicado de la escritura autobiográfica. A mí no me molesta tanto la autoexposición, pero sí, uno juega con materiales sensibles de los demás.

-¿Y cómo lo manejás?

-En el fondo, uno termina siendo cuidadoso. Lo decía Pablo De Santis: guarda que al escribir literatura autobiográfica te cuidás más. Pero también creo que cuando vos escribís supuesta ficción, ¿de dónde la tomás sino de lo que te rodea? Igual conozco gente que saca libros de ficción y que tuvo unos quilombos infernales (risas). Todo es discutible y esto es lo interesante.

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Rodrigo Manigot.

Rodrigo Manigot.

-Lo que pasa es que, muchas veces, las situaciones más picantes son las que hacen atractivo un libro. Un ejemplo es Emmanuel Carrère, que suele ponerse en primera persona y en su último libro tuvo un despelote infernal con su mujer.

-Claro, en Yoga. En el caso de ellos hasta es una bendición porque le potencia las ventas. Lo importante es darle una forma literaria a tu experiencia. La parte jodida de uno tiene que aparecer y uno se tiene que sincerar, porque en la vida también uno discute, se pelea con gente que ama, reprocha cosas. ¿Entonces por qué, a la hora de escribir, uno tiene que edulcorarlo todo si la vida no es así?

-Tu mamá Marta es protagonista durante todo el relato. ¿Qué decía ella a medida que lo iba leyendo?

-Mi vieja no lo leyó.

-¡¿No?!

-No. No. Y no sé… Mi vieja, por un lado, está dividida. Le gusta que su hijo sea escritor y tenga cierto reconocimiento, porque lo lindo del libro es cuando le empieza a gustar a gente que no conocés.

-Tu vieja no leyó el libro, pero es posible que algún hermano tuyo o una tía vayan y le cuenten algunos pasajes que la involucran.

-Hay que sacarse esos miedos. Maia Debowicz, que sacó un muy lindo libro este año, me dijo: “Mirá, si vas a hablar de los demás y se enojan, bancátela”.

-Vos escribís desde hace bastante tiempo, pero ¿cómo elegiste qué anécdotas poner en este caso?

-En la carrera de cada escritor hay momentos en que, después de muchísimos años y de muchísimo buscar, encontrás lo que realmente te pone frente a la computadora como una fuerza magnética.

-¿Y hubo algún disparador en este caso?

-Yo iba a un taller literario con Santiago Llach, que es una persona muy influyente. Y cuando nos habló de Mi libro enterrado, donde Mauro Libertella habla con mucha crudeza de la muerte de su papá, para mí, después de años de dedicarme a la literatura, fue como decir: “¡Ah! Me puedo dedicar a contar mis cosas”.

-Claro, te cayó la ficha.

-Cuando uno se pone a escribir ficciones, arma alter egos muy parecidos a uno, con la misma edad, que andan por los mismos barrios, pero eso fue como una luz verde. Porque empezar a escribir es también poner en cuestionamiento y empezar a entender cosas de tu vida que no entendiste en el momento en que ocurrieron.

-Empezás a sacar cuentas que no habías sacado antes…

-Hay acontecimientos que te rompen la vida en dos y son difíciles de leer en el tiempo real. No los esperabas. Son muy violentos, muy fuertes. Pasan un montón de cosas. Y la escritura, en un punto, es calmarse un poco. También me lo dijo Mauro Libertella: salís curado y herido a la vez.

-Te tirás a la pileta… y a nadar…

-Te metés. Y ahí tenés que tratar de no andar consultando mucho porque, si no, no escribís nada.

-¿Las situaciones, cuando uno las pasa al papel, pierden dramatismo o no?

-Los hechos son dramáticos, pero creo que, cuando vos los escribís, dejan de serlo. Ya pasó el tiempo. Uno de los libros del año, para mí, es Efectos personales, de Marina Mariasch. Narra el suicidio de su madre. Si ella lo pudo contar es porque, ya, en un momento, es contable y se puede revivir, se puede ordenar, se puede repensar.

-La literatura, escrita desde el lugar de los hechos, como decís vos, no puede hacerse en caliente, ¿no?

-Cuando pasan cosas tan fuertes, necesitás la distancia, la frialdad y la inteligencia de ir ordenando e ir comprendiendo. Porque esas cosas fuertes son tus obsesiones. Entonces, ¿cómo no las vas a contar?

-El relato está encerrado en un lapso muy preciso de tu juventud. ¿Por qué ese tramo, precisamente?

-Es mi primer libro. Lo empecé a escribir a los cuarenta y pico, en medio de una fuerte crisis de la mediana edad. Ocurría a medida que me acercaba a la edad en que mi viejo había muerto.

-¿Cómo la fuiste llevando?

-En un momento empecé una terapia en donde la persona que me atendía me dijo: “Che, ¿cómo no estás escribiendo? Esto te tiene mal”.

-No te costó, entonces.

-La escritura y la lectura siempre fueron parte de mi vida. Tan importante como la música.

-¿Cómo andaba esta parte en ese momento?

-Yo tenía una muy buena carrera musical, que iba creciendo. Empecé a ganar plata después de años de tocar sin pensar que, en algún momento, iba a entrar dinero (ríe). Ya estaba como resignado con Ella es tan Cargosa. Nos reíamos porque no se nos daba.

-Hasta que se dio.

-Se nos dio de grandes. Pero, bueno, eso también me desordenó. Yo estaba en una crisis. Empecé a escribir y se dio una conjunción, mientras iba repensando cosas de mi vida.

-¿Cómo ubicás tu vida en esa circunstancia?

-Tenía 45 años, no era padre, no estaba casado. Estaba en pareja, pero mi vida era un caos.

-¿Entonces?

-Empezando a escribir, fui entendiendo. Empezando a escribir, fui padre. Fui haciendo análisis (ríe). Hice un montón de cosas.

-Lo cual te sirvió, suponemos.

-Todo lo que quería pensar y escribir está ahí. A mí me sirvió muchísimo. No digo que tenga que ser siempre terapéutica la escritura, pero sí está claro que, en algún momento, te salva.

-Vos, por otra parte, como cuenta el libro, vivías dentro de la atmósfera de la escuela de psicología social Pichon Riviere que habían abierto tus viejos en Castelar.

-Claro. Yo tuve una infancia muy feliz. Mis padres, aun con sus dificultades, eran personas muy hermosas. Yo un poco quise narrar eso: la infancia, la adolescencia y, de golpe, el giro del guion de la vida que te cambia para siempre. Un cambio muy potente.

-¿Cómo era la atmósfera familiar?

-Era una familia en donde mi viejo tenía una centralidad enorme. Incluso mis amigos lo querían muchísimo. Fue un golpe fuerte. Y, después, yo me iba acercando a la edad de mi padre y era el único que no había sido padre.

-Lo cual te hizo ruido.

-Había que revisar eso. Y había, sobre todo, que escribir, porque, para mí, escribir y leer es el placer máximo de mi vida junto con hacer canciones. No es algo que dejé ni que hice esporádicamente.

-¿De qué manera lo llevabas?

-Leer siempre fue una obsesión. Leer, no sé, a Juan José Saer, a Juan Carlos Onetti, a William Faulkner, a todas esas bestias…

-A Raymond Carver, que te copó, entre muchos otros.

-¡A Carver! A Lorrie Moore. La conocí a Lorrie Moore. Cuando empezás a leer a Alice Munro, bueno… tu cabeza ya no es la misma.

-¿Cómo te fueron moldeando esas lecturas?

-Cuando empezás a leer a Saer, escribís oraciones larguísimas, con subordinadas. Y así, vas imitando a todas esas bestias hasta que, después de mucho tiempo, de mucha paciencia y de muchos años de trabajo, uno encuentra su voz.

-Vos tenés una base literaria en tu vida. Contás que, cuando salían de viaje con tu papá Pichi y con Marta, ella, en el auto, les iba leyendo diversos libros: Mi planta de naranja lima, Los capitanes de la arena, Queremos tanto a Glenda, etcétera. ¿Qué te fue quedando de todo eso?

-La cultura en casa circulaba mucho. La música, los libros, el cine, el teatro. Y, después, hay algo que cuenta Henry Miller. Dice algo así como que, cuando estás en tu grado, en los primeros años de la escuela y leés algo, si ese algo impacta en toda la clase y en la maestra, es porque ese es tu oficio. Y yo de chico encontraba que escribiendo era muy feliz.

-Vos en algún momento te colgaste, pero, aun así, te llevó muchos años ir forjando el oficio. ¿Quiénes oficiaron de maestros?

-Estudié con Alicia Dujovne, con Héctor Lastra, con Saccomanno y Forn. Estudié con quien se te ocurra y, bueno, en algún momento se me iba a dar.

-Entre los parajes queridos donde fuiste feliz, Villa Gesell ocupa un lugar privilegiado. ¿Volvés cada tanto a esos lugares?

-Sí, sí, vuelvo. Tengo que ser sincero. Voy más a Cariló porque un amigo de la primaria tiene casa y restoranes, y me lleva siempre. Pero estos dos últimos veranos fui a Gesell, al Barrio Norte, que es una zona muy linda y muy tranquila. Amo Gesell. Y si tengo que veranear en Mar del Plata, también voy feliz.

-Tenés un rango amplio.

-Más allá de que uno tiene territorios donde pasaron cosas fuertes, nunca fui de quedarme ahí. Mar Azul también me gusta mucho. Venimos de tocar en Bariloche, donde nos fue bárbaro y quizá me gustaría un enero allí. ¡Ni qué hablar de Mendoza! Viajar está en el ADN de la familia.

-Sin embargo, el tramo temporal de tu libro tiene un par de locaciones puntuales.

-Los cuentos están situados en Gesell, pero podríamos haber ido a Córdoba, a Bariloche, etcétera, porque anduvimos por todos lados, por suerte, y esa fue la marca que nos quedó.

-En tus relatos hay aventuras con chicas que generalmente terminan mal. En un momento, mencionando a Ernestina que lee con tu hermano y un amigo a Benedetti y Cortázar, decís: “Si hay algo que no entendía para qué servía en la vida era la literatura”. Te pasaban esas cosas.

-Yo siempre me burlo porque me casé con mi compañera Micaela a los 47 años. Ella tenía 31. Para la ceremonia preparé un discurso, pero, a la tarde, tuve una crisis de pánico y no lo pude decir. Empecé a andar en bicicleta a los 11. Y, nada, empecé a escribir canciones a los 22. Empecé bien la música a los 40. Fui padre a los 47. O sea, todo es tardío en mi vida. Y ahora estoy publicando libros cuando lo quería hacer a los 30.

-¿Qué te dice todo eso?

-Y… bueno… Es el estilo de uno. Yo ya lo tengo asumido. Lo importante es tener la energía y las mismas ganas que tenía a los 30. Hoy se larga a llover y es un día nublado y miro por la ventana y me inspiro, igual que cuando tenía 30 años. Me habría encantado publicar en ese momento, pero, evidentemente, no estaba para eso. Tenía que aprender. Tenías que pelártela un montón de veces y entender un montón de cosas hasta que, un día, de tanto buscar, se te da.

-Vos consideraste la pandemia como una experiencia bastante determinante. ¿Creés que el mundo se va reacomodar, volviendo, grosso modo, a lo de antes o que cambió inevitablemente?

-El mundo se va a reacomodar, pero hay una cosa de pospandemia en el aire. La vacunación tan masiva y que hayan circulado tantas cepas no significa que haya que confiarse. Yo tengo un hecho muy desgraciado para contar, pero es parte de la vida. Una de las presentadoras de El aire del mundo en la Feria del Libro fue la escritora Ángeles Salvador. Yo tenía un contacto muy lindo con ella, pero desconocía por completo que padecía algunas enfermedades preexistentes. La cosa es que, poco después, en algún momento Ángeles se contagió y falleció a los cincuenta días.

-¡Qué fuerte para vos!

-Por eso digo, pasó esto de la pandemia, pero ¡guarda! Nunca sabés qué pasa con tu salud. Hay que cuidarse, no solo por uno sino también por los demás.

-¿Y a vos, particularmente, cómo te fue durante este tiempo?

-En lo personal, a mí me vino bien, en un sentido egoísta. Me ordenó. Por supuesto, sufrí mucho porque, con el país parado durante dos o tres meses, si antes estábamos mal, ¡lo que va ser después!

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Ella es tan Cargosa, el grupo que lidera Rodrigo Manigot.

Ella es tan Cargosa, el grupo que lidera Rodrigo Manigot.

-El mundo está en mutación permanente, eso está claro. A vos te pasa con la música. Venís del rock, pero hay que adaptarse y convivir hoy con todas las nuevas músicas urbanas, ¿no?

-Exacto. Por suerte, ahora vamos a tocar y los shows son multitudinarios. La rueda se va moviendo, la gente está en todos lados, los bares están repletos. Vamos volviendo al ritmo anterior. Pero, sí, claro, no va a ser el mundo anterior, porque es otro. Un ejemplo es el mate. Yo ya no volví a tomar mate con otra persona.

-Te confesamos que, para nosotros, uno de los capítulos preferidos del libro es el 5, titulado “El esquiador”, que cuenta tu experiencia cuando te fuiste a probar al club de tus amores, River Plate. Allí confesás que, en el colegio, tenías de víctima nada menos que a Eduardo Sacheri, que era arquero.

-Me emociona que hayan leído el libro y que les haya gustado ese precisamente. Es el capítulo sobre el que más dudas tenía. Yo voy al taller de Matías Bauso, en Capital. Me parece un lugar espectacular para poner los textos en circulación porque hay mucha gente muy lectora y muy escritora. Es como ir al gimnasio para mí.

-¿Y qué pasó cuando lo mostraste?

-Yo decía que era el peor y todo el mundo me decía que era el mejor del libro. Así que para mí fue una revelación.

-Es un capítulo delicioso. Además, el diálogo que mantenés con un mito como Pedernera es inolvidable. Resulta imposible de sacar.

-Bueno, muchas gracias. Me di cuenta en el taller que funcionaba.

-En ese mismo capítulo contás que en el colegio tenías de víctima a Eduardo Sacheri, ¡nada menos!, que jugaba de arquero.

-Me pasó algo muy gracioso con Sacheri. Después del premio que ganó El secreto de sus ojos, nos juntamos todos los exalumnos del Instituto Dorrego. Habían pasado veinticinco años desde que egresamos. Lo fui a saludar. No nos reconocimos mutuamente. Y cuando le digo “soy Rodrigo”, me responde: “¡Uy, qué grande!”

-¿Entonces?

-Le largo: “Te quiero decir algo que nunca te dije. A vos te hice el gol más lindo de mi vida”.

-(Risas) ¡Qué momento! ¿Cómo reaccionó?

-Estaba firmando libros. Cuando termina de atender a la gente viene y me dice: “Ayer di una nota para Colombia y les conté que la mejor atajada de mi vida te la había hecho a vos (risas). Ahora esperame unas semanas”.

-¿Y? ¿Cumplió?

-A las semanas me mandó un cuento que había publicado en El Gráfico, que está en sus relatos. Se llama “Mano cambiada”. Es hermoso. La cuestión es que aquella noche hablamos de muchas cosas, entre ellas, de lo que significa la memoria. Yo me acuerdo del gol y él se acuerda de la pelota que sacó con la mano cambiada.

-Justamente en este capítulo del que estamos hablando vos mostrás una formidable capacidad para tratar los relatos de onda futbolera y popular en la veta que cultivan Sacheri, Fontanarrosa, Manzanel o el Gordo Soriano.

-Por supuesto. Me lo han dicho y lo sé. Hay una literatura que reivindico muchísimo, que es la literatura popular. Eso me desvela. Me pasa ahora con la banda. Vamos notando muy crecientemente, allí donde tocamos, que son conciertos multitudinarios y la banda se va convirtiendo en otra cosa.

-¿En qué cosa?

-En que no es una banda para pocos. Es una banda que le gusta a todo el mundo, muy popular. Lo estoy disfrutando mucho porque yo me formé en la Facultad de Comunicación de la UBA con Aníbal Ford, con Eduardo Romano, con Jorge Rivera, que eran tipos que reivindicaban todo el tiempo esa bastardeada cultura popular.

-Ahora que ya te estás consolidando como escritor, con una larga carrera musical detrás, ¿quién alimenta a quién? ¿Ella es tan Cargosa a tu literatura o viceversa? Teniendo en cuenta, por otra parte, que sos el letrista del grupo.

-Yo creo que fue un premio consuelo ser el letrista. Como no podía publicar puse todo el corazón ahí. Pero es todo parte de lo mismo. Imaginate que ahora estamos haciendo canciones nuevas y me doy cuenta de que, a las ocho de la mañana, mientras tomo mate, ponerle letra al tema de un compañero o hacer uno mío es algo que me vuelve loco.

-Es muy bueno poder cultivar esas dos vetas, ¿no?

-Siento que tengo estas dos posibilidades. Del mismo modo que si Pedernera me hubiera dado el visto bueno en aquel momento, capaz que habría cumplido mi sueño de jugar en la primera de River.

-Para ir cerrando, ¿cómo te llevás con tus hermanos? Ellos están siempre presentes en el relato y con algunas situaciones conflictivas, como la vez que se molieron a piñas con Gonzalo, tu mellizo.

-Algo había en el aire que no entendíamos y que hacía que nos matáramos a trompadas. Me pareció honesto exponer de mi parte situaciones que me avergüenza haber vivido, como la violencia masculina. Tiene que ver, también, con desarmarte, con entender cosas y con tratar de ver qué te pasaba.

-Uno de ellos, Mariano, es parte de Ella es tan Cargosa.

-Mariano es la persona que más quiero en el mundo. Además, creo que la literatura es muy fuerte en el momento en que la leés o que la escribís. Pero después, a la semana, te olvidás. Es como Netflix. La verdadera importancia de todo es la vida. El problema es que la vida se va.

-Claro. Con sus vaivenes.

-Con Mariano nos peleamos mucho hace unos años. Atravesamos una situación complicada los dos. Tuvimos la crisis de la mediana edad al mismo tiempo. Eso fatal para él, para mí y para el grupo. Lo pudimos resolver. Nos amamos con mis hermanos. Pero la vida no es solo amarse. Lo mismo con mi vieja. Algún disgusto le habré dado con la publicación. Pero ahora me voy a comer con ella y, si sale el tema, me pongo a hablar de River o de cualquier otra cosa.

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