Estas construcciones no son casuales ni temporales. Son el resultado de verter toneladas de arena y sedimentos desde finales de 2013 hasta al menos 2025, en un proyecto de ingeniería tan ambicioso militarmente como polémico.
Mueven toneladas de arena al océano y construyen islas estratégicas con fines militares
La estrategia, conocida en informes occidentales como la llamada “Gran Muralla de Arena”, implicó dragado masivo del fondo marino del océano, extracción de arena y sedimentos, y su bombeo sobre arrecifes poco profundos para elevar el terreno hasta que quedara por encima del nivel del agua. Luego se reforzó ese suelo con muros de contención y compactación, hasta hacerlo lo bastante estable para construir construcción pesada.
El resultado es impresionante y visible incluso desde imágenes satelitales. La construcción de estas islas completamente nuevas, de hasta casi 12 km², con instalaciones que incluyen puertos, pistas de aterrizaje, hangares, radares y construcciones logísticas y militares. Lo que comenzó como relleno de terreno, un proceso ingenieril que no es nuevo en sí mismo, se aceleró y amplió hasta crear territorio firme donde antes no lo había, cambiando literalmente el mapa del océano en una de las zonas más disputadas del planeta.
El objetivo de construir en medio del océano
Este enorme proyecto comenzó hacia finales de 2013 y se extendió de forma casi continua por más de 12 años, hasta 2025. Aunque el momento inicial fue entre 2013 y 2015, cuando se creó la mayor parte del terreno reclamado, la actividad ha continuado mucho más allá, consolidando las islas y ampliándolas con instalaciones permanentes.
El Mar de China Meridional es una de las rutas de comercio más importantes del mundo, por donde pasa una parte enorme del transporte marítimo global. Controlar estas aguas mediante bases militares en islas construidas artificialmente refuerza la capacidad de vigilar y, potencialmente, restringir el movimiento naval de otros países.
La construcción de estas islas artificiales es multidimensional en su impacto. En lo geopolítico, son parte de la estrategia de Pekín para asegurar presencia permanente en aguas reclamadas, un área atravesada por rutas marítimas estratégicas y reclamada parcialmente por varios países vecinos.
Pero el costo ambiental es enorme. Estudios citados por expertos señalan que la obra provocó pérdida de hasta decenas de kilómetros cuadrados de arrecifes de coral, esenciales para la biodiversidad marina. La dispersión de sedimentos también ha alterado corrientes y hábitats, afectando especies que dependen de esos ecosistemas.






