En la esquina de Tiburcio Benegas y Colón, en Godoy Cruz, hay un local donde el tiempo parece haberse detenido. No por abandono, sino por persistencia. Allí, entre estantes repletos de zapatos, zapatillas, botas, carteras y bolsos, trabaja todos los días José María Arango. Para todos es “Pepe”, el zapatero de la zona, el de siempre, el que repara, escucha, saluda y sigue adelante con un oficio que aprendió cuando apenas era un niño.
Tiene 70 años y es zapatero desde los 12. Un oficio que, como él mismo dice, “me dio de comer toda la vida”. En el barrio no hay quién no lo conozca. Los clientes entran, lo saludan por su nombre, le preguntan cómo está y dejan el calzado sobre el mostrador. Algunos volverán a buscarlo en unos días; otros, como ocurre en todas las zapaterías, nunca regresarán y quedarán allí, esperando.
Pepe nació el 18 de abril de 1955 en Benito Juárez, provincia de Buenos Aires. Su historia laboral empezó temprano, marcada por la necesidad. “Iba a la escuela primaria y éramos pobres. Necesitaba trabajar, colaborar con la casa. Quería aprender algo, salir a la calle”, recuerda. Vivía con su abuela y, aunque tenía a sus padres, entendió desde muy chico que debía ayudar.
"El dueño de un taller de calzado me dio una oportunidad cuando tenía 12 años", cuenta Pepe
Primero golpeó la puerta de un taller mecánico. “Fui a pedir trabajo para barrer, hacer lo que fuera”, cuenta. Pero el destino lo llevó unos metros más allá, hasta un taller de reparación de calzado. El dueño le dio una oportunidad. “Siempre voy a estar agradecido. Era muy buena persona”, dice Pepe, todavía con emoción al recordarlo.
Al principio, sus tareas eran las más básicas: cebar mate, barrer, mantener el taller limpio, preparar el té, pasar el plumero y acomodar cajas. “Como tenía venta, limpiaba, ordenaba, esas cosas”, repasa. Pero con el tiempo empezó a mirar, a preguntar, a aprender. A los seis o siete meses, llegó la primera gran prueba. “Un día me dijo: ‘Poné un taquito’. Me llevaba calzado a mi casa para arreglar. Ganaba unos pesos, ya tenía un sueldito”.
En esos años, el trabajo no faltaba. “En el campo se usaban muchas botas, se lustraban, se arreglaban. Había mucho trabajo y yo aprendía rápido”, cuenta. El oficio se le metió en las manos y en la cabeza, de la mano de un patrón que, sin saberlo, le estaba enseñando el sustento de toda su vida.
A los 18 años dio un paso decisivo. “Puse mi primer taller de calzados con la ayuda de mi padre y de Roquito, el señor que me enseñó el oficio”, recuerda. Fue un antes y un después. Poco después le tocó cumplir con el servicio militar y fue destinado a Puerto Belgrano, en Punta Alta, cerca de Bahía Blanca. Allí no solo continuó trabajando: también conoció a quien sería su compañera de vida, Mirta Liliana Carrasco, una mendocina con la que más tarde se casó.
Siempre con su taller de calzado, hasta llegar a Godoy Cruz
La zapatería lo acompañó en cada mudanza. Abrió un taller en Punta Alta, luego se trasladó a Mar del Plata y más tarde regresó a Benito Juárez. Siempre el mismo rubro, siempre el mismo saber. Hasta que finalmente, en 1993, decidió instalarse definitivamente en Mendoza, la tierra de su esposa. Se radicaron en Godoy Cruz.
Durante años trabajó en distintos locales de la zona. Incluso llegó a tener zapatería, taller de costura y cerrajería en un mismo espacio. Desde hace siete años atiende en el local actual, alquilado, en la esquina de Tiburcio Benegas y Colón. “Antes estuve enfrente, siempre por acá”, dice.
Hoy, después de casi seis décadas de oficio, Pepe mira el presente con una mezcla de orgullo y preocupación. “Estamos quedando los viejos de oficio nomás. La gente joven no quiere aprender. El oficio no arranca con los jóvenes”, afirma sin vueltas. “Los viejos nos vamos muriendo y el oficio se va terminando. Es la verdad”.
Para él, no se trata solo de nostalgia. “Esto tiene su técnica, no es para cualquiera. Requiere mucha práctica”, explica. Y defiende su trabajo con convicción: “Es un oficio muy noble. Siempre está el pesito. No solo para comer, se puede vivir bien. A mí me dio de comer toda la vida y crié cuatro hijos”.
Su hijo Cristian había aprendido el oficio de zapatero y falleció en un accidente
Uno de ellos, Cristian, había aprendido el oficio. “Era el único que lo sabía”, cuenta Pepe, con una pausa inevitable. Cristian falleció en un accidente. Sus otras tres hijas, Romina, Andrea y Gabriela, tomaron otros caminos laborales. “Cada una tiene su trabajo”, aclara. También cuenta con orgullo que es abuelo de seis nietos y bisabuelo de un niño de un año que es "la luz de mis ojos".
Su rutina es inalterable. Llega temprano al local, enciende la radio y empieza a trabajar. Al mediodía vuelve a su casa, en el barrio Trapiche, para almorzar y descansar. A las 15.30 regresa al taller y sigue hasta las ocho de la noche. Día tras día, sin estridencias.
Anécdotas le sobran. “Hay gente que deja el calzado y se va caminando descalza”, cuenta entre risas. También ha enviado trabajos a España y conserva una clientela fiel que vuelve una y otra vez. Ese, dice, es su mayor orgullo.
Entre suelas, agujas, martillos y recuerdos, Pepe Arango sigue sosteniendo un oficio que resiste. No sabe cuánto tiempo más quedará alguien para aprenderlo, pero él, mientras pueda, seguirá haciendo lo que aprendió a los 12 años: trabajar con las manos y vivir de eso.






