El miedo llegó de golpe el 21 de marzo. Hasta entonces, Cecilia González convivía con filtraciones, humedad y problemas estructurales que se agravaban con cada lluvia. Pero ese día observó cómo parte de la mampostería comenzaba a desprenderse y entendió que ya no se trataba de simples daños en una vivienda: la casa donde vive junto a sus hijos corría peligro de derrumbe.
La mujer reside en Villa Nueva, Guaymallén, junto a Virginia, de 19 años, estudiante de Sociología, y Benicio, de 13, quien tiene autismo, epilepsia, parálisis cerebral y un severo desorden sensorial. Tras el llamado de emergencia, personal de Defensa Civil inspeccionó el inmueble y confirmó el riesgo.
"Me pidieron evacuar. Ahí tomé verdadera dimensión de la gravedad de la situación", recuerda Cecilia.
Sin embargo, abandonar la vivienda no resulta una decisión sencilla. Por el contrario, representa uno de los mayores desafíos que ha enfrentado como madre.
Para su hijo, mudarse a un refugio puede ser incluso peor
Benicio necesita rutinas estables, entornos conocidos y condiciones específicas para evitar situaciones de estrés que puedan afectar su salud. Por eso, la posibilidad de trasladarse a un refugio, la alternativa ofrecida por los organismos estatales, no aparece como una solución viable para la familia.
"Pensaba en cómo prepararlo para dejar su casa, sus cosas, su espacio seguro. Tuve mucho miedo, incertidumbre y desesperación", relata.
La vivienda donde viven fue cedida por familiares de sus hijos. Tras permanecer abandonada durante años, Cecilia intentó refaccionarla con recursos propios mientras sostenía la crianza de sus hijos y un pequeño emprendimiento de costura, actividad que hoy constituye una de sus principales fuentes de ingreso.
Pero el deterioro acumulado y las últimas inundaciones agravaron los problemas estructurales. Primero aparecieron filtraciones. Después llegaron la humedad, los daños en pisos e instalaciones eléctricas. Finalmente, el techo comenzó a ceder.
Actualmente la familia permanece en las habitaciones consideradas seguras. Un pasillo separa esos ambientes de la zona más comprometida de la vivienda.
"Los chicos permanecen siempre en la parte que no corre riesgo. Solamente salgo yo para cocinar, lavar, limpiar y hacer las tareas de la casa", explica.
La situación obliga a mantener una rutina marcada por la vigilancia constante. Cada movimiento dentro de la vivienda está condicionado por el temor a nuevos desprendimientos.
Tras recibir el informe de Defensa Civil, Cecilia inició una recorrida por distintos organismos públicos en busca de respuestas. Si bien recibió acompañamiento y orientación, asegura que las soluciones habitacionales disponibles no contemplan la complejidad de su situación familiar.
"No tenemos otro lugar donde ir. Tampoco contamos con los medios económicos para alquilar o mudarnos", afirma.
Desde Desarrollo Social y el municipio le informaron sobre la posibilidad de recibir materiales para reconstruir parte de la vivienda. Sin embargo, la mujer señala que la ayuda no alcanza para resolver el problema completo.
La reparación de la vivienda está fuera del alcance económico
La reconstrucción requiere mano de obra especializada y recursos económicos que hoy están fuera de su alcance.
La falta de una red familiar cercana agrava aún más el panorama. Sus familiares residen en otras provincias y no pueden brindar contención inmediata.
Mientras tanto, Cecilia intenta sostener la normalidad dentro de una realidad atravesada por la incertidumbre. Continúa trabajando con su máquina de coser, acompaña los tratamientos y cuidados de Benicio y sigue buscando alternativas para garantizar la seguridad de sus hijos.
"Lo que más necesito es un hogar donde pueda cuidar a mis hijos con tranquilidad", sostiene.
A pesar de la angustia, evita hablar desde la resignación. Su principal preocupación sigue siendo Benicio y el impacto que una mudanza forzada podría tener sobre su salud física y emocional.
Por eso, más allá de los problemas estructurales de la vivienda, su pedido apunta a una cuestión más profunda: que existan respuestas concretas para las familias que atraviesan situaciones de vulnerabilidad extrema.
"Necesitamos que el Estado esté presente cuando hay personas tan vulnerables de por medio", concluye.
Mientras espera una solución, Cecilia continúa habitando ese equilibrio entre el miedo al derrumbe y la necesidad de preservar el único espacio que hoy representa estabilidad para su hijo.








