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La segunda vacuna, la alegría y la tristeza

Es inevitable para quienes reciben la segunda vacuna contra el Covid-19 sentir una mezcla de sensaciones

De la alegría y el alivio, al dolor y la tristeza. O las mismas sensaciones todas juntas. No es fácil explicar aunque es seguro que son muchos y muchas en Mendoza, en Argentina y en el mundo, los que pasan por idénticos sentimientos. Cuando llega el aviso de la primera vacuna contra el Covid-19, quién no se puso contento. Es como recibir la llave para entrar a un lugar seguro. Y ni hablar cuando el correo electrónico, o el familiar más ducho con la tecnología, anuncia que está esperando la segunda dosis.

Unos cuantos acompañados, otros solos, van a vacunarse felices. La mayoría por lo menos. Se sacan fotos y las publican en Facebook o Instagram y por los que no tienen redes sociales lo hacen sus hijos, hermanos, otro familiar o un amigo. Los inoculados (vaya palabra fea si las hay) además de mostrar su satisfacción, agradecen al personal de salud y no faltan quienes suman sus congratulaciones al Gobierno nacional o al provincial.

Si el aviso de la primera vacuna es como tener la llave para entrar a un lugar seguro –como se dice más arriba- recibir la segunda vacuna es como un salvoconducto para permanecer en ese lugar seguro e ilusionarse con volver a hacer lo que se hacía.

La mayor parte de los vacunados hasta ahora, es gente grande. Muchos son abuelos a los que la pandemia los alejó –físicamente- de sus hijos y de sus nietos. Muchísimos más tienen amigos a los que ven sólo en la virtualidad. Otros piensan que pronto van a poder viajar a ver sus familiares que viven en Buenos Aires. O en San Juan.

Ser vacunado por segunda vez es, definitivamente, emocionante.

Desde que la pandemia se instaló en la Argentina, en marzo del año pasado, la vacuna pasó a ser un bien esperado, anhelado, querido. No para todos, claro. No se puede negar que hay quienes no creen en la efectividad de ninguna vacuna y es más: ni siquiera se inscribieron porque –hay que recordarlo –la vacunación es voluntaria.

Están en su derecho los que piensan así. Se lo reprocharán, o no, sus seres queridos y se expondrán más que los demás a contraer coronavirus. Pero es en definitiva, su decisión.

No podrán –eso sí- impedir que los vacunados estén aliviados y contentos y que sientan que se están cuidando ellos y cuidando a los demás, incluso a los que optan por no vacunarse.

Ahora bien, volviendo al inicio de esta nota, alguien se preguntará por qué a la alegría y al alivio se le suman el dolor y la tristeza.

Es simple la respuesta: es por los que no llegaron a la vacuna, por los muchos que quedaron en el camino, por lo que lo pasaron y lo pasan mal. Cualquiera que ha recibido ya las dos dosis, como quien esto escribe, seguramente no ha podido evitar la pena por el familiar, el amigo, la amiga, el vecino o la vecina, el docente, el doctor, el conocido o el famoso que murió.

Esa mezcla de sensaciones pesa. Y es válida para enojarse con los que no respetan las medidas de restricción, ni el uso del tapabocas, ni el distanciamiento y enojarse mucho más con los que organizan y participan en fiestas clandestinas, burlan controles y –valga la expresión- se cagan en los demás. Extiéndase el reproche -al menos de mi parte- a los políticos que por política despotrican contra las restricciones, a los políticos que por política no toman decisiones y también, claro, a los periodistas opinadores que privilegian sus intereses por sobre el deber de informar como corresponde.

Pero es mejor dejar un mensaje optimista y anhelar que lleguen más vacunas rápidamente. Mientras tanto, a no aflojar con los cuidados y a no olvidarse de los que ya no están.

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