Carlos Bertona es médico deportólogo y traumatólogo. En partidos oficiales y entrenamientos ha visto de todo durante los últimos treinta años: fracturas, distensiones ligamentarias, traumas, contusiones, jugadores cortados y sangrando... Hasta un caso de doping por el que debió comparecer en la AFA. Pero el domingo 11 de septiembre de 2005 en el Estadio Malvinas Argentinas debió atender a un futbolista que se estaba muriendo porque acababa de recibir un disparo policial en el pecho. Y de esa tarde, el doctor Carlos Bertona no se olvidará jamás.
Cielo nublado: el mal presagio
Aquel Día del Maestro amaneció nublado y con nubes pesadas hasta que la lluvia finita y molesta para caminar, para manejar y hasta para mantener los ojos abiertos, no tardó en aparecer. Encima, los pronosticadores, que habían anunciado neviscas hacia la tarde, no fallaron. Aislados. Intermitentes. Así fueron los chaparrones y la nevadita desde la hora de la siesta. ¡Y eso que estábamos en septiembre!
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Ajenos a esas condiciones meteorológicas, los hinchas de San Martín y de Godoy Cruz ajustaban detalles para ir a la cancha. Al Malvinas. Por la B Nacional se enfrentarían los del Este y los tombinos. Un clásico que resultaría inolvidable. Porque todavía da que hablar.
El tercer gol de Godoy Cruz definió el pleito. Partido liquidado, diría el relator Walter Nelson. Sin embargo, otro drama, ajeno a la pelotita y sus avatares, estaba por estallar.
La mecha se encendió cuando desde el campo de juego lanzaron gestos de provocación a la hinchada de San Martín, y algunos de sus integrantes respondieron arrojando cascotazos y pedazos de baldosones en dirección al verde césped. Los proyectiles llegaron lejos y casi dieron en un par de policías. Entonces, la Policía reaccionó.
Un pelotón de Infantería marchó camino de la tribuna norte para sofocar a los revoltosos. Lanzaron gases lacrimógenos y postas de goma. Hubo rechifla. Corridas. Puteadas. Desbandes. Y ya no hubo partido porque los jugadores dejaron de correr para detenerse a mirar, los brazos en jarra, la mirada atenta, hasta dónde llegaban los incidentes.
Los jugadores de San Martín también reaccionaron contra la Policía para obligarla a dejar de disparar contra sus hinchas. Varios se fueron contra el pelotón que estaba ensañado con la hinchada. Suerte que estaba el foso para separarlos.
El desenlace fue vertiginoso. Las camisetas albirrojas y los uniformes oscuros se trenzaron, igual que los cascos y los pantalones cortos y las canilleras y los escudos y las piernas al aire libre y los borcegos. Se mezclaron. Y forcejearon. Hubo empujones. Gritos. Silbidos desde las tribunas. Y la lluvia finita que parecía emperrada con seguir cayendo. Y el césped pegoteado por doquier. De pronto, un estampido. Un fogonazo. Todo pareció detenerse.
El médico Carlos Bertona vio que lo llamaban, que le hacían señas, con brazos extendidos... Ahora, casi quince años después de aquella tarde aciaga, recuerda todo, como si lo estuviera viendo:
"Pensé que había sido un culatazo pero cuando llegué me encontré con Azcurra tirado en el césped. Tenía un gran orificio de entrada en el tórax derecho. Pasaba la pleura, que divide los pulmones del abdomen. Tenía perdigones que llegaban hasta el hígado", recordó Bertona acerca del zaguero central Carlos Azcurra, ese corpulento jugador de 28 años que llevaba el número 6 en la espalda.
¿Qué hizo para socorrerlo?
Decidí trasladarlo a un hospital. Lo cargamos en la ambulancia. Llovía sin parar. Lo cubrimos porque los perdigones salían por el agujero de entrada. Fuimos al hospital más cercano: el Lagomaggiore.
¿Qué pasó en el camino?
Le puse dos sachets de suero que compensaron la gran pérdida de sangre. Pasaron a chorros. Tuvimos la inmensa fortuna de brindarle esa asistencia a bordo y de que su organismo lo recibiera bien, porque no siempre sucede con pacientes así. Carlos me decía Me estoy quedando sin aire, no puedo respirar. Sudaba. Estaba en shock.
¿Y en el Lagomaggiore?
Bueno, tuvimos que enfrentar la burocracia de siempre. Que de dónde viene el paciente y qué se yo cuántas cosas más... hasta que les dije: Hay que operar ya, sino se muere.
Dentro de lo caótico del panorama, hubo señales positivas. Bertona recuerda que el médico de guardia que se encargaría de la cirugía era conocido: el hermano de Guillermo Alastra, uno de los futbolistas del León del Este que fue parte de aquella tarde dramática e inolvidable.
