El que voy a referir es para mi uno de los grandes misterios modernos. Podría sintetizarse en la siguiente pregunta: ¿por qué catzo la gente habla y come en el cine como si estuviera en el living de su casa?
Todo comienza apenas entran a la sala. Siguiendo esa moda lamentable de que hay que hacerse notar a cualquier precio, ya sea en la vida real o en las redes sociales, el ingreso se produce hablando fuerte, con sonoras risotadas y lanzando, si es preciso, alguna guarrada, cosa que nadie deje de darse vuelta para comprobar si han llegado los nuevos hunos de Atila.
Están también esos grupos de señoras para las cuales es lo mismo estar en Cinemark o en el Village que en la casa de Dorita o Ernestina celebrando el cumpleaños de una de ellas.
Hablan y hablan en la oscuridad con una naturalidad que mete miedo. Además, como son por lo general unas quince las del grupo, se hablan de la punta de un pasillo hasta la punta del otro.
Lo mismo sucede con muchos grupos de adolescentes, con muchachos del rugby, con los novios cariñosos, e incluso con algunas parejas de cualquier edad o elección sexual que no encuentran mejor idea que pelearse en el cine. O con los que deciden enfrentar al mundo negándose a apagar el celular o a bajarle el sonido.
El clímax
Cualquier espectador civilizado sabe que en la medida de lo posible hay que empezar a callarse cuando comienzan las colillas (perdón , quise decir trailers), cosa de que cuando arranque la película haya un silencio pleno y estén todos los teléfonos apagados o en modos amortiguados.
¿Sí? Minga. No sólo siguen las charlas sino que se desata el show de la comida. Los baldes de pororó empiezan a ser consumidos con una fruición de indigentes. Todos los pop corn del mundo producen ruido, pero los de los cines, el doble.
Para mi lo peor es lo que podríamos denominar el efecto de la mano en la lata. Ese maldito rasqueteo en el balde que es seguido por el consabido deglutir y (¡suenen trompetas!) por la aspiración de la gaseosa que sube por la pajita (que en esos lugares llamen sorbetes) para completar un cuadro que en caso de los más chicos suele concluir con un sonoro eructo.
Acordemos en algo, che
Insisto: la convención social más elemental indica que el cine es un sitio donde hay que estar en silencio y a oscuras junto a otras personas que -como uno- han pagado una entrada para que desde una pantalla nos cuenten a todos los presentes una historia, un cuento, a fin de cubrir una necesidad vital de los humanos.
El cine es una versión rediviva de aquello que ocurría cuando los más antiguos pobladores de la Tierra se juntaban junto al fuego para que el brujo les relatara historias.
Ir al cine, entonces, es una ceremonia, un rito. Y lo que se produce dentro de la sala a oscuras es una especie de misa, donde todos estamos en silencio y en comunión escuchando lo que dice el oficiante, o el brujo de la tribu, o como en este caso, el director de la películas junto a su guionista y sus actores.
Saudades del cine Colón
No siempre uno puede ir al cine en horarios con poca gente. A veces hay que socializar en funciones de entre las 19 y las 23, que son las más pobladas. Y las más insoportables en cuanto al muestrario de incivilidad que reina en las salas, sobre todo en las de los centros comerciales
Soy un amante del cine desde niño y puedo asegurarles que uno de los secretos que siempre me enganchó fue sentir que en la oscuridad de la sala del cine Colón de Palmira yo era parte de una comunidad.
Mientras se proyectaba la película, solía mirar hacia el resto de la sala y conmoverme ante esa marea humana, todos callados, mirando fijo hacia esa pantalla que cumplía, como dijimos, una de las mejores labores ancestrales: que alguien nos cuente un cuento. Que haya personajes que nos conmuevan y que nos muevan a reir, a llorar, a pensar, a meternos miedo, a sumarnos al suspenso.
No concuerdo con el exceso de convenciones y acepto que estas van mutando cada vez más rápido. Pero hay cosas innegociables: en el cine hay que estar callado y en la medida de lo posible, sin comer.
¡Basta de querer competir con la pantalla! ¡Aguante la ficción!



