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El terror es nuestro: "Un disparo entre la vida y la muerte"

Una joven tomó una decisión para defender a su familia y décadas después, el recuerdo de esa noche sigue intacto

Editado por Marcela Furlano
furlano.marcela@grupoamerica.com.ar

No sabía que después de la muerte vendría el desamparo. Al dolor irremediable de no ver nunca más a su padre, sumó que el tiempo no trajo ningún consuelo, sino nuevos desafíos para la familia.

“Nos quedamos solas”, pensaba Gladys en la silenciosa cocina, con el mate que compartía con su mamá y su hermana menor, tratando de hacer rutina el número tres.

El Terror es nuestro Marcela Furlano Un disparo entre la vida y la muerte

Nunca se había sentido insegura, a pesar de que el vecino más próximo -uno de sus tíos- vivía a tres kilómetros. Ese número, el tres, volvía a marcar la aflicción cotidiana y parecía escabullirse en los asuntos importantes y en las nimiedades, para recordarle que la ausencia se agazapaba en sus individuales desolaciones.

El peso de ser la hija mayor se tradujo en una creciente preocupación. La enfermedad del patriarca fue tan repentina que no la preparó para las labores y dinámicas que exigiría el decrecido grupo familiar.

Hacía las tareas de la casa sin protestar, ayudaba antes que pidiesen auxilio y entendió que no llorar era la nueva exigencia de su espíritu. Así fue hasta el primer septiembre sin él, cuando los cerezos de la finca vecina se encapricharon en renacer. Lloró por la belleza intacta de cada una de esas flores, esas que su padre no volvería a ver y creyó que había desterrado para siempre la promesa de ser fuerte. En los días siguientes, toda su fortaleza sería puesta a prueba.

Aprendizaje

Sin siquiera adivinar la cuenta regresiva que su cuerpo iba marcando, el padre preparó a Gladys para futuras dificultades, que resultaron ser premonitoriamente aterradoras y cercanas.

Le enseñó a manejar el Rastrojero y -a pesar de la negativa de la entonces adolescente-, a armar, cargar y disparar la escopeta. No había por delante una amenaza acuciante, pese a las noticias de las que daban cuenta los diarios en los convulsionados años 70.

En Los Barriales, Junín, el padre usaba la escopeta para ahuyentar a los pájaros que picoteaban los frutales que amurallaban la casa familiar.

Puso una bolsa de arpillera en un alambrado, le indicó a su hija que apuntara al medio y disparara. Gladys tenía terror de que la percusión fuera tan fuerte que le lastimara el hombro o peor, que su cuerpo delgado no pudiera mantenerse en pie.

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El padre le enseñó la manera correcta de pararse y de ubicar el arma. Ella seguía con miedo hasta que él le dijo: “Se hace de esta forma. Confiá en mí”. Y el disparo se proyectó amparado en esas palabras.

Cuando llegó el momento de ahuyentar a los ladrones emplumados, el papá le indicó que disparase siempre hacia arriba. Quería ahorrarle a la joven la impresión de ver morir a un pájaro, porque reconocía en ella una sensibilidad extraordinaria, presente en muchas de sus preferencias y decisiones. No veía en eso una vulnerabilidad, sino todo lo contrario: su principal fortaleza.

El presagio

Habían ido a una cena familiar y por el camino interno de la finca sólo las luces del Rastrojero pestañaban en la cerrada oscuridad.

Las tres mujeres estaban alegres y cansadas, así que todavía en viaje ya habían planeado irse directamente a dormir.

Cuando la madre traspuso la puerta, sus palabras construyeron la frase con el miedo que durante semanas habían estado sintiendo. “Esta noche va a volver”, dijo como una advertencia o un veredicto.

Gladys la escuchó y decidió prepararse para esperarlo.

La sombra

Un intruso rondaba la casa. La madre había descubierto un par de veces a un hombre mirando por la ventana que daba a la habitación de sus hijas. Sin importar cuáles fueran sus intenciones, estar solas frente a esa amenaza era un escenario que la mujer no quería imaginar. Eran pensamientos engendrados en la materia oscura de las pesadillas.

Nunca habían podido verlo de cerca ni mucho menos identificarlo, porque apenas escuchaba un ruido o se encendía una luz, corría hasta perderse en las tierras cultivadas, cómplices de silencio y noche.

La madre llegó a detectar una especie de refugio donde se escondía, en el árbol cercano a la ventana de las jóvenes, que daba hacia el interior de la finca. Tenía ramas vencidas, hojas rotas y al pie del mismo unas huellas delataron el inicio de alguna de sus huidas. Como si de un pino de Navidad se tratase, lo envolvieron con alambres de púas, insólitas guirnaldas que el desconocido detectó. No resultaron heridos ni su cuerpo ni su obsesión, por lo cual regresó a acechar la casa familiar.

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La escopeta había quedado guardada sobre el ropero del dormitorio matrimonial. Estaba desarmada, pero Gladys sabía exactamente qué hacer. La armó, la cargó y se la llevó a su habitación, ubicándola debajo de la cama. Ni siquiera se había acostado cuando escuchó el primer grito. Su madre lo había visto.

Sin encender las luces, buscó la escopeta. No entendía si el frío se lo transmitía el metal o su propia determinación.

“Hacia arriba, para no lastimar a nadie”, le dictó la memoria con una voz que no era suya. La ventana estaba abierta, pero las cortinas nublaban el exterior, aunque era evidente que algo afuera se movía. “Hacia arriba”. Y disparó.

Alguien corrió allá afuera, en dirección a la calle, hacia donde daba la habitación de su madre, que volvió a gritar. Caminó rápido, al ritmo de su propia agitación, mientras cargaba nuevamente el arma. La sombra se desplazaba hacia la impunidad.

En el momento exacto en que el gatillo empezaba a sentir la presión que anticipa el disparo, la ventana abierta de par en par dejó ver un automóvil que pasaba justo en ese momento, cuando ya de por sí era improbable que alguien anduviese por esos lados y mucho menos a esas horas.

Iba a disparar hacia arriba, como le habían enseñado, pero fue muy tarde para detener la acción que ya se había desencadenado. Como un eco deformado, tras el estallido se escuchó un grito que se descerrajó en perdigones de dolor. La sombra era vulnerable.

El rastro indeleble

El resto de la noche se disolvió entre el pedido de ayuda a su tío, el vecino más cercano, que las acompañó a hacer la denuncia a la Policía. Gladys llevó la escopeta siempre con ella, como si el disparo la hubiese fusionado con el arma. Tardaron varios minutos, en la puerta de la Comisaría, para hacerle entender que debía dejarla en el Rastrojero. Le pedían un imposible, pero finalmente la abandonó sobre el asiento, como si le hubiesen amputado un brazo.

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El oficial de turno escuchó el relato del intruso, las veces que lo habían visto, el miedo de las mujeres. Les dijo que recién en la mañana iban a poder ir hasta el lugar para verificar en el terreno lo que había sucedido. Las tres decidieron quedarse en la puerta de la Comisaría hasta que amaneciera y acompañar a los policías hasta la casa. No querían volver solas.

Llevaron un perro, que rápidamente detecto el itinerario del fugitivo. Había atravesado una acequia de riego y corrido por la finca del vecino, pero como habían regado esa noche, el barro había borrado las huellas y el rastro, al menos para el perro que se había quedado detenido, olfateando el aire, ciego a cualquier estímulo. Pero la tierra y el agua no habían borrado la sangre.

“Alcanzó a herirlo”, dijo el oficial y agregó: “Parece grave”.

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La joven se dio cuenta que no quiso pronunciar esa palabra, pero la sombra ahora podría haberse convertido en un muerto.

Eterno regreso

Nunca olvidó la explosión, el grito y la sangre a plena luz del día. No sabe si mató a un hombre, lo cierto es que el desconocido nunca volvió.

El antes y el después en la vida de Gladys se dividió por un disparo. Han pasado décadas y el terror se asocia a esa secuencia, que tantas veces reconstruyó su memoria. Incluso en sus sueños, ese breve episodio, esos escasos minutos, se le aparecen de dos maneras diferentes.

En la primera, el hombre regresa a la casa y les pide perdón. Tiene el hombro herido, pero le asegura que está mejorando y que no volverá a molestarlas. En el segundo, lo ve muerto, la sangre seca entretejida a los jirones de la camisa clara. Por el gesto que quedó impreso en el rostro, se ve que murió aterrado.

Gladys se despierta y abandona las escenas en las cuales se regocija su inconsciente. Una sensación de profundo bienestar la invade, como el alivio que llega después de días de dolor.

Lo extraño es que ese bienestar le gana el cuerpo en el final de ambos sueños, sumergida en la incertidumbre de vida o muerte que quedará, eternamente, sin resolver.

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