La geografía de la noche, en medio del campo, era una manta sucia. La señal de la radio se había perdido kilómetros antes y recién en ese momento Martín se dio cuenta de lo complejo que es el silencio. La ausencia de sonidos en esta ocasión estaba llena de intenciones, planes y de manera explicable, de cierto temor asociado a la soledad absoluta que lo rodeaba.
El terror es nuestro: "El caminante"
Las noches en la ruta, en medio de la soledad del campo, suelen atraer presencias no deseadas. Eso le pasó a Martín, cuando conducía un camión entre San Juan y San Luis

Cuentos de terror de Marcela Furlano.
Imagen generada con IA-Gonzalo PonceEl itinerario entre San Juan y San Luis era habitual y por ende, seguro. Al menos para Juan, su cuñado, que era camionero. Los viajes, con entregas atadas a días y horarios, terminaron por sumar al joven Martín, por su compañía y ayuda para cumplir los plazos.
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El profesional del volante nunca llegaba al extremo del cansancio, porque sabía que eso podía traducirse en fatalidad. Pasada la medianoche le cedió la conducción a Martín, mientras él se iba a descansar a la parte posterior del camión.
Apenas el joven se puso al mando, encendió los reflectores ubicados en la parte superior de la cabina, que alumbraban hacia las banquinas, para anticipar la presencia de animales sueltos, uno de los tantos temores de los que transitan esos caminos por las noches.
Las luces del camión eran una afrenta a la soberanía de las tinieblas, que de algún modo empezaron a rebelarse en un viento húmedo y persistente. Detrás del viento, la soledad y el silencio, otro horror impensado se estaba gestando.
Leyendas y advertencias
Martín había compartido con los colegas de su cuñado Juan, mates, anécdotas, encuentros inesperados en medio de alguna ruta. La imaginación del joven se alimentaba a la luz del fuego improvisado en algún paraje donde el final del día los reunía y de a poco, fue armando el mapa del miedo. Todos contaban historias que sobrevivieron a los que las narraron, aquellos que habían logrado identificar los vórtices de un infierno que ostentaba muchos creyentes.
Por esa sabiduría popular Martín sabía que nunca, por ninguna circunstancia, debía detenerse en la curva de San Antonio. Los que por ignorancia o curiosidad lo habían hecho, no pudieron olvidar que el aire se llenó de los gritos de un niño, que según completaba la leyenda, había encontrado la muerte, atropellado en esa serpiente de asfalto. Antes de pasar por allí, el joven cerraba las ventanas y en la misma curva, se persignaba, en señal de protección y respeto.
En la zona conocida como “La chañarienta”, los chañares que le daban nombre estaban sumidos en una monotonía esperable, muros desorganizados en altura y follaje. Los reflectores iluminaban este corredor espinoso y sus bordes eran dos hileras repentinamente sorprendidas por la luz, que en segundos volvían a ser devoradas por las tinieblas.
Y en ese paisaje hecho de claridad y sombras, lo vio y supo al instante que algo andaba mal.
Entre espinas
Martín cayó en una de las argucias del horror, que es volver el tiempo más lento. La luz destacó a su derecha a la figura que se desplazaba entre los chañares y allí el joven advirtió la primera anomalía: debía ser demasiado alto para que pudiera verlo casi de cuerpo entero, a pesar de la altura de los arbustos. Tampoco parecía ser alcanzado por el daño que debían causarle las espinas.
Tenía el cabello muy blanco, coronado por un sombrero de ala ancha que apenas se distinguía en la oscuridad. Su porte era extraordinario: demasiado grande para un hombre, demasiado pequeño para un dios.
Su camisa clara concentraba la atención en su recorte opuesto a la noche, pero al ir acercándose, Martín vio las monedas de la rastra brillar con descaro, pequeñas luciérnagas de penumbras.
Los segundos en que el camión pasó a su lado, se grabaron en la memoria del joven con la impronta que únicamente el terror produce. En esos instantes sostenido en una endeble eternidad, Martín se impuso no buscar su rostro, no mirarlo, porque así se lo dictaba el instinto.
Pero al dejarlo atrás, un pensamiento lo hostigó: podría tratarse de alguien que necesitaba ayuda y quizás él era la única persona en kilómetros a la redonda que podría proporcionársela.
Lo buscó por el espejo retrovisor.
Encontró solamente tinieblas.
Trampas sutiles
Manejó como un autómata hasta que advirtió el sol naciente y recién allí se sintió a salvo. Detuvo el camión en la banquina, aunque todavía quedaba un trecho largo para llegar a destino.
Despertó a su cuñado y como pudo, le contó lo que había visto con todo detalle.
-Además de miedo, ¿qué pensaste hacer cuando lo viste? -lo interrogó Juan, apenas salido del sueño.
-Quise volver a buscarlo. ¿Y si era alguien que necesitaba ayuda? -respondió Martín desde la más absoluta sinceridad y con algo de culpa.
-Nadie anda solo, bien vestido y sin daño en medio de los chañares -fue la sentencia de Juan-. Sólo el Diablo lo hace. Hiciste bien en no tratar de verlo a la cara. Lo interpreta como un desafío y es implacable con quienes lo provocan.
Con cada una de las palabras de Juan -que volvió a dormir como si rozar el infierno fuera algo natural- Martín entendió que eran justificables su aprensión, el recelo, el miedo.
También comprendió que el Diablo se sumerge en nuestra naturaleza y a partir de ella nos tiende sus más sutiles trampas. Si hubiera sucumbido a la culpa de dejarlo atrás, quién sabe el final que el Maligno le habría deparado.