Cecilia Flores es ciega y tiene un sueño tan simple como inmenso: ver. No se trata de volver a ver, porque nunca lo hizo, sino de algo más profundo: ver por primera vez. La forma de un rostro. El contorno de un árbol. La luz de una mañana. Algo. Una mínima chispa que le demuestre que el mundo también puede entrar por los ojos.
Con su compañero y sostén: su papá.
Cuenta que no espera milagros, sino apenas una oportunidad. Un destello que, con el tiempo, pueda transformarse en percepción y luego quizás en visión. Ese mínimo rayo sería, para ella, una revolución.
Por eso hoy está iniciando una campaña contrarreloj para viajar a Beijing, China, donde el Wu Medical Center le ofreció un tratamiento de células madre que podría cambiar su vida. No promete curas totales. No ofrece falsas esperanzas. Pero abre una puerta. Y cuando alguien ha vivido siempre en la oscuridad, una puerta entreabierta puede ser un amanecer.
Cecilia tiene 90 días, desde el 20 de noviembre, para reunir 50.000 dólares. Es el monto que necesita para iniciar un tratamiento integral de dos semanas, con aplicaciones de células madre, terapia regenerativa y rehabilitación intensiva.
Para muchos, es un número inalcanzable. Para ella, es el precio de un sueño.
Es ciega y este proyecto puede cambiarlo todo
“Mi nombre es Cecilia Flores, tengo 34 años y soy de Mendoza”. Así empieza la carta que escribió en sus Instagram, donde tiene más de 18 mil seguidores, para explicar su situación, esa misma carta que terminó viralizándose en redes y llegando a los medios. En ella cuenta su diagnóstico, la oportunidad y, sobre todo, la esperanza que siente por primera vez en mucho tiempo.
Cecilia tiene retinopatía del prematuro, conocida como ROP. Nació en 1991 y el exceso de oxígeno en la incubadora quemó sus retinas. Fue una mala praxis, en una clínica que ya no existe. El daño fue irreversible y desde entonces vive en la oscuridad total.
Hace pocas semanas envió sus estudios a China. Y la respuesta llegó: es candidata. Puede acceder al tratamiento. Y es posible que, de manera gradual, sus ojos respondan.
"Es posible que de manera gradual, mis ojos respondan", dijo Cecilia.
El Wu Medical Center es un centro especializado que en 15 años ha tratado a más de 5.000 pacientes con diversas discapacidades visuales y neurológicas. El equipo liderado por el doctor Li-Ke Wu estima que Cecilia podría recuperar primero la percepción de luz y luego, con el tiempo y la rehabilitación, que las células retinianas regeneradas permitan una visión progresiva.
Cecilia escucha la palabra “luz” y sonríe. No sabe qué es, pero le han dicho que es hermosa.
El costo incluye todo el tratamiento, las terapias, las seis aplicaciones de células madre, los medicamentos, el entrenamiento diario y el alojamiento para ella y sus dos acompañantes, algo fundamental porque no podría transitar ese proceso sola. También contempla traslados y asistencia durante la estadía.
Es mucho dinero. Es mucho esfuerzo. Pero ella insiste: “aunque sea un poco, aunque sea una sombra… yo quiero intentarlo”.
Quienes quieran colaborar pueden hacerlo mediante donaciones al alias MP: ceci.flores.reynoso o contactarse con ella a través de su Instagram: cecifloresreynoso.
Una mujer luminosa en un mundo sin luz que sueña con volver a ver
Antes de ser campaña, antes de los videos virales y de la esperanza de China, Cecilia fue simplemente Cecilia. Una niña ciega que no la pasó bien. Una adolescente resiliente. Una mujer con sentido del humor que supo convertir sus dificultades en historias.
A ella le gusta llamarse “ciega”. No acepta “no vidente”. Dice que el “no” es limitante y que nadie le dice a otra persona “no caminante” o “no oyente”. Esa manera de nombrarse también es su manera de plantarse frente al mundo.
Creció en una familia numerosa, la menor de cinco hermanos. Su mamá, Rosa, falleció hace 4 años, y su papá, Juan, es hoy su gran sostén. La acompañaba de niña, la guía de adulta, la impulsa en sus sueños y también se ríe con ella de las situaciones más insólitas.
Hubo momentos difíciles. En la escuela común, los chicos le escondían las cosas, le hacían bromas, la invitaban a caminar cuando sabían que había una silla en el camino. Ella callaba para no preocupar a su mamá. Aun así, recuerda que la infancia tuvo también un refugio: la escuela de ciegos Hellen Keller, el aprendizaje del Braille y la paciencia infinita de sus padres, quienes pasaban horas transcribiendo libros, mapas y tareas.
Más tarde vino el secundario, donde finalmente encontró un grupo de amigos y un espacio de contención. Después, intentó estudiar Derecho en la UNCuyo, pero no era lo suyo. Quiso cambiarse a Comunicación Social, pero la carrera no estaba adaptada para personas ciegas. Se formó como masajista y trabajó un tiempo, aunque reconoce que conseguir empleo es durísimo. “Cuando se enteran de que soy ciega, quedo relegada”, dice sin dramatismo, pero con una sinceridad que duele.
El humor fue, poco a poco, su manera de sobrevivir.
Cecilia, la chica ciega que el público conoció en redes
Todo cambió el día que grabó un video para unos pocos seguidores. Contaba, con naturalidad, cómo hacía para elegir la ropa, cómo distinguía colores, cómo soñaba. La respuesta fue gigante. La gente quería saber más. Le hacían preguntas curiosas, y ella contestaba con una mezcla de ternura, ironía y lucidez.
Desde entonces, su Instagram se convirtió en un espacio de aprendizaje para muchos. Cecilia habla de inclusión, de independencia, de las trabas que aún existen, pero también de las cosas absurdas que vive: personas que, por verla con el bastón, le hablan como si fueran maestras de jardín; gente que le pregunta su nombre a su papá, ignorándola; desconocidos que le regalan un espejo sin saber que ella nunca podrá usarlos.
Ella responde con humor. Es su manera de educar sin enojarse.
Suele decir que distinguir colores es una especie de “magia táctil”, porque se guía por relieves, texturas y etiquetas. Si su mamá años atrás le cosía un botón para identificar una prenda, hoy memoriza cada una por su textura.
También colecciona anécdotas. Una noche, por ejemplo, se quedó hasta las tres de la mañana con la computadora encendida. Su mamá entró al cuarto enojada y le pidió apagar la luz. Cecilia, entre risas, le recordó que no tenía forma de saber que estaba prendida. Terminaron las dos llorando de risa en medio de la madrugada.
Ese es el espíritu Ceci: la risa como motor, incluso en la oscuridad.
Pequeñas herramientas para encarar la vida con ceguera y la ayuda de su papá
Con su papá inventan soluciones caseras para cada desafío. Desde juguetes en su infancia hasta un marco hueco que él mismo construyó para que ella pueda firmar sin salirse del renglón. Cecilia lo lleva a todos lados. Es una pieza simple, pero cambia todo.
Ceci Flores es ciega y decidió raparse hace poco. "Empecé una nueva vida", señala.
“Mi papá siempre está”, repite. Y en esa frase está contenida la mitad de su fortaleza.
China, la esperanza y un pedido desde el alma
Cecilia sabe que el viaje será largo. Que el tratamiento será intenso. Que todo implica un esfuerzo gigantesco. Pero también sabe que esta puede ser la única vez en su vida en la que el mundo médico le dice “hay una posibilidad”.
Por eso hoy pide ayuda. Difusión. Acompañamiento. Donaciones. Pero, sobre todo, pide una oportunidad de intentarlo.
Dice que si logra ver aunque sea un poco, aunque sea un destello, el esfuerzo habrá valido la pena. Y que si no ocurre, igual quiere saber que lo intentó.
“Uno nunca se acostumbra a no ver”, confiesa. Y su voz, aun sin luz, ilumina.
Cecilia tiene un sueño. Y hoy ese sueño está a un océano de distancia. Pero también está más cerca que nunca.
Quien desee acompañarla puede hacerlo a través del alias: ceci.flores.reynoso o en su Instagram: cecifloresreynoso.
Porque a veces, para que alguien vea el mundo, basta con que el mundo la vea a ella.




