La primera vez que vine a Mendoza tenía 20 años, casi ninguna experiencia viajera y una idea bastante elemental de lo que significaba estar lejos de casa. Era febrero de 1990 y, salvo algún viaje familiar corto y quizás el de egresados, había salido muy pocas veces de la provincia de Buenos Aires. Mendoza, para mí, estaba del otro lado del país. Pensé en cualquier cosa al llegar, menos en protagonizar un sismo.
El sismo que este lunes no llegó y el recuerdo de 1990: una boda fallida y un temblor en pleno almuerzo
Mendoza, 1990. Todo salió mal: un viaje a una boda en crisis, un auto tirado en la ruta y un terremoto inesperado. 36 años después, anuncian un sismo que no sucedió

Una visita a Mendoza, una boda y un sismo en pleno almuerzo en 1990. Pero este lunes, finalmente, nada sucedió.
Foto: Cristian Lozano /Diario UNOLlegué por un casamiento. Un bahiense allegado a mí se casaba con una mendocina. No voy a dar nombres. Bueno, sí: el de ella. Silvia. Tenía mi edad, era bonita, simpática y, por entonces, parecía formar parte de una historia de amor que prometía bastante. O al menos eso creíamos los cinco bahienses que viajamos especialmente para la boda.
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Hoy pienso que aquel viaje fue una especie de bienvenida personalizada a Mendoza. No pudo haberme sucedido una cantidad mayor de cosas desafortunadas en tan pocos días. Y, para completar el debut, no faltó absolutamente nada: ni siquiera un sismo.
Un sismo que llegó en medio de una boda civil pero por suerte no este lunes
Mi habitación del hotel era contigua a la de los novios. Poco antes de la boda, me tocó escuchar una discusión que, con los años, recuerdo casi como una escena de película.
—¿Por qué me mentiste?
—¿Y ahora qué voy a hacer?
La voz de ella atravesaba la pared. Él intentaba calmarla.
—Calmate.
Pero ella no se calmaba.
Yo estaba del otro lado, quietita, prácticamente pegada a la pared, escuchando sin querer escuchar. Tenía 20 años y muy poca experiencia en conflictos matrimoniales, pero hasta yo entendía que aquello no era una discusión menor.
La boda, sin embargo, seguía en pie.
Y como si la tensión matrimonial no alcanzara, el viaje decidió agregar otro inconveniente. Cuando íbamos al civil, el auto en el que viajábamos —el de un matrimonio bahiense que había ido especialmente— se quedó en el camino. No recuerdo cuánto tiempo esperamos la grúa, pero sí recuerdo perfectamente la sensación de llegar finalmente al civil con nuestros atuendos transpirados, desalineados y bastante menos elegantes de lo que habíamos imaginado. Éramos invitados de una boda, pero parecíamos sobrevivientes de alguna travesía.
La cosa es que llegamos al civil en Chacras de Coria. Era un día precioso, con sol, calor y una pileta al costado. Todo parecía preparado para una celebración perfecta. Yo, en cambio, tenía un nudo en el estómago. Sabía lo que había escuchado y esperaba una nueva pelea, una cancelación o alguna escena durante el almuerzo.
Y de repente, en plena boda civil, el temblor inesperado
Lo que no esperaba era que empezara a moverse el piso.
De pronto, tembló.
Yo era bahiense. En Bahía Blanca nunca había sentido un terremoto. No sabía qué hacer, cuánto podía durar ni si aquello era normal, peligroso o el comienzo de algo mucho peor.
Lo que más me llamó la atención fue la velocidad con la que reaccionaron los mendocinos. Como si hubieran ensayado la escena. En cuestión de segundos, varios invitados buscaron los marcos de las puertas.
Yo miraba todo sin entender demasiado.
¿Esto termina?
¿Viene otro?
¿Nos vamos?
Finalmente pasó. Y la boda continuó.
Al día siguiente, llegó el gran momento. Yo sabía todo mientras veía a la novia avanzar por la nave, con el rostro rígido. Para los demás era una novia entrando a su casamiento. Para mí era una mujer que, unas horas antes, había preguntado detrás de una pared por qué le habían mentido.
No dije nada.
Un día después me subí al colectivo y emprendí el regreso a mis pagos.
Tres meses más tarde, los novios se separaron.
Durante años, aquel viaje quedó guardado en mi memoria como mi debut fallido en Mendoza: una boda tensa, una pelea que no debía haber escuchado, un auto que nos dejó tirados y un terremoto que había decidido sumarse a la fiesta sin estar invitado.
El giro del destino y una vuelta a Mendoza, la provincia de los sismos... pero a vivir
Mucho tiempo después, la historia tomó un giro que ni yo podía imaginar. En 2020, en plena pandemia y cerca de los 50 años, me mudé a Mendoza. Aquella chica que había llegado a los 20 sin conocer prácticamente nada de esta provincia terminó viviendo acá, al pie de la cordillera, en una tierra donde el suelo se mueve y los mendocinos saben bastante bien qué hacer cuando sucede.
Por eso, cuando esta semana empezó a circular que Mendoza iba a sufrir un terremoto este lunes 24 de agosto, tuve una especie de déjà vu.
El rumor apareció después de los sismos registrados en Venezuela, Colombia y Perú y se difundió con una precisión insólita: hablaba de un supuesto terremoto en Mendoza, con fecha e incluso horarios. Pasó de WhatsApp a las redes, de las redes a algunos portales y de ahí a las conversaciones cotidianas.
Los terremotos no pueden predecirse, dicen los científicos
Después llegaron las desmentidas. Los organismos científicos volvieron a recordar algo bastante menos espectacular pero mucho más importante: los terremotos no pueden predecirse con fecha, lugar y magnitud exactos. Los movimientos registrados en otros países tampoco permiten anticipar que vaya a ocurrir un terremoto en Mendoza.
Yo ya había escrito sobre eso. Había intentado llevar tranquilidad y explicar que no existía ninguna evidencia científica para afirmar que este lunes Mendoza iba a ser sacudida por un terremoto.
Pero una cosa es escribirlo y otra, bastante distinta, vivir el lunes.
Porque racionalmente sabía que nadie podía saber qué iba a ocurrir. Pero otra parte de mí, mucho más irracional, volvió a tener 20 años. Miré alguna lámpara más de lo habitual. Presté atención a las ventanas. Pensé en los marcos.
Y recordé Chacras.
La pileta, la novia entrando por la iglesia con el rostro duro.
El auto detenido en el camino.
Y aquel primer temblor que me recibió en Mendoza cuando todavía no sabía que muchos años después iba a llamar casa a esta provincia.
Esperé, entonces, el terremoto que alguien había anunciado con tanta seguridad.
Este lunes, al final, por suerte no hubo terremoto
Pero este lunes no hubo terremoto.
Mendoza siguió en su lugar.
Yo me lo repito en la cabeza: en Mendoza el suelo puede moverse, pero no todo movimiento anuncia una catástrofe. A veces simplemente tiembla. Y, con suerte, después todo vuelve a su sitio.
Y la verdad, con todo lo que ya había tenido mi debut mendocino, estuvo bien que el lunes no pasara nada más.
En pocas palabras
- Debut fallido: Relata un viaje a Mendoza en 1990 marcado por una boda en crisis, un auto averiado y un terremoto.
- Rumor y desmentida: Se viralizó un rumor de un terremoto inminente en Mendoza que fue desmentido por científicos.
- Repercusión personal: El recuerdo del sismo de 1990 reaparece ante el temor infundado de un nuevo evento.