Literatura

"El paso del tiempo y el olvido dan más lugar a la creatividad": Parece Diciembre, el libro necesario

Parece Diciembre, de Fabricio Tocco, es un libro que toca la identidad a través de su personaje principal, Piero, un adolescente que se ve obligado a irse del país tras la crisis del 2001

Argentina es uno de esos lugares en donde la historia parece repetirse una y otra vez, con diferentes matices, pero con muchas similitudes. Así como muchos se exiliaron durante la última dictadura, el 2001 estuvo marcado por una crisis económica que llevó a que muchos vieran un avión como el vehículo de salvación hacia una mejor vida.

Fabricio Tocco, en su libro Parece Diciembre, vuelve a recuperar ese tiempo a través de Piero, un adolescente que en su corta vida ha vivido en San Pablo y en Buenos Aires y que con la crisis rondando los días de todos, ve como su familia ha decidido que el mejor camino es irse a Europa.

A partir de ese momento, Piero vivirá un despertar marcado por el rock, el tango, la literatura, la política y el vértigo de saber que su vida está a punto de cambiar y debe dejar todo lo que ha conocido, atrás, en un país que vuelve a expulsar a muchos de sus ciudadanos.

Parece Diciembre es una novela que tiene mucha nostalgia, pero también enseñanzas, una búsqueda de la identidad y algo que marca a todos los exiliados: el quedarse o partir y los recuerdos que siempre alientan a volver.

Fabricio Tocco (1)

-¿Por qué el 2001?

Por dos motivos: uno personal y otro más estético, digamos. Por el lado personal, la novela es autobiográfica: para mí, como para cientos de miles de argentinos, el 2001 significó un parteaguas que marcó la emigración del país. Es mucho más que eso: si bien ya había, por supuesto, una emigración nada desdeñable durante los noventa, el 2001 marcó la transformación en el imaginario que teníamos del país como únicamente receptor de inmigrantes, para convertirse también en productor de emigrantes —que empezaron a sumarse a las distintas camadas de exiliados, mucho más minoritaria. Esto ya era más común hacía varias generaciones en otros países de la región, como en Chile, Uruguay, Colombia o México; pero para nosotros es algo relativamente nuevo y, por ende, la literatura que retrata ese universo también lo es. Volviendo a lo personal, por ahí mucho más específico, el 2001 significó para mí tener que emigrar sin haberlo elegido, porque sucedió durante mi adolescencia que paradójicamente es un período de relativa libertad, y ese es el conflicto central que cuenta Parece diciembre. El hilo conductor de la novela tiene que ver con crecer en ese contexto, a través de la historia de Piero (un alter ego mío) que es narrada por otros personajes, algunos de los cuales se fueron y otros se quedaron.

Por otro lado, después de 1976 y 1983, me parece que el 2001 es el año bisagra más importante del último medio siglo del país y, por eso, siento que merece mucha más atención de la que recibe en la ficción. Puede que esté equivocado. Es cierto que la tendencia empezó a cambiar últimamente, pero no soy el único en percibirlo así. Con esto, no estoy diciendo que haya que dejar de retratar esos otros períodos ni mucho menos. De hecho, en los dos libros que publiqué como ensayista me dedico a analizar las perspectivas que distintas generaciones han ido construyendo de los setenta, en la literatura, pero también en el cine. Por ejemplo, la película Rojo (2018), de Benjamín Naishtat, que, como yo, nació ya en democracia, y sin embargo se atrevió a re-imaginar la antesala del golpe de estado del 76. Lo que digo es que el 2001 debería narrarse más y Parece diciembre es un intento de ir por ese lado.

Para ser preciso, parte de la novela está ambientada también en los años que vinieron después: los capítulos están contados durante el mes de diciembre de distintos años, pero todos vuelven de manera compulsiva al del 2001, que abre y cierra la novela. Es una verdad de Perogrullo decir que la huella del 2001 sigue muy fresca, pese a que ya pasaron casi 25 años y más de un tercio de la población actual del país aún no había nacido. Aunque vivo afuera, escucho con frecuencia esta obsesión traumática en frases como “en diciembre esto explota” o “este gobierno no llega a diciembre.” De ahí viene, en parte, el título de la novela.

El 2001 también es el último año de los noventa, si entendemos el gobierno de La Alianza como una prolongación de la política monetaria del menemismo. En este sentido, el título también tiene otro significado: se trata de la mitad de un verso de una canción brasilera, “Anos dourados” de Tom Jobim y Chico Buarque: “parece dezembro de um ano dourado,” que es el epígrafe con el que arranca la novela. Obviamente, ese verso es irónico porque nadie recuerda el 2001 como un año dorado pero los noventa, en cambio, sí. La novela abre con esa perspectiva nostálgica y acrítica de los noventa como una década dorada, que parte de los argentinos aún sostiene, por supuesto que con muchas distorsiones y omisiones deliberadas. Esta nostalgia es muy fuerte sobre todo en la diáspora, pero no únicamente: creo que no se puede entender el triunfo de Milei en las últimas elecciones sin ella. Por eso me parece importante pensarla.

Fabricio Tocco (2)

-Argentina tiene ciertos momentos que parecen ser el punto de partida para muchas cosas, ya sea la memoria, el cine o la literatura, como es este caso ¿El libro trata sobre la distancia entre recordar y contar?

No sé si esa distancia es el tema del libro, pero ciertamente la tensión está muy presente. El paso del tiempo y el olvido dan más lugar a la creatividad: uno se permite distanciarse de esa necesidad existencial de querer capturar la vida propia con palabras (que es lo que nos pasa cuando recordamos) y así puede acercarse más al territorio de la ficción (que tiene más que ver con lo que hacemos cuando contamos una historia). Hay algo muy hermoso que escribió creo que Vargas Llosa sobre García Márquez. Tiene que ver con la escritura autobiográfica, que suele aparecer mucho en las primeras novelas de varios autores. Si mal no recuerdo, la idea es que uno escribe para sacarse los demonios de encima y después, sí, empezar a escribir de otra manera. Hay algo de eso en Parece diciembre, que está atravesada por la elaboración del trauma de haber transitado una crisis familiar/nacional y por cómo se resolvió esa crisis con la emigración. Pero también hay un intento de ir más allá de lo catártico y de elaborar una ficción que supere el recuerdo. Igual la memoria, por suerte, es uno de los recursos más creativos que tenemos.

- ¿Cree que el tiempo y la distancia geográfica son ingredientes necesarios para convertir una vivencia personal en material literario?

Puede ser: para trabajar con material autobiográfico, la distancia (quizá más la temporal que la espacial) ayuda: permite jugar más con el lenguaje y las vivencias, porque las emociones ya no están tan a flor de piel. Pero creo que esa distancia no es importante en todo tipo de narrativa: desde Roberto Arlt y Rodolfo Walsh, tenemos una tradición literaria, vinculada a la crónica periodística y la no-ficción, que es valiosísima y que requiere una cercanía histórica y geográfica con lo que se cuenta. El paso del tiempo también deja que las reflexiones en torno a lo que pasó puedan macerar más, crecer, y volverse más profundas.

La lejanía geográfica, en cambio, es un desafío que juega en contra: es algo sobre lo que habló Samanta Schweblin en una entrevista que le hicieron hace poco y sobre lo que Patricio Pron reflexionó sobre la escritura de Cortázar. El castellano con el que uno escribe desde el exterior queda avejentado, fosilizado en las expresiones que se usaban cuando uno todavía vivía en su lugar de origen. Al mismo tiempo, se mezcla con otros castellanos que se hablan en el lugar donde uno vive al escribir. En ciudades como Barcelona, que es donde yo vivía cuando empecé a escribir la novela hace veinte años, ya en ese entonces había muchísimos dialectos españoles y latinoamericanos que a uno lo enriquecían, pero que simultáneamente interferían con lo que estaba escribiendo. En mi caso, además, mi castellano está atravesado por otras lenguas, porque crecí entre Argentina y Brasil y, si bien empecé a trabajar en la novela en Barcelona, también escribí mientras vivía en París y Vancouver, y la terminé en Australia, donde vivo hace tres años y medio. La dificultad de la lengua avejentada está presente para cualquier escritor que escriba desde el exterior, pero, en mi caso, además, existía otro obstáculo que yo mismo me puse: la oralidad tiene un papel protagónico en la novela. Los personajes narran sus capítulos a través de monólogos dialogados. Por eso, con mis editores de Equidistancias trabajamos con mucho cuidado el lenguaje, teniendo esta cuestión muy presente a lo largo de todo el proceso de edición.

Como crecí en una casa trilingüe, donde se escuchaba el portugués, el castellano y el italiano, siempre me fascinó la melodía y el ritmo de las lenguas, que un poco la intersección donde se entremezclan mis dos pasiones: la música y la literatura. Por eso si bien la Argentina y el castellano rioplatense son protagónicos en la novela, también se escuchan, de alguna u otra forma, los ecos de otras lenguas. Son casi como ruidos que molestan, el portugués, el catalán, el inglés, el italiano y el quechua, pero al mismo tiempo dan cuenta de las condiciones de escritura de la novela.

Fabricio Tocco (3)

-La novela se ambienta en la crisis de Argentina en diciembre de 2001, un momento de colapso y desarraigo. ¿Cómo impactó ese período en la identidad de su generación y en el dilema entre "quedarse o partir"?

Creo que tuvo y tiene un impacto muy intenso y duradero, tanto para los que se quedaron, como para los que partieron y volvieron, o para los que nunca lo hicieron, como es mi caso. Al haberse ido mucha gente, el 2001 dejó abierta esa sensación de que Ezeiza siempre puede servir como una válvula de escape, sobre todo entre los jóvenes, algo que es muy problemático, sobre todo en el mundo de hoy donde los movimientos viscerales en contra de los inmigrantes son cada vez más mainstream.

En mi caso, la ruptura que significó diciembre de 2001 tiene que ver con la adolescencia y que es casi un lugar común en las novelas de formación como Parece diciembre: la pérdida de inocencia. Pero también me parece que caló mucho más hondo: que la Casa Rosada tuviera como una puerta giratoria en muy pocos días, que la estabilidad laboral y económica fuera tan volátil, todo eso generó un sentido de vulnerabilidad como algo que acecha y que te mantiene en estado de alerta constante. No me tocó vivir en la Argentina como adulto, pero sé que esta sensación no es inédita sino algo más bien estructural de la vida de gran parte de la sociedad. Por ahí el 2001 intensificó eso.

También siento que no sólo impactó a mi generación sino también a la inmediatamente anterior, que fue la que nació no en los ochenta sino en los setenta y que se fue por motu proprio, aún joven. Me tocó terminar de crecer en Cataluña con amigos argentinos mayores que yo, pertenecientes a esa generación, y por eso fui testigo involuntario un poco de esa parte de la diáspora también. Muchos de ellos terminaron volviéndose a la Argentina, pocos se quedaron en Europa. Interrumpir la vida con esos idas y vueltas tiene costos muy altos: se ganan algunas cosas, pero a veces se pierden más.

-Se señalan ecos de Ricardo Piglia y Roberto Bolaño en su trabajo ¿Qué elementos de estos autores lo inspiraron, especialmente en el uso de la polifonía y la historia contemporánea?

Son dos autores que leí con mucho detalle y sobre los que escribí en mi primer libro de ensayo, con lo cual no me sorprendió que Jorge Carrión y Cristina Fangmann detectaran su huella en la novela. La elección de un alter ego con otros nombres familiares (Piero Maimmone) y su presencia elusiva en la trama aluden de manera bastante evidente a Emilio Renzi y Arturo Belano.

De Piglia creo que lo que hay es la exploración de cómo lo político afecta lo personal y cambia la vida de modo irreversible, una idea sobre la que él vuelve en sus diarios constantemente. Tomándola de ahí, esta idea aparece en el epígrafe que abre el primer capítulo, aunque obviamente en el caso de Piglia haga referencia a la mudanza forzada de su familia a Mar del Plata durante su adolescencia, a causa de la persecución que sufrió su padre por ser peronista. Parece diciembre saca esa frase de contexto, la yuxtapone a mi historia, un poco para universalizarla y ver cómo es algo que sigue sucediendo: la crisis del 2001, a pesar de haber sido de índole claramente financiera, tiene raíces innegablemente políticas. No por nada se la recuerda como la de los cinco presidentes en una semana.

De Bolaño creo que hay algo de la indagación del pasado traumático a través de historias personales que incluyen muchas voces contradictorias, que se pelean, que no se ponen de acuerdo sobre lo que pasó. Un crítico me dijo que la polifonía de Parece diciembre le recordó a la de Los detectives salvajes, que a mí me resulta bastante más monstruosa y maximalista. En todo caso, yo en lo que estaba fijándome más y tratando de llevar al presente en algún punto era en la polifonía de Boquitas pintadas de Manuel Puig y en su posibilidad de novelar con distintos materiales, algunos insólitos, como mensajes de audio de Whats’App, emails que parecen cartas, conversaciones de café. En Parece diciembre hay varios guiños a la novela de Puig que un lector atento puede descubrir con facilidad.

-La novela está atravesada por el tango y el rock nacional ¿Qué papel juega la música en la construcción de la identidad de Piero y en el anclaje de la novela a la cultura argentina?

La música de raíz tiene un papel central en la trama. Creo que son casi personajes, porque tienen un impacto inmenso no sólo en Piero, sino en los demás también. A nivel formal, todos los capítulos están impregnados de letras de canciones que cumplen distintas funciones dependiendo del contexto. El crítico chileno-australiano Thomas Nulley-Valdés dijo al presentar la novela en Australia que no ve la hora de que aparezca en formato de audiolibro y la verdad que la idea me seduce.

Más allá de las letras, Parece diciembre también está cargada de esa pulsión contagiosa que tiene la música como una fuerza transformadora. Su peso es evidente ya desde la tapa del libro, con la imagen de algunos casets, CDs y el vinilo de Giros de Fito, que tiene un papel preponderante en la trama. Piero va creciendo y transitando la emigración gracias a la conexión, el refugio más bien, que encuentra descubriendo el tango a través del rock nacional, en un momento de desarraigo que se da en una época en la que lo nacional y lo popular no estaban de moda, sino todo lo contrario. Si bien hubo un boom de bandas de rock nacional en los noventa, la curiosidad por el tango y el folklore, sobre todo entre los que entonces éramos adolescentes, estaba muy apagada. Eso empezó a cambiar después del 2001, con el regreso a cierto regionalismo latinoamericanista. En mi caso me tocó transitarlo desde afuera, donde uno ya no es apenas su nombre o su profesión, sino que pasa también a personificar mucho más su nacionalidad y sus orígenes.

Me parece de una justicia hermosa que la novela se haya publicado justo ahora en la que jóvenes como Milo J., CA7RIEl y Paco Amoroso, que venían haciendo la música de este siglo (el trap y la música urbana), estén empezando a conectarla con lo que hicieron las generaciones anteriores (más por ahí con el folklore pero también con el rock) y, quizá por eso, llegando a ellas. De hecho, no lo podía creer cuando escuché “Giros” en La vida era más corta, cantado por Nicki Nicole. Me resultó una coincidencia muy feliz.

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