Alberto Rodríguez, hijo, fue uno de los mejores escritores que dió Mendoza. Su inclaudicable rebeldía quizás haya sido el motivo por el que, tanto en vida como después de su fallecimiento, se lo haya dejado casi en el olvido.
Por eso, en este día elegido en memoria de Juan Gualberto Godoy, es bueno recordar quién fue Rodríguez y entender su pensamiento y también la negación de su figura.
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En mayo de 2013, cuando Alberto Rodríguez (h) tenía 88 años y decidió partir otra vez y para siempre, las crónicas periodísticas (no fueron muchas) lo definieron como “escritor y periodista”. Quienes estuvieron con él siempre y compartieron su intimidad, lo definen primero como “lector”. Y, revisando su obra, sus apuntes y hasta sus libros más amados, puede encontrarse claramente una profunda inquietud por la filosofía que, quizás, haya sido la inquietud principal de toda su vida y desde donde se desprenden todas las demás.
Pero decir que Alberto Rodríguez (h) tuvo una sola vida es mezquino. Tuvo muchas. Todos en su familia han sido longevos (son algunos, todavía) y eso, en el caso de don Alberto, hace que ya nadie pueda contar toda la historia. Más aún: hay partes de esos 88 años vividos, que Alberto se llevó consigo y que no hubo forma de reunir en este texto.
Buscando certezas, se puede decir que nació en Mendoza el 22 de diciembre de 1924 pero, necesariamente, debe aclararse que Alberto fue un nativo y habitante de la América india. De toda ella y profundamente.
Hijo de Alberto Rodríguez, músico, compositor y primer recopilador del folklore cuyano, Alberto Rodríguez (h) describió en el prólogo de la edición de 1989 del libro de su padre Cancionero Cuyano, una parte de esa infancia:
“Era niño cuando los hombres que habitan este libro llegaban a la casa paterna, en la calle Buenos Aires angosta, detrás del zanjón, (…)
De puertas abiertas era nuestra casa con malvones y ladrillos rojos, en un mundo de tierra implacable a baldazos que comenzaba a lotearse entre gringos y turcos inmigrantes. La única con radio y cancel –aunque humilde- era aquella casa.
Eran los tiempos en que el diablo andaba entre los niños, de aquel lado del zanjón, mirándolos de matute acechándolos a ver si caían en sus garras y pecaban. Y yo era un niño temeroso del diablo, cuando le juraba a mi hermana por Dios –y a los niños vecinos-, besándome los dedos en cruz ´que me quede ciego ya mismo´, todo lo que había vivido por la noche, fugado de la cama, a espaldas de los mayores.
Y el niño provinciano que no alcanzaba el alféizar de la ventana, se dormía preguntándole a la madre por qué lloraban los italianos.
Esta es la historia de un hombre de provincia, maestro de piano y enamorado de su país, responsable de un libro entre diez (…) viejo folklorista, impetuoso y viejo y de tal juventud que no cree en la beatería del folklore (…) esta es la historia de un pianista consagrado que a los 89 años, cada mañana, durante cinco, seis, siete horas, pide, en el lenguaje religioso de su música, unos años más de vida para aprender a tocar mejor el piano.
Los años de este libro, son mis años. Y como Juan Giono, amigo admirado, debo decir: ´Nunca más volveré a ver el verdadero rostro de la tierra. Ya perdí para siempre la mirada pura de los niños´. Como él, tuve que mascar también las amargas valerianas del exilio. Y aprender a pié, por los caminos interiores de América, la condición inexcusable de todo conocimiento: ´No se puede entrar más que a condición de haber salido´.
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La otra punta del camino. Alberto nunca tuvo casa propia. Hay distintos motivos para ello. Uno, el principal, es el que fue un trashumante. El segundo es que el buen pasar jamás fue su desvelo.
Su última escala, fue uno de los 576 departamentos de los 14 monobloques del Barrio Cano, uno de los primeros complejos de viviendas de Mendoza y que fue pensado para “casas colectivas destinadas a obreros y modestos empleados de la administración y libres”, según la definición de los arquitectos Manuel y Arturo Civit, que diseñaron el proyecto hace más de 70 años.
Allí todavía vive Chiquita, su incondicional compañera. Allí vive aún su hijo menor Florentino. Allí están todavía sus gatos, que se acurrucaron junto a él en la cama cuando dio el último suspiro tal como pidió cuando estaba en la cama de hospital y quiso volver a su la hogar, para cerrar su historia. Y allí están sus libros. Lo que pudo conservar después de tantas mudanzas. Los que no quiso vender en sus épocas de hambre. Allí todavía se lo puede sentir. No es difícil imaginarlo cuando volvía de sus paseos por el centro. “Siempre contaba todo el recorrido, hasta con el más mínimo detalle. Se entusiasmaba relatando esos momentos, con ademanes, risas, comentarios. Yo extraño aún esos instantes”, dice Chiquita. Todavía sus libros están apoyados sobre alguna mesita, como si los hubiera dejado recién, aguardando la continuidad de la lectura. O en la biblioteca, esperando la nueva consulta. Porque los libros de Alberto no están leídos, están masticados. Se desarman, de tanta lectura. Todos están subrayados y con notas al margen. Todos tienen papeles con anotaciones hechas en una letra manuscrita, mínima, hechas con lapiceras de distintos colores, como para darle distintas importancia a cada análisis. Descifrar esas anotaciones es casi imposible. Daría la sensación que Alberto las escribió así a propósito, para que el diálogo entre el libro y él no fuera vulnerado ni interrumpido por curiosos.
Allí, en ese departamento del Barrio Cano y mientras pudo levantarse, hizo lo que había hecho siempre: Levantarse a las 5 de la mañana, prepararse sus mates amargos, a los que les ponía unas hojitas de matico “para el estómago”, y se entregaba a la lectura y a la escritura, hasta el mediodía. Ese Alberto, era “ermitaño, encerrado en sí mismo”, dice su hijo Florentino. Esa parte de la relación entre el lector/ escritor y sus libros, no aceptaba injerencias ni distracciones.
Pero, fuera de esas mañanas, Alberto era sociable, efusivo, conversador, galante, necesitado por transmitir sus conocimientos y, especialmente, sus opiniones. Entonces, ¿por qué Alberto Rodríguez (h) fue quedando casi excluido del ambiente cultural mendocino y aún ahora todavía muchos lo ignoran voluntariamente o sencillamente desconocen su aporte? La respuesta es simple: Por su coherencia absoluta, su sinceridad plena, su despiadada franqueza permanente. “Decía lo que pensaba. Siempre”, recuerda Chiquita.
Alberto vivía como pensaba. Eso marcó y condicionó su vida.
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Alberto Rodríguez (h) era un hombre de izquierda. De izquierda profunda. Su hijo Florentino trata de definirlo y dice que fue “de corte trotskista”. Revisando su vida, por momentos podría decirse que caminó al borde del anarquismo. Y cómo a Alberto siempre le gustó decir lo que pensaba, vociferaba su pensamiento a donde fuera, sin importarle las consecuencias. Eso lo obligó a mudarse muchas veces de ciudad y de país.
Chiquita, que puede dar fe de su historia después de los 70s, dice que “Estuvo en Chile, en Brasil y en México, pero es posible que también haya andado en alguna otra parte”.
No está muy claro en qué momento Alberto vivió en Chile y tampoco se sabe muy bien qué hizo allí. En cambio, hay algo más en la memoria de su etapa en Brasil.
Fue durante la denominada “Revolución Argentina”, como se dio en llamar a la dictadura cívico - militar que derrocó al presidente Arturo Illia el 28 de junio de 1966 y que tuvo como presidentes de facto a Juan Carlos Onganía (1966-1970), Roberto Marcelo Levingston (1970-1971) y Alejandro Agustín Lanusse (1971-1973).
Allí trabajó con el político, abogado y escritor carioca Francisco Julião Arruda de Paula, Chico Julião como lo recuerda Chiquita, en la organización de las ligas campesinas. La amistad entre Alberto y Julião iba a ser profunda ya que se volverían a encontrar y a trabajar juntos en México, unos años después.
Restablecida la democracia en 1973, Alberto regresó a la Argentina y a Mendoza. Volvió a trabajar en la Legislatura dirigiendo el Diario de Sesiones del Senado, trabajo que ya había realizado antes. Fue un momento importante en su vida porque allí, en ese momento, conoció a Chiquita. “Él tenía 20 años más que yo y era un hombre imponente por su forma de ser y sus conocimientos. Yo era la correctora”, dice hoy aquella jovencita, que debió afrontar una andanada de críticas por enamorarse de un hombre “mayor”, al que se le conocían dos parejas anteriores e hijos, que no mantuvieron contacto fluido con Alberto y de las que este cronista no logró obtener mayores datos. La vida de Alberto, anterior a Chiquita, es compleja de reconstruir. De ellos queda su trabajo de periodista y escritor, pero poco de su intimidad.
A Alberto no le costó conquistar a Chiquita. Además de sus cualidades intelectuales, Alberto era un hombre galante, una cualidad que mantuvo aún en la vejez. También había coincidencias ideológicas. Chiquita militaba en la izquierda, estudiaba comunicación social y también, como él, estaba comprometida con su pensamiento.
Ese breve período democrático entre el 73 y el 76, sirvió para que creciera y se fortaleciera el vínculo entre ambos y que los preparara para lo que iba a venir.
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El 24 de marzo de 1976 Alberto Rodríguez ya sabía qué ocurriría y qué debía hacer. Ya cargaba sobre sus espaldas muchos golpes de Estado y exilios. Además, la Triple A ya había hecho estragos.
“Nos quedamos sin trabajo los dos. El primero en irse fue Alberto. Me acuerdo el día que fui a despedirlo al aeropuerto. Muy poquitos fuimos a despedirlo, para no alertar a nadie. Se llevó un bolsito con ropa, su máquina de escribir y algunos libros, nada más”, recuerda Chiquita, que luego sería interrogada un par de veces en el D2. “Logré que me dejaran libre de milagro. Creo que fue porque yo empecé a nombrar a todos los compañeros de mi padre, que había sido policía”. Después ella también partió para reunirse con su marido. El destino de la pareja fue México. “Alberto tenía allí alguna gente conocida”, dice su mujer.
Entre esas personas conocidas, estaba el brasileño Chico Julião, que había abandonado su país también acosado por la dictadura y que había hecho base en Cuernavaca, donde trataba de organizar a los campesinos.
“Ese primer tiempo fue muy difícil. No lográbamos tener ingresos y Alberto discutía bastante con Julião. Había cosas que no le gustaban. Nunca soportó las incoherencias”, recuerda la compañera del escritor. Para colmo, Chiquita se enfermó. “Yo tomaba agua de la canilla. Viniendo de Mendoza, jamás se me hubiera ocurrido que el agua podía estar contaminada”.
En parte por esa enfermedad y en parte por las diferencias con Julião, la pareja decidió abandonar Cuernavaca y radicarse en el DF. “Fue un tiempo muy complejo. Yo estaba muy mal y terminé internada y no teníamos dinero para medicamentos. Alberto llegó a vender algunos libros y su máquina de escribir para pagarlos. Allí me di cuenta que realmente me quería”.
Pero luego, lentamente, todo iba a mejorar. Algún contacto de Alberto logró que pudiera dar clases en la sede de Xochimilco de la Universidad Nacional Autónoma de México. La enorme capacidad intelectual de Alberto Rodríguez (h) hizo que se afianzara rápidamente y que, desde la misma UNAM, comenzara a realizar algunas revistas y publicaciones varias.
La pareja se radicó en Tlatelolco, “una especie de Barrio Cano, un poco más grande” según describe Chiquita. Y, para mejor, nació Avril, la primera hija del matrimonio. “Alberto eligió el nombre. Decía que abril era el mes más lindo en Mendoza”, dice la madre de esa niña. “Creo que eligió escribir Avril, con V, especialmente por una cuestión estética. Se ve muy bonito así”, dice su hijo Florentino, que nació unos cuantos años después y que también fue bautizado así por decisión de su padre.
Por esos años México tenía muchos exiliados argentinos. Alberto y Chiquita tenían reuniones con muchos de ellos, cada tanto. Pero la forma de pensar y de decir de Alberto, iba a provocar que terminaran alejándose. “Él siempre dijo lo que pensaba y mucho más aún cuando notaba que había incoherencias entre lo que se decía y lo que se hacía. Recuerdo que se organizaban asados, con la excusa de juntar fondos para enviar a los compañeros que se habían quedado en Argentina y la estaban pasando muy mal. Esas reuniones terminaban siendo grandes fiestas y comilonas y se perdía de vista el objetivo. Alberto no soportaba eso y lo decía”.
Por ese motivo, la pareja terminó teniendo cada vez menos contacto con la colectividad argentina, salvo algunas escasas excepciones. En cambio, crearon vínculos fuertes con muchas familias mexicanas.
“Era gente muy buena. A mí me decían “la Chiquis”. En casa siempre había mucha gente. Muchos estudiantes universitarios venían a verlo a Alberto”, recuerda la mujer del escritor.
Fueron años buenos. “A veces pienso que deberíamos habernos quedado allá, en México”, dice Chiquita.
Pero la añoranza hace estragos en los exiliados. Cuando regresó la democracia a la Argentina, volvieron al país y a la Mendoza de los abriles dorados.
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Salvo por haber logrado jubilarse por su trabajo en la Legislatura, la vida de Alberto Rodríguez (h) y de su familia fue muy modesta en lo económico. Un ejemplo de ello es que jamás tuvieron casa propia y que en la crisis de 2001 llegaron a ser desalojados de la casa que alquilaban en ese momento y debieron vivir por un tiempo en un sitio que les prestó un amigo del escritor.
Florentino, era un hijo de padre grande, con una edad más propia de abuelo que de progenitor. Aún así, Alberto solía salir con su hijo al parque y disfrutaba de mantener largas charlas con él y sus amiguitos, que lo buscaban para que les contara alguna historia.
“Si, es verdad, salían mucho con Florentino. Pero también es cierto que, a veces, era un poco descuidado. Mientras el niño jugaba, el se ponía a leer o a escribir en una libretita que siempre llevaba consigo y que metía en un morral. Siempre, siempre, andaba anotando cosas y se olvidaba de todo”, dice Chiquita, sin poder ni querer contener su visión maternal.
Maximiliano Ríos, un sobrino de Alberto y cercano a la edad de Florentino, recuerda algunas almuerzos familiares domingueros. “Aún lo veo, hablando fuerte, con ademanes, diciendo todo lo que pensaba. Por eso mismo, esas reuniones casi siempre terminaban en discusiones”.
Y los dos, el hijo y el sobrino, tienen un recuerdo común: Alberto madrugando y encerrándose hasta el mediodía, para leer y escribir.
Pero estos años difíciles que le tocó vivir en su país, en su propia Mendoza, afectaron su espíritu. En un reportaje que otorgó en 2007 y que intentó rescatarlo del injusto olvido, dijo: "Estoy defraudado no sólo por el destino argentino sino por el que le espera al mundo. Creo que la humanidad va perdida. Cuando trabajo en la novela que estoy escribiendo (esta, la aquí publicada) ahora me pregunto más de una vez para qué y a quién le interesa. Antes yo creía que podía ayudar a mejorar el mundo con lo que escribía, pero ahora pienso que es absolutamente imposible".
Esa desilusión no se aplacó ni siquiera cuando su Matar la tierra, publicada por primera vez en 1952, fue llevada al cine por Tito de Francisco en 1987. Chiquita recuerda la noche del estreno: “Yo no quería ir, porque sabía lo que iba a pasar. Cuando terminó la película, lo invitaron a decir unas palabras. Y Alberto, como siempre, dijo lo que pensaba. Y dijo que le había parecido una porquería”.
Por suerte, también tuvo momentos en donde volvió a disfrutar cuando se montaron dos de sus obras de teatro y el trabajo que debieron hacer para esto con sus amigas y admiradoras incondicionales, Vilma Rúpolo y Sonnia De Monte.
Por eso, porque todavía había en él las ansias de un mundo más justo y mejor, siguió leyendo y escribiendo casi hasta el último día.
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Alberto Rodríguez (h) y Antonio Di Benedetto fueron amigos. Por el relato que hacen quienes los conocieron, esa amistad estaba sustentada en la admiración y el respeto mutuo. No podía ser de otra manera: Son los dos mejores escritores que dio Mendoza.
Sus personalidades, sus formas, sus estilos, también tienen muchas cosas en común. La más notoria es la obsesión por dejar textos impecables, pulidos al extremo.
Fue Di Benedetto, junto con Abelardo Vázquez, quienes le propusieron recuperar la Fiesta Nacional de la Vendimia y en 1959 escribió la celebración máxima de los mendocinos.
Hay muy pocas grabaciones en donde se pueda escuchar a don Alberto. En una de esas pocas, se lo escucha recordando a su amigo. Y cuenta una curiosa anécdota:
“A veces era medio neurótico. Me acuerdo que, una vez, estábamos conversando en un café con otros muchachos más. Ya no sé muy bien qué discusión tuvimos en ese momento pero la cuestión es que, en un momento, se sintió ofendidísimo (Di Benedetto) y se quiso suicidar. Fue en un café que estaba en la calle Las Heras, cerca de la calle Belgrano, y entonces agarró una cucharita y se la quiso tragar, para suicidarse. Como nosotros no se lo permitimos, salió escapando y se metió por las vías del tren, hacia la calle Colón, corriendo. Y nosotros detrás, tratando de alcanzarlo y arrebatarle esa cuchara para que no se matara…”. Pero, así como Alberto tenía un gran aprecio por el autor de Zama, no tenía tanto cariño por otros hombres de letras y emblemas de las letras mendocinas. Uno de ellos es Armando Tejada Gómez y nadie recuerda el por qué de ese encono: “Lo decía siempre y ante quien fuera. Incluso lo llegó a decir en algún reportaje que, como siempre que hablaba, generó una gran polémica. Alberto lo llamaba Armando ´Tejode´ Gómez”, recuerda Chiquita.




