Carlos Albarracín tiene 87 años y una misión que honra con una entrega que emociona hasta las lágrimas: cuidar a Federico, su hijo de 51 años que nació con síndrome de Down. Lo hace con un amor que conmueve, con una dulzura y una paciencia que parecen venir de otro tiempo, como si su propia existencia hubiera sido pensada para este rol: el de ser padre. Carlos, como todos los papás, celebra este domingo el Día del Padre.
Día del Padre: Carlos, el hombre que eligió el amor todos los días
En el Día del Padre, la historia de Carlos Albarracín conmueve hasta los huesos: es ingeniero salteño, viudo y papá de Federico, con síndrome de Down
"Para mí Federico es lo más sagrado. Es felicidad. Es un nene feliz que entiende muchas cosas. Tiene una percepción especial, se da cuenta del cariño de una manera distinta", dice Carlos, mientras se le escapa alguna lágrima y una sonrisa.
Es viudo desde hace un año. Mirta Atienza, su compañera de toda la vida, falleció después de criar juntos a sus dos hijos: Julián, el mayor, y Federico, que nació sólo un año después.
Ella mendocina, él salteño. Carlos recuerda con orgullo sus raíces: "Vengo de una familia humilde pero maravillosa. Mi madre crió a 13 hijos. Todos estudiamos: hay ingenieros, médicos, maestros. Nos ayudábamos entre nosotros. Éramos una corriente fuerte, unida".
Ese legado de familia es lo que transmite, día a día, a sus nietos Francisco y Juana, que viven cerca suyo, y, especialmente, a Federico, su inseparable compañero de ruta.
"Nunca lo escondimos, siempre nos sentimos muy orgullosos de Federico"
Fede nació el 22 de octubre de 1973. Y desde entonces, Carlos lo abrazó con una convicción que hoy se siente intacta. Gran parte de su vida transcurrió en San José, Guaymallén hasta que en 2013 se mudaron al Dalvian.
“Nunca lo escondimos. Siempre nos sentimos orgullosos de Federico. Nunca pensamos en lo que no iba a poder hacer, sino en lo que sí. Y siempre fue un chico bueno, feliz, que da amor sin pedir nada a cambio”, evoca.
Hoy, los días de Carlos giran en torno a Federico. “A la mañana caminamos un poco. Vamos al supermercado porque a él le encanta elegir la mercadería, cargar el changuito, hablar con las chicas de la caja que son buenísimas con él”, cuenta. Y agrega: “Después va a la plaza con Cristina, una de las personas que nos acompaña. Van del brazo, despacito. Si está lindo el día, mucho mejor”.
Aunque ya no asiste a la escuela, Federico estuvo escolarizado muchos años. Una enfermedad que luego superó (gracias a que su papá lo observó detenidamente) lo alejó de la rutina escolar.
"Ser el padre de Federico es algo sagrado"
“Cuando él está enfermo tiene sus formas. Por ejemplo, hoy tuvo un corte eléctrico, que le dan a veces. Se pone nervioso. Le di una pastilla y ya está mejor. Él no lo dice, pero se lo nota. Yo lo observo, lo conozco”, dice Carlos.
Hay una anécdota reciente que lo marcó. Una enfermera fue a revisarlo por un dolor en un hombro. Federico, que casi no habla, presenció la escena y, con una lucidez profunda, se quebró.
“Entró a la pieza, vio que me estaban revisando. Parece que creyó que me iba a morir, que me iban a operar o algo así. Se fue pasito a pasito y preguntó: ‘¿Qué le pasa a papá?’ Nunca lo habíamos escuchado decir algo así. Las chicas que estaban en casa no sabían cómo contenerlo. Después Fede lloró todo el día. Lo tuve que calmar”, rememora.
Carlos habla con ternura, sin dramatismo.
“Ser el padre de Federico es algo sagrado. Y me cuido mucho porque pienso en su futuro. No desconfío de que alguien más pueda cuidarlo, pero lo quiero tanto que no sé si ese amor se puede replicar en otra persona”.
En medio de la charla, aparece Fresqui, el perro. Ladra y juega. “Es su gran aliado, están todo el día juntos”, dice Carlos. Y le habla a Federico con la complicidad de los que se entienden con una mirada: “¿No es así, papito?”.
Julián, su otro hijo, vive fuera de Mendoza, pero está presente todo el tiempo. “Es un hijo muy bueno, de grandes sentimientos. Vive el dolor de haber perdido a su madre y de verme ahora con Federico solo, claro que le duele. Pero estamos en contacto siempre”, cuenta.
Y vuelve a emocionarse al hablar de la familia. “Hoy es el Día del Padre, pero yo quiero hablar del valor de la familia. La célula, lo principal. De una familia se hace algo grande. Un pueblo hermoso”, reflexiona.
Carlos no esquiva los temas difíciles. Si le preguntan qué consejo daría a una familia que está esperando un hijo con síndrome de Down, responde sin rodeos: “Yo le diría que lo cuiden como a lo más sagrado. No sólo si tiene un problemita, sino a todos los hijos. Que se quieran, que se abracen. Que no caigan en la droga, que es una desgracia. Que den todo por sus hijos, porque es lo único que importa”.
Lo dice desde la experiencia viva. Porque lleva 51 años amando con una fuerza que se percibe con apenas verlos a los dos. Porque sigue ahí, con sus 87, cuidando cada detalle de la rutina de Federico, preguntándose quién podrá quererlo como él, pero sin soltar nunca esa sonrisa suave y esa fe en la vida.
"Lo reto por tonterías, pero lo quiero tanto..."
“Las pocas veces que lo reto, por tonterías, a Fede se le rompe el corazón, me doy cuenta. A veces soy estúpido como todo padre”, dice, y suelta una carcajada.
Este domingo, mientras muchos celebran el Día del Padre con asados, regalos y abrazos, Carlos estará ahí, como cada día, al lado de Federico. Caminando al supermercado. Esperando que no llueva para ir a la plaza. Acariciando a Fresqui. Hablando con su hijo de duendes y de jirafas.
Carlos no tiene medallas, pero su historia merece contarse. Porque hay padres que no necesitan un día, sino un monumento.












