Mañana soleada. La principal calle comercial de la ciudad cabecera del mendocino departamento de General San Martín tiene el ritmo como si fuera de un sábado tempranero. La mayoría de los comercios, salvo los bares, están abiertos pero casi sin clientes y la gente, de apuñados pequeños, deambulan por las veredas. La mayoría lleva bolsas de compras y todas van con la mitad de su identidad tapada con barbijos por el coronavirus.
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El Club Social ya no es el escenario de charlas de fútbol y mujeres, de timbas apuradas a cualquier hora. Sus mesas están vacías y su entrada está franqueada por un improvisado kiosco y una mesa en donde Mario, el responsable del lugar, ofrece los tapabocas que ha fabricado la noche anterior y que lucen los más curiosos motivos, desde los Simpson hasta uno azul oscuro con el escudo de la Policía de Mendoza para circular durante el aislamiento social obligatorio.
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“Hay que hacer algo. Acá no pago alquiler, pero tengo que pagar las facturas de la luz, del gas, del agua…”, dice Mario, quien cumplió años el domingo pasado y tuvo que descartar la juntada en familia y reducirla a una charla con sus hijos por videoconferencia.
Tuvo que improvisar venta de café y sánguches al paso, un kiosquito de golosinas y la fabricación de los tapabocas. Los corta, los cose y les imprime los motivos más diversos. Los que tienen el escudo policial son un éxito porque a Mario es al único que se le ha ocurrido.
En la vereda está Miguel Ángel Gallardo. Lleva sentado allí 52 años, de los 63 que tiene de vida. En un banquito de madera y con su cajoncito, es uno de los pocos lustrabotas que aún ejercen el oficio en la zona. Don Miguel ha sobrevivo a la pandemia de las zapatillas, ¿por qué no sobrevivirá a esta del Covid -19?
En el banquito de lustrado hay un zapato derecho, marrón. Adentro del zapato, un pie del mismo lado. Después, una pierna haciendo juego. En el extremo superior, un señor canoso.
-¿Cómo es su nombre?- pregunta el periodista, rompiendo la ceremonia.
-¿Cómo, no me conocés?- dice el dueño de la pierna, del pie, del zapato.
Se quita el barbijo.
-No. Disculpe, no lo conozco-
-¿Le decimos…?- le pregunta el canoso al lustrador.
Y el lustrador responde, sin dejar de pasar el cepillo:
-Es Eduardo Maryllack, jugador histórico del Atlético Club San Martín…-
Maryllack fue volante de uno de los mejores equipos de la historia del León, hacia fines de los 60s y hasta mediados de los 70s. Ahora es un señor canoso, que usa zapatos marrones, un barbijo blanco y que hace un ratito, antes de sentarse para que don Miguel le lustre los timbos, le ha pedido un café a Mario y se lo ha tomado sentado en la banqueta del lustrabotas, con la superioridad que le da haber sido un habilidoso.
Maryllack no escucha bien o es desconfiado y no se prende en la charla.
Don Miguel, al tiempo que le saca brillo a los fanguses del ex futbolista, responde algunas cosas.
Mientras tanto, por la vereda, van los documentos terminados del 1 al 5, los muestran en los negocios y hacen sus compras. “Se llevan solo lo que necesitan de urgencia, algunas pocas cosas. Casi no se vende nada”, dice un tendedero.
Don Miguel termina su labor. Maryllack se para y se va caminando hacia el sur.
Mario sale apurado de atrás del improvisado mostradorcito y le grita:
-“¡Ehhhh, no me pagaste el café…!”-
El otro no escucha, o hace que no escucha.
-¡Este siempre hace lo mismo! ¡Se hace el distraído y se va sin pagar! ¡Es un peligro…!- dice Mario.
Don Miguel miente y dice que ya le ha dejado el dinero a él para pagar el café. Saca $50 de un manojito y se los da.
La gente sigue pasando. Acá, como el resto mundo por estos días, todos viven de sus recuerdos.


