Miles de personas. Miles.
Preferiría haberlas contado, una por una, para precisar el dato. No por obsesión sino porque cada una de esas gentes, tiene un motivo particular para asistir, una inquietud, una expectativa diferente, aunque la historia será inexorablemente común.
Esperaron más de lo que la organización hubiese querido.
El expositor, un intelectual con una singularidad: cuenta con muchas horas de televisión mirando la cámara y su inhibidora luz roja. Esto lo convierte en un personaje familiar. Lo decimos sin temor a equivocarnos. Que su rostro y su voz no resulten extraños, acerca, aproxima, inspira confianza. Eso gracias a la maldita televisión, a la perversa radio y al sospechado diario.
¿De qué se trata? Preguntó el sujeto que ayudaba a estacionar los autos que llegaban de a docenas, como los huevos en sus maples.
Qué interesante, respondió. Supuse que si le hubiese dicho cualquier otro nombre, la contestación hubiese sido idéntica. "Qué interesante". Pero no. El prejuicio volvió a contradecirme porque a los 20 minutos, ese acomodador de edad indefinida, estaba adentro del salón, escuchando al orador, con la misma atención con la que ordenaba los bólidos en la playa.
Nada muy extraordinario y todo muy raro a la vez.
El decidor no desistió de su compromiso a pesar de portar consigo una gripe intensa. La demora no propició el típico coro de suelas sobre el parquet del lugar reclamando la presencia inmediata. La charla comenzó.
El periodista sobre el escenario hizo una introducción económica y certera. Suficiente. Luego el diálogo calmo. Las preguntas atinadas y sin respuestas incluidas ayudaron para que el expositor nos contara lo que vino a decirnos.
Nadie fue para curar sus dolores. Tampoco pensó aquél hombre con grandes dificultades para desplazarse que volvería a caminar sin el auxilio de esos artefactos por asistir a este evento. No hubo que hacer un donativo y ninguna amenaza pendía sobre quienes no aceptaran la invitación.
La consigna de la charla no consistía en una promesa de abandonar vicios y carecía de amenazas para quienes no concurrieran.
Tampoco el sorteo de un premio fue la motivación. Ni regalos ni obligaciones. Un encuentro.
El disparador: hablar de nuestras figuras históricas. Tres próceres que han sabido transitar bien lejos de la grieta. Que aún cabalgan y navegan con hidalguía y elegancia por las renovadas avenidas y acequias que el General Las Heras habilita.
Y aunque vayan desapareciendo sus imágenes en el frente de los billetes, preservan un valor supremo en el imaginario colectivo del pueblo. Suena raro volver a decir "los próceres del pueblo", pues no hay otra posibilidad de ser prócer si no abreva en el pueblo.
Miles de personas. Un lugar bien acondicionado. Sonido correcto, puesta sobria, luces : sólo las necesarias
Supimos cuáles eran las preferencias literarias y filosóficas de José de San Martín, de Mariano Moreno y de Manuel Belgrano. También algunos aspectos de sus intimidades. Sus familias. Sus inclinaciones. Sus pretensiones académicas y sus espejos intelectuales.
¿Una conferencia sobre lo que leían nuestros personajes históricos? Algunos apostaron a una concurrencia escasa. Esos que consideraron que iría poca gente, quizá por la misma razón, fueron los poquísimo que faltaron. No es casual. En jerga del barrio diríamos: se comieron una piña.
Miles de personas asistieron. Conocimos aspectos singulares de cada uno de esos tres constructores de nuestra identidad.
El maltrato de sus contemporáneos no aporta nada novedoso. La muerte temprana y el exilio, tampoco. La ausencia del Estado cuando más se lo precisa bien podría ser una síntesis de nuestra mirada tan incisiva como deprimente.
Pero hay una otra lectura posible. Un encuentro de miles en un mismo lugar, adonde el espectáculo era austero y dirigido a pensar y repensar. Ni hombres musculosos en coreografía erótica ni chicas de exuberantes desnudeces ampliadas en una pantalla.
Aquí. Sí, en este mismo planeta. Una charla en la cual no hubo ninguna, absolutamente ninguna interrupción y un dato no menor. Decenas de chicos en el mismo ámbito, compartiendo el espacio, varios escuchando respetuosamente el diálogo y otros jugando con moderado volumen y desplazamientos que no perturbaban.
Desde mi confesa intolerancia celebré la ausencia de golosinas con ruidosos envoltorios y la muerte súbita de palomitas, esas que aquí bautizamos pororó.
Así como hay quienes manifiestan desdén por nuestra historia y le quitan o agregan algo más de un lustro a la revolución de mayo sin ponerse colorados (ni apoyar a los unitarios); por acá vivimos con entusiasmo una disertación del famoso y generoso historiador.
Y no es para menos. Pudimos conocer lo que soñaban aquellos hombres que hoy tienen piel de bronce.
Esto nos ayuda a entender nuestro ayer y atisba a mostrarnos lo que somos hoy. Pero mucho más.
Esto nos abre una ventana para que veamos lo que podríamos llegar a ser mañana, y nos obliga a llegar un poco más temprano, así al menos el acomodador de autos podrá ingresar a tiempo en esta historia. En esta, nuestra historia.




