De la vasta obra de Álvaro Abós (Buenos Aires, 1941) que incluye biografías, crónicas minuciosas y relatos de ficción, su nuevo libro, Plaza mágica, es uno de los más personales.
Álvaro Abós rescata el histórico legado de Carlos Thays, el creador de nuestro Parque, en su biografía de un rincón de Buenos Aires
Álvaro Abós es escritor, periodista y abogado. Publicó Plaza Mágica donde alude nada menos que a Carlos Thays, el creador del Parque General San Martín de Mendoza
Es una biografía, también, como él llama, de un lugar de Buenos Aires, sostenida por una copiosa documentación que estimula la lectura, pero ensamblada desde lo íntimo. Desde el candor que aún se enciende en él cuando recuerda al niño que aprendía a andar en bicicleta en la Plaza San Martín, la protagonista centralísima de la historia.
En torno a ese rincón que se fue transformando, desde sus albores, en el corazón histórico de la ciudad, se convoca a nombres de la talla de Borges, Mariano de Vedia y Mitre, Roberto Arlt, Cora Cavanagh o Mercedes Castellanos de Anchorena, con sus respectivas obras y sus intensos fervores.
Y entre tantas celebridades y hacedores, a nosotros, desde “tierra adentro”, nos colma de satisfacción conocer en detalle la valía del paisajista francés Carlos Thays, que no solo modificó sustancialmente el diseño de la Capital, sino que esparció su pasión por el verde y los paseos a través del país, creando, por ejemplo, el Parque General San Martín de Mendoza.
Con su inveterada afabilidad y su pasión por comunicar, Álvaro habla, como otras veces, desde su Buenos Aires querido, con el programa La Conversación de Radio Nihuil.
-Hola, Álvaro, qué gusto volver charlar con vos, pero no, como en la vez anterior, sobre un libro de ficción, Capilla ardiente, sino sobre este nuevo trabajo donde encontramos tu pasión de cronista, de ensayista, de flâneur, como decís al pasar.
-Sí, en efecto, he sacado un nuevo libro que se llama Plaza mágica, que es una crónica, una historia de un lugar de Buenos Aires, la Plaza San Martín, en el barrio de Retiro y de los personajes, las vidas, hombres y mujeres que han transitado por este lugar.
-Lo atrayente es que, en torno a ese rincón ciudadano que es Plaza San Martín, se ha movido el país. Y de su origen hemos olvidado detalles muy significativos, por ejemplo, de cómo surgió el Retiro. Se lo llama así porque ahí se guareció un anacoreta, ¿no?
-Claro. El origen de esta plaza está en el siglo XVI, alrededor de los años 1580, 1600. La ciudad de Buenos Aires se funda donde hoy está la Plaza de Mayo.
-Un poco en medio de la nada.
-Era una pequeña aldea con pocas casas. Y lo que es hoy Retiro, que está a un kilómetro, a diez cuadras de allí, era un lugar desolado. Entonces el río llegaba hasta ahí mismo. La barranca, que hoy está cubierta de césped, donde está el monumento a los caídos en Malvinas, era un barranco que daba directamente al Río de la Plata. Allí se instaló un señor, una persona desconocida, un anacoreta, quizás, o alguien amante de la soledad. Fue el primer habitante y por eso se llamaba a la zona el Retiro.
-Una imagen primigenia que no todos guardan.
-Era un lugar muy alejado de la vida primitiva de aquel Buenos Aires tan antiguo. Después, cuando la ciudad se amplió, este lugar fue absorbido y surgió la historia de esta plaza.
-Otra curiosidad es que allí mismo se hacían corridas de toros.
-Sí. La verdad es que hoy transcurrimos, paseamos o corremos por la plaza, mucha gente la transita rumbo a la estación Retiro con el tiempo contado y los porteños y los visitantes no pensamos el pasado. Este lugar, la Plaza San Martín, tiene un pasado muy interesante.
-A eso dedicás, precisamente, las primeras páginas de tu libro.
-Allí, en algún momento, había un depósito de esclavos, lo que era un negocio muy intenso en aquellas épocas. Hasta 1813 existió la esclavitud. Después en el lugar se instaló una plaza de toros, también otra cosa bastante curiosa en Argentina.
-Algo que tampoco está muy guardado en nuestra memoria.
-Buenos Aires fue una plaza taurina importante hasta el 1800 y pico, a la cual venían toreros bastante célebres. La plaza de toros era un edificio muy importante, uno de los principales que tenía la ciudad. Era una especie de estadio. O sea, una plaza como las que hoy hay en España, en México y en algunos otros lugares.
-Aquí empieza a entrar la historia más ligada a la gesta nacional.
-Porque, además de la fiesta taurina, ese fue un lugar bélico. Allí se libraron batallas durante las invasiones inglesas. La plaza fue como un fortín para los defensores de Buenos Aires y corrió bastante sangre, no sólo en la arena.
-En ese punto, deslizás un dato que nos involucra directamente a los mendocinos. Decís que Juan Lavalle, cuando estaba acá en Mendoza con San Martín, se jactaba de ser banderillero en las corridas. ¿También en nuestra provincia había corridas de toros?
-Sí, debía haber. La verdad, no lo he estudiado, pero sí, cómo no. La corrida de toros era un entretenimiento. A lo mejor se hacía directamente entre amigos. Son miles de historias. El pasado es riquísimo.
-Para aprovecharlo están cronistas como vos.
-Después de eso, cuando se abolió la tauromaquia, ese lugar siguió siendo un acontecimiento, porque allí se hizo un cuartel; allí se formaron los granaderos de San Martín; y después fue una cárcel y fue el patíbulo.
-Otro ámbito sangriento.
-Se cumplía la pena de muerte, se ejecutaba. Por ejemplo, los asesinos de Facundo Quiroga, en 1835, fueron Santos Pérez y sus cómplices. Algunos fueron ejecutados en la Plaza de Mayo y otros en la Plaza de San Martín. Hasta que finalmente se convirtió en una plaza.
-Recordás que ahí se formaron los granaderos y que lo que le da el nombre a la plaza, justamente, es San Martín. Y hay al respecto una anécdota bastante curiosa respecto de la estatua del Libertador, que involucra también a los chilenos, que se nos adelantaron.
-Claro, la estatua de San Martín, hecha por un escultor francés que era muy célebre en ese momento (Louis-Joseph Daumas), fue hecha enteramente en Francia y trasladada en trozos, en pedazos: el caballo, la cabeza, los brazos, etcétera; y armada. Simultáneamente se hicieron dos ejemplares de la estatua.
-¿Y qué pasó?
-Uno se mandó a Santiago de Chile y otro a Buenos Aires. Y los chilenos lo armaron y lo inauguraron primero, con la diferencia de que, debido al suelo con terremotos que tiene Chile, tuvieron que ponerle una especie de soporte. En cambio, la estatua que está en Buenos Aires tiene la cola y mucho menos sustento en el suelo. Es curioso. Ahora esa estatua está en muchísimos lugares, creo que en doce ciudades del mundo.
-¿Cómo cuáles?
-Está, por ejemplo, en Madrid, está en Washington. Hoy uno la mira, sin darse mucha cuenta, y lamentablemente está enjaulada, como sucede en la Ciudad de Buenos Aires con muchos monumentos, porque algunos pícaros se estaban llevando pedazos de bronce.
-Típico de estos tiempos. Hay que enjaular todo. Ya que estamos entrando propiamente en la Ciudad de Buenos Aires, es muy instructivo tomar nota de todo lo que hizo por ella Mariano de Vedia y Mitre. Fue espectacular su gestión.
-Sí. Mariano de Vedia y Mitre fue un intendente de Buenos Aires que estuvo en su cargo desde 1932 a 1938, durante la presidencia de Agustín P. Justo. Le dieron un gran respaldo.
-¿Cuál es la marca de su labor?
-Era una ciudad que estaba creciendo y él la transformó bastante porque ensanchó Corrientes, que era una calle estrecha; la hizo avenida. Trazó la avenida 9 de Julio, que une las estaciones de Constitución y Retiro. Levantó el Obelisco. Lo hizo diseñar por un arquitecto, Alberto Prebisch y lo inauguró en cuarenta y un días. En su momento fue muy resistido y estuvo a punto de ser demolido porque lo consideraban un engendro.
-Una historia bastante común.
-Hizo muchas otras cosas; entre ellas, propició el estadio Monumental de River y quedó la Bombonera de Boca lista para inaugurarse en 1940. Es decir, un verdadero realizador.
-Coincidiendo con estos tiempos, contás que el Obelisco se empezó a hacer en 1936. Y si bien lo querían voltear, especialmente por parte de la oposición política, terminó siendo el símbolo de Buenos Aires y convertido en vector de las movilizaciones populares, entre ellas, la del último Mundial que ganamos en Qatar.
-Sí, sí. Así fue la historia del Obelisco. Y en relación a la Plaza San Martín, este hombre, De Vedia y Mitre, fue el verdadero creador de esta plaza. Yo me detengo bastante en mi libro contando esa historia.
-Exacto, que arranca ya en el segundo capítulo.
-Cuando sube a la intendencia, la Plaza San Martín no era lo que es ahora. Toda la parte que ocupa la barranca, frente a la estación, estaba edificada. Y sobre la línea de la calle Arenales, encima, habían colocado un enorme edificio de cien metros, que era el pabellón de la Exposición Universal que la Argentina había llevado y construido en París, cuando se inauguró la Torre Eiffel.
-Tiempos de esplendor, aquellos.
-Ahí había un personaje que se llamaba Carlos Thays. Era un paisajista francés; un jardinero, en realidad, porque la profesión de paisajista recién comenzaba en el mundo.
-¿Cómo llegó aquí?
-El gobernador de Córdoba lo contrató para hacer un parque. Luego se iba a ir este hombre, pero sucedió que Thays se enamoró de una uruguaya que vivía en Buenos Aires. Y como le ofrecieron trabajar en la ciudad, haciendo tareas de jardinería, se quedó. Para nuestra suerte.
-Ni qué hablar.
-Para los porteños y los visitantes, este hombre hizo una labor extraordinaria, porque plantó, solamente él, ciento cincuenta mil árboles en las calles de Buenos Aires.
-Vos decís que fue una suerte para los porteños. Pero para nosotros, los mendocinos, ocurrió otro tanto. Carlos Thays diseñó nada menos que el Parque General San Martín, todo un emblema de nuestra ciudad. El capítulo que le dedicás, "Plaza de la simiente", resulta de lectura obligatoria para tener un cabal conocimiento de su envergadura.
-Claro. Y en el caso de la Plaza San Martín, él la soñó un poco como es ahora. Es un panorama, es una plaza armoniosa que se proyecta hacia lo que entonces estaba más cerca, el río. En sus orígenes, allá por el 1600, las aguas del Río de la Plata tocaban la barranca de la plaza. Hoy el agua está muy lejos, pero, bueno, esa es otra historia.
-La imaginación de Thays tenía una gran proyección, según aprendemos en tus páginas.
-Como te decía, él soñó la plaza como es ahora, con esa maravillosa arboleda, esa distribución, los senderos, las pequeñas fuentes, la perspectiva, la armonía de todos esos elementos. Y, sobre todo, soñó esa maravillosa barranca.
-Otra suerte es que tuvo mucha trayectoria por delante.
-Trabajó muchos años, se jubiló y dejó a su hijo, que también es paisajista. Luego, por cierto, quedaron el nieto, el bisnieto. Es como una dinastía la de los Thays en la Ciudad de Buenos Aires. Además de haber trabajado en Mendoza, en Córdoba. Hizo muchos parques. Hizo el Parque Rodó, en Montevideo, el Parque Central, en Santiago de Chile. Una obra extraordinaria.
-Felizmente, con reconocimiento popular.
-Cuando él murió (el 31 de enero de 1934), una multitud de porteños, caminando, lo acompañaron, porque reconocían en él a una especie de profeta; alguien que había buscado, diríamos, el verde como una salvación para las ciudades.
-Algo especialmente valorable incluso en estos tiempos.
-Yo creo que sí. El cambio climático hoy está matando a muchas ciudades del mundo. Y el verde, la introducción de la arboleda, es una salida que nos permite vivir mejor. Lamentablemente, Carlos Thays no ha tenido el reconocimiento que merece por parte de la Ciudad de Buenos Aires.
-Sin embargo, en apenas una línea de tu crónica, y recibiéndote de poeta, le otorgás un hermoso calificativo."Thays es el padre de la sombra ciudadana". Así lo llamás.
-Sí. Bueno. Ahí esto se une con tantos poetas, escritores, artistas, que han transcurrido por la Plaza San Martín y la han poetizado. Por ejemplo, Jorge Luis Borges, que vivió un largo tramo de su vida en un modesto departamento que da a la plaza. Y ya en 1924, incluso antes de que tuviera este hermoso diseño actual, él publicó una extraordinaria poesía que se llama "La Plaza San Martín" en su primer libro, Fervor de Buenos Aires.
-Título fundacional de la obra borgiana.
-Y allí llama a la plaza "serena y sazonada,/ bienhechora y sutil como una lámpara,/ clara como una frente,/ grave como un ademán de hombre enlutado".
-¡Qué decir de esas perlas que escribía Georgie! Ahora bien, para cerrar el capítulo sobre Thays, como vos bien decís, un precursor en materia de arbolado público fue Sarmiento, ¿no?
-Claro. Sarmiento viajó mucho. Fue a Estados Unidos, pasó por Nueva York, quizás vio cuando se hacía el Central Park. Después estuvo en Europa, donde comenzaba la revalorización del jardín en la ciudad. Y cuando volvió a Buenos Aires, Palermo, que era en realidad un enorme descampado, casi una zona rural, él se empeñó en parquizarlo, en urbanizar y en convertir aquella parte verde de la ciudad en un lugar de recreo. Fue un verdadero antecedente.
-Lo cual tuvo una feliz continuación.
-Después, en 1888, a finales del siglo XIX, en los primeros años del siglo XX, Carlos Thays trazó lo que es hoy Palermo, mucha de cuya parte verde se ha ido perdiendo. Y diseñó todas las plazas de Buenos Aires.
-Tampoco se tiene plena conciencia de este legado.
-¡Todas las plazas de Buenos Aires han sido diseñadas por Carlos Thays! Y muchas del interior, como el Parque de Mendoza, el Parque Sarmiento de Córdoba y de otras ciudades. Era incansable ese hombre.
-¡Menos mal!
-Yo cito una anécdota. Él vivía en una casita que aún existe en el Jardín Botánico de Buenos Aires y todos los días salía con un carro, con su caballo y un ayudante. Lo llevaban lleno de plantas, de semillas, de plantines. Entonces, el hombre que conducía, le decía: director, ¿a dónde vamos hoy? Y él le respondía: “Adonde nos dé el caballo. Sigamos adelante”. Y en todas las calles por donde iba pasando, sembraba árboles.
-Una maravilla. Por eso para nosotros también es un prócer. Una reflexión. Hace poco, hablamos aquí con Tomás Abraham, quien en su último libro le dedica un tramo importante a la década infame, igual que vos en este caso. Es tremenda la potencia cultural de aquella época, con protagonistas de la talla de Victoria Ocampo, Borges, Marechal, Gombrowicz, etcétera.
-Es así. Así es la historia, un ir y venir. Ese momento de la Argentina fue importante. En materia política no creo que haya dejado una semilla. Era un tramo de la historia oscuro, porque no existía la democracia, había fraude, los gobiernos no eran representativos. Pero en muchos aspectos, la Argentina era una especie de volcán.
-Los protagonistas hablan por sí mismos.
-Están todos estos grandes nombres de la literatura, pero, qué sé yo, también podemos hablar de Spilimbergo y Berni en la pintura. Y, sobre todo, podemos hablar de la consolidación del tango como una creación cultural argentina. Comenzaba la década del '40, la década de gloria del tango, donde el género se consolida. En fin, luces y sombras, ¿no?
-Aun así, es difícil encontrar tantas luces juntas, desde el punto de vista cultural. ¿Hay algún otro periodo de la Argentina que se le pueda asemejar? Porque, entre otros, estaba también Roberto Arlt.
-Roberto Arlt fue el gran cronista, justamente, de lo que estábamos hablando, de esa renovación de Buenos Aires cuando se demolían tantos edificios. A este hombre, a Mariano de Vedia y Mitre, la calle lo llamaba “Guillermo Tell”, porque bajaba manzanas.
-¡Qué magnífica es la sabiduría popular!
-Y Roberto Arlt, que escribía un aguafuerte en el diario El Mundo, todos los días, en muchas de sus crónicas habla del polvo, de las paredes caídas, de esos esqueletos de los edificios que exhiben de pronto las paredes, las marcas de la vida. Y habla también mucho de los porteños que, estupefactos, observaban todo eso; los mirones, gente que se para a ver cómo cae un edificio. En fin, postales de aquella ciudad.
-En tus páginas van desfilando otros nombres destacados como Girri, Mario Benedetti o Héctor Viel Temperley. Pero hay dos momentos en donde te ponés muy en primera persona, hablando de tu infancia y explicando el sentido del libro. Son los capítulos "Plaza perdida" y "Final".
-Sí, claro. Yo tenía también la idea de hacer de este libro un confesionario, porque toca mi vida personal. Luego, acoté ese margen. No me considero tan importante como para llamar la atención de los lectores. Pero no dejé de consignar mi relación personal con la plaza.
-Que expresás de manera muy elocuente, sin embargo.
-Yo nací y crecí de niño en un pequeño departamento modesto, cerquita, a una cuadra de la Plaza San Martín. De manera que esa fue mi plaza de la niñez. Por supuesto, entonces no me importaban los monumentos, los palacios. No me fijaba en eso.
-¿Qué significaba ese lugar para vos?
-Para cualquier chico que vive en una ciudad, ir a la plaza, grande o chica, es un momento de libertad y de gozo. Recuerdo cuando me regalaron una bicicleta con rueditas. Momentos importantes.
-Que quedan grabados a fuego, como vemos.
-Andando el tiempo, corrió mi vida y en algún momento, bastante feliz, para mí, no tanto para el país, pude vivir, alquilar un departamento en la calle Juncal, cerca y frente a la plaza. De manera que abría la ventana y tenía delante de mí la Plaza San Martín, el maravilloso edificio Kavanagh, esa extraordinaria aventura de la que no hemos hablado. Bueno... momentos, momentos de la vida, diríamos, que me ligaron a este lugar de la Ciudad de Buenos Aires.
-Por eso mismo ese capítulo lleva como referencia la dirección Juncal 615. Y dejás una línea que es toda una definición. Decís: "Qué difícil es escribir sobre la felicidad". Es cierto. Los tangos salen más fácilmente cuando se refieren a amores rotos, ¿no?
-Sí. Yo he escrito muchos libros, algunos sobre Buenos Aires y sus grandes nombres. He escrito biografías de un pintor, Xul Solar y de un filósofo y poeta, Macedonio Fernández; he escrito la biografía de un gran periodista, que era uruguayo, pero triunfó en Buenos Aires con su diario Crítica (Natalio Botana); y de otros personajes y motivos de la ciudad de Buenos Aires.
-Has incursionado, asimismo, en la ficción.
-También. En bastantes de los muchos libros que tengo publicados me he interesado por el tema del crimen, incursionando en la literatura policial o negra, como se la llama.
-Pero aquí el tema te toca más de cerca.
-En este libro me concentro en un lugar de la Ciudad de Buenos Aires. He buscado no idealizar. No me gusta ese estilo de escritura porque aquí, como tocaba algo personal y casi sentimental, un poco me llevaba a la pura exaltación: qué lindo, qué lindo, qué lindo. Todo es muy lindo.
-Tal cual. Sorteaste muy bien esa tentación.
-Pero, veamos, el crimen, que es un motivo de mucha atención para mí en mi trabajo literario, como decía, se filtra también acá. Por ejemplo, trato, entre tantas otras vidas que transcurren en la Plaza San Martín, la del cura Carlos Mugica.
-Así es. El capítulo se llama "Plaza de arriba, plaza de abajo".
-Mugica vivía muy cerca de la plaza. Allí él también iba a jugar. Luego se dedicaba a defender y a sostener la vida de los habitantes de la Villa 31, que es como la contracara de la Plaza San Martín.
-Sí. Como un retrato en blanco y negro.
-La Plaza San Martín es la exuberancia, es la historia argentina, la cultura, el factor internacional que tiene Buenos Aires. La Villa 31 es su contracara. Este hombre estaba unido a esa parte de la Ciudad de Buenos Aires, que está pegada a la plaza. Y bueno, sabemos qué ocurrió. Carlos Mugica fue asesinado cuando terminaba de dar una misa en una iglesia del barrio Villa Crespo.
-Un hecho que ha mantenido su relevancia.
-De manera que el crimen también se mezcla, ¿no? Se mezcla casi en todo lo que uno escribe sobre la Argentina.
-Volviendo al capítulo referenciado en Juncal 615, ahí deslizás otra frase significativa. Decís, mirando la plaza desde un noveno piso, al caer la noche, "yo, que me había casado y era feliz como quizás no volvería a serlo".
-Sí.
-Es un punto de inflexión ahí en tu vida.
-Claro, claro. Sucede que esta época feliz se tuvo que interrumpir abruptamente porque me tuve que ir de la plaza y me tuve que ir de la ciudad y del país.
-Siete años, fueron. Siete años de exilio tuviste, como contás en el libro.
-Así es. En fin. Nada nuevo en este país.
-¿Y qué dejate atrás, respecto de todo esto?
-La Plaza San Martín quedó como un recuerdo, como una vivencia. Me acompañó mientras estuve ausente. Tuve el gozo de reencontrarme con ella. Y ha dado el fruto de este libro que espero que les guste a los lectores que la conocen. Pueden ir, agarrar el libro o tirar el libro e ir solos, a descubrir por ellos mismos la plaza. Y quizás también les interese a aquellos que viven lejos, a aquellos que no la conocen ni la han visto nunca. Trato de escribir para todo el mundo.
-Eso está clarísimo.
-Trato de escribir para aquellos que saben mucho y los que saben poco y los que no saben nada.
-Se nos acaba el tiempo de radio y nos van a quedar muchas cosas interesantes en el tintero, como la historia de Cora Kavanagh y su emblemático edificio o la de María Luisa de las Mercedes Castellanos de Anchorena, que hizo nada menos que la Basílica del Santísimo Sacramento, por donde alguna vez anduvo el padre Bergoglio.
-Exactamente. Es una hermosísima iglesia que está frente a la plaza, pero que quedó un poco oculta cuando se levantó el edificio Kavanagh, obra extraordinaria de una mujer cuya vida también es interesante.
-Interesantísima. Nos queda, por suerte, tu libro, para que todo eso no se pierda.
-Esas y otras tantas historias que quedan por descubrir. Para que los lectores me completen el libro.




