Los veganos existen. Son medio extraterrestres, pero con una diferencia sobre los marcianos: a los veganos uno los puede ver y tocar. No son mejores que usted o yo. Ni peores, claro. "¡Son personas, Jesús!" como dice Sabina en una canción.
Eso sí: son fundamentalistas a rabiar. Y tan militantes como los kirchneristas, los trotkistas, los grafiteros, o los que te piden guita para Remar. O los primeros cristianos. O los primeros anarquistas. O como Sol Pérez en su afán por mostrar el traste.
El pasado fin de semana pasaron a la acción política directa y desembarcaron en la exposición anual de la Rural, en pleno Palermo. Durante muchos años esa muestra anual de los productores del campo supo ser un ring político para exponer ideologías sobre el destino del país.
Pero desde que está el pelmazo éste de Macri en la Rosada, dicho match venía medio apagado. Razón más que oportuna para que los veganos decidieran ahora hacer una presentación resonante en sociedad.
En vez de pasar a la clandestinidad, pasaron a la exhibición de su catecismo haciéndose los gallitos.
Aquí están, estos son
Los veganos tienen su credo, su plataforma política, su misa. Consiste en no consumir productos de origen animal en todos los ámbitos de la vida.
No te comen carne, tampoco juegan al polo ni aceptan la doma. No usan productos de cuero natural. Y su filosofía rechaza que se trate a los animales como mercancía o que los exhiban como si fueran bichos, porque para ellos los animales son personas "no humanas".
Hace varios años ciertos peronistas e izquierdistas solían colarse en la Rural para desgañitarse contra "la puta oligarquía". Hoy los que se infiltran en las tribunas y saltan a la plaza principal (ahí donde muestran a las vacas con sus ubres despampanantes o los caballos de fina estampa) son los veganos.
Todavía hay políticos, frizados en el tiempo, que siguen creyendo que el germen de todos los males de la Argentina sigue siendo los que plantan soja, maíz o quienes crian vacas, chanchos y caballos.
¿De dónde salieron?
Los veganos van más allá. No hacen política para que los humanos estén mejor. Hacen política para -según ellos- que los animales estén mejor atendidos y respetados.
Y así como Marx sostenía que lo primero a realizar era la dictadura del proletariado, para luego llegar a una instancia superior sin clases sociales, así también los veganos creen que lo primero es la defensa de lo animal porque a partir de esa mejora, vendrá después el renacer humano. Ponele.
Si no hay explotación animal, aseguran, no habrá crisis ecológica ni se favorecerá la contaminante industria alimenticia.
Yo mucho no estoy de acuerdo. Pero, ¿y si todos estos nuevos militantes tuvieran algo de razón?
Los veganos no son gente del montón. Son, por lo general, personas estudiadas, de clase media para arriba. Esto del veganismo es para personas que tienen las necesidades primarias muy bien cubiertas. Teniendo la panza llena, uno se puede entregar a otras elucubraciones más complejas.
La Revolución Francesa la pergeñaron los hijos de burgueses. Gente ilustrada. Karl Marx no vivía de un plan social mientras escribía El Capital o el Manifiesto Comunista. Era una persona culta que no pasaba necesidades, pero al que su cultura le hacía pergeñar ideas con las que él creía que se iba a superar la desigualdad humana.
Salvando las distancias, con el veganismo pasa algo similar. Gente que ha recibido instrucción y que tiene un buen pasar imagina y plantea alternativas y toma como núcleo de sus discursos la defensa de los animales.
A mí no me copa el veganismo. Me parece caro, aburrido, extremo. Pero tampoco me va el catolicismo. O el comunismo. O el capitalismo sin libertades de la China. Menos me gustan Cadena 3 y El Precio Justo.
Aunque minoritario y cuestionable, el veganismo es atendible por ser un esbozo de apetencia social en lento crecimiento. Es un fenómeno de pequeño formato, como el de las radios evangélicas que los taxistas militantes nos obligan a escuchar con la idea de convertirnos en buena gente.
¡Tan pronto a nosotros!




