Sarmiento Oeste, cuando Mendoza se torna Babel

Paso a diario por la calle Sarmiento en el tramo donde ya no es peatonal, en particular desde 25 de Mayo hasta Belgrano, y creo sumergirme en una sucursal de Babel en la ciudad de Mendoza.

Es uno de los sitios en los que se concentran los turistas extranjeros a la hora de la gastronomía. Uno los ve cenar en horarios rarísimos, como el de las 18.45, y no puede menos que envidiarlos cuando piden un Ruttini Wines con total tranquilidad de espíritu.

Batallones de turistas que hablan inglés, italiano, alemán, portugués y hasta chileno (Karina Jelinek dice que éstos últimos son "casi latinos") se despliegan por los restoranes con esa prestancia del que simula no deberle nada a nadie, validados además por esos plásticos diamond o gold con los que pagarán la comida.

Los de raíz sajona van, por lo general, vestidos sin abalorios pero maquetados en bermudas y remeras de marca, y en algunos casos de sombreros Panamá o similares.

Los de Brasil, en cambio, son más amigos del elegante sport, en particular ellas a las que se las ve con vestidos coloridos o audaces de esos que marcan el cuerpo.

A los italianos se les nota la región. Los de Roma hablan y ríen fuerte. Los del Norte -donde hoy genera tanto temor el coronavirus- son más discretos, con la marca de Milán en el orillo. Los franceses se ven menos, pero da la impresión de que quienes vienen por aquí no son mayoría de parisinos sino "del interior".

Andá a pasear

Hace casi 30 años conocí París y aun rememoro la cara de culo con la que muchos habitantes de París miraban a las legiones de turistas de todo el mundo. Cerca del Arco del Triunfo me acerqué a una señora para preguntarle por una dirección y la única respuesta que recibí fue un gesto inhóspito que se traducía así: dejáme de romper los quinotos, sudaca.

Debo admitir que hay momentos en que tanto turista en Mendoza me hace acordar de aquella parisina mal educada y comprenderla un cacho, pero de inmediato vuelvo a la realidad y me alegro al ver a tanta gente trabajando en esta actividad. Ojalá dure, me digo, no sin reconocer que es una de las actividades donde aún hay mucho personal en negro.

Otro dato importante es que muchos de estos restoranes que antes tenían horarios estrictos de almuerzo y cena y cerraban a la siesta, ahora, por los gustos de los extranjeros, están abiertos de corrido casi todo el día.

Entre todos estos locales que trabajan con turismo extranjero, hay uno, con nombre de condimento, que a mi me asombra porque tanto al mediodìa como a la tarde-noche están lleno de yonis o similares. Muchas veces me paro a observar a los mozos y mozas que atienden las mesas de la vereda, todos jóvenes, para ver cómo se desempeñan.

Sin hablar el inglés de Cambridge o de Harvard, se hacen entender muy bien. Los he visto explicar con dedicación de qué va cada plato o de dar información sobre asuntos clave de la Mendoza turística. 

Concluyo con una anécdota: Durante el verano de 2002, con el corralito a cuestas y ya  declarado el default, consulté para una nota periodística  al dueño de un restaurant de Palmares acerca de cómo estaban soportando la crisis: "No la hemos sentido", me espetó. La explicación fue contundente: "Nos salvó el turismo extranjero, en especial los chilenos. No nos podemos quejar".