Hay que estar en la piel de Alberto Fernández. No se lo deseo, lector/a. No hay posibilidad de delicia alguna cuando se está entre la espada y la pared, como le ocurre a él.
Pero lo peor no son las idas y vueltas de la campaña electoral. Sabido es que allí reina un alto porcentaje de hipocresías. Tampoco es el suspenso del conteo el día de la elección. Lo terrorífico, si gana, es lo que vendrá después: convivir con Cristina.
Hoy todavía se puede hacer el compadrito y discrepar públicamente sobre algún disparate de la "abogada exitosa". Aún puede fungir de gallito y asegurar que él y sólo él tomará las decisiones de gobierno si accede a la Presidencia. A todos los ministros, jura, los nombrará sin recibir órdenes.
Para comprobar lo que digo hay que ver el esclarecedor video en el que Alberto enfrenta a un ignoto bravucón que lo acusa de chorro y donde con una mezcla asombrosa de hombro y cabezazo lo derrumba como si el chabón fuera una bolsa de papas, para volver luego, con porte suburbano, a tomar asiento con naturalidad. Sólo falta que haga un provechito por el esfuerzo.
Pensemos ahora en Alberto haciéndole algo similar, una doble Nelson por caso, a algún enviado de Cristina que aparezca para bajarle una orden de la vicepresidenta. No quiero pensar en el huaso rodillazo en la ingle que recibiría el camporista Wado De Pedro por querer bajar línea.
Premios y castigos
Si la fórmula Alberto-Cristina llegase a triunfar, el mérito completo se lo llevará ella, qué duda cabe. ¿O alguna vez supuso este coso que podría traccionarnos votantes de la clase media?
Fue Cristina la que enamoró al medio pelo argentino con aquello de que para capitalistas no hay nadie como ella, que nos legó los supermercados rebosantes de primeras marcas. Nada de pindongas ni tongochas.
En cambio si no logran desembarcar en la Rosada, toda la culpa será de él. Es que con sus confusas y alarmistas declaraciones sobre economía este huevas terminó espantando hasta a los desencantados de Macri.
¿Hay algo más raro que esta fórmula presidencial donde la dueña del circo y principal figura del espectáculo abdica de mentirita a nombre del boletero y ayudante de ilusionista?
A Alberto no solamente querrá mandonearlo Cristina, sino que hasta el académico Axel Kicillof ya le quiere marcar la cancha dándoles lecciones de keynesiasmo cool.
Hay que reconocerle que pese a sus dislates, Alberto se cuida de no desbarrancarse en ideas como las de Dady Brieva o Mempo Giardinelli. Ni hablar en la onda dinamita del actor Raúl Pizzo que acaba de asegurar que si gana Macri-Pichetto se desatará de inmediato una guerra civil en el país.
¿Que va ser de ti?
Pase lo que pase en las PASO o en la primera y segunda vueltas, Alberto Fernandez será una de las personas más desgraciadas del país.
¿Cómo se puede ser el jefe político de un gobierno kirchnerista si él habló pestes de ese movimiento y de su jefa, si él, además, renunció a su cargo de jefe de Gabinete denunciando la corrupción y la cartelización de la obra pública, y si dijo, como quedó asentado en todos los archivos del país, que la segunda presidencia de Cristina fue uno de los peores gobiernos que hubo en la historia del país, y que la guerra del campo, librada en el primer mandato, fue una aberración propia de alguien que no sabe gobernar?
Vuelvo al título de esta columna y digo: "paso, no quiero ser Alberto F, no me da el cuero". Lo cual encierra un pequeño halago y, si se quiere, la peregrina idea de una supuesta sorpresa política. Ponele.




