Sorprendió Sebastián Piñera. Y no para bien. Cuando la mayoría estimaba que cambiaría su Gabinete para exhibir señales de cierta flexibilidad ante lo que se le viene, el presidente de Chile tiró a todos de traste.
Se suponía que iba a presentarse más dúctil para afrontar el plebiscito en el que los chilenos decidirán en octubre si avalan o no la modificación de la Constitución. Esta votación debió realizarse en abril de este año pero la pandemia cambió todos los planes.
Lo concreto es que en estos días el mandatario produjo una renovación de su gabinete de ministros y colocó en su equipo a varios duros y cuestionados personajes que fueron funcionarios del dictador Augusto Pinochet. Es decir que en vez de tender puentes con el centro político, se resguardó en la derecha recalcitrante, la menos republicana.
Sus voceros dicen que la movida fue para reafirmar su postura de que no hay necesidad de reformar la Constitución, y de que estos ministros le ayudarán -supuestamente- a convencer a la ciudadanía de que voten en contra.
Perder la oportunidad
Piñera parece que no querer darle a la derecha republicana la posibilidad de convertirse en una opción de gobierno respetable y moderna para compartir por períodos el poder de esa nación con los partidos de la centroizquierda, si es que así lo deciden los votantes chilenos.
Es una pena que Piñera no tenga ahora la amplitud de criterio para establecer una visión de modernidad política desde la centroderecha. Ese sector pierde así la oportunidad de dejar su marca en la reforma de una Constitución heredada de una dictadura.
Quizás Piñera busca ignorar que la clase media de ese país produjo en octubre del año pasado un terremoto político que permanece hirviente. Un sismo que vino a exigirle a los políticos de todos los colores que la expansión económica chilena estaba obligada a derramar de manera más justa sus riquezas.
No les dieron la llave
Aquella maravillosa frase de "nos trajeron a las puertas del cielo y después no nos dejaron entrar" fue bien demostrativa de lo que la clase media estaba reclamando.
Que no era otra cosas que educación pública de calidad, acceso a los estudios universitarios, salud pública para un universo más amplio, superación de las magras jubilaciones privadas, y sueldos acorde a un país que, con una economía estable, en los últimos 30 años había ampliado la renta por habitante. Pero al revés de la la mayoría de las naciones con buena renta per cápita, en Chile hubo expansión con desigualdad.
¿Cómo comprender estas idas y vueltas siendo que el Presidente viene de perder una áspera batalla en el Congreso trasandino y en vez de dar vuelta ese traspié, lo agranda?
la ley que lo descolocó
La oposición legislativa logró, con el voto determinante de un grupo de legisladores de la coalición derechista de gobierno, quienes se rebelaron contra la autoridad del Presidente, aprobar una ley que faculta a los beneficiarios de las AFP privadas a tener la opción de pedir de antemano hasta un 10% de sus ahorros jubilatorios para hacer frente a los sinsabores económicos de la pandemia, que en Chile ha sido bastante brava y tratada por la política de manera errática.
Dicha ley fue un golpe tremendo para el gobierno de Piñera, que luchó a brazo partido para evitarla, sin lograrlo. Sin embargo, concretada la caída, no supo reaccionar con inteligencia.
Cualquier político con fortaleza e historial sabe que a veces las mejores decisiones son las que se toman a partir de una derrota. Parecía que Piñera iba a comprender las razones de esa movida multitudinaria que tomó las calles de todas las ciudades chilenas en octubre de 2019.
El cambio de gabinete que Piñera ha concretado por estos días es todo lo contrario a una oxigenación salvadora. Si es que quiere salvar la ropa, lo peor que puede hacer es rodearse de lo peor del pinochetismo.
Piñera parece haber perdido la oportunidad de demostrar que también desde una centroderecha republicana y moderna se pueden hacer aportes renovadores a la democracia. El plebiscito del 25 de octubre seguramente le pasará facturas.


