Miguel Angel Pichetto resultó más complejo de lo esperado. Ahí lo tenemos pedaleando en el aire y aún con su rostro pétreo, pero dando pelea.

Ya hay analistas que admiten que este senador peronista, candidato a vicepresidente de la Nación por el frente Juntos por el Cambio, es uno de los pocos que no se ha entregado dentro de la coalición que conduce Mauricio Macri.

Dicen que no ha bajado los brazos y que si hay que perder lo hará con las botas puestas. No quiere que lo vean como arrepentido de haberse aliado con el jefe del PRO luego de que se diluyera aquella promesa política de unificar al peronismo no kirchnerista.

Como en la serie

Pichetto ha resultado ser un buen personaje para diseccionar. Con ese porte que recuerda al personaje que hacía Kevin Spacey en House of Cards y próximo a cumplir 69 años, puso todas sus fichas en juego al pleno que le marcó Macri.

Tras el mazazo de las PASO, y salvo que ocurra un milagro, octubre será un mes cruel para él. 

Nacido y criado en Banfield (conurbano bonaerense) este abogado recibido en La Plata, se instaló durante la última dictadura en Río Negro, provincia en la que desde 1983 cumplió varios roles dentro del peronismo: fue  concejal, intendente de Sierra Grande y legislador provincial.

Desde 1993 está en el Congreso nacional. Primero fue diputado nacional y allí aprendió muy rápido todas las buenas y las malas artes de la política premiun. Eran los tiempos en que en el país reinaba Carlos Saúl Menem. Necesitado de marcar presencia, Pichetto logró ingresar también al Consejo de la Magistratura, ámbito donde se fraguan muchos guisantes de la Justicia.

El senador todo terreno

Su actuación como jefe del bloque de senadores peronistas, que se inició en diciembre de 2001, justo con el Corralito, fue destacada tanto en las presidencias de Eduardo Duhalde, como en las de Nèstor Kirchner, Cristina Fernández y en la de Mauricio Macri.

Lo calificaron de monje negro y  de hábil operador en las sombras. Dijeron que más valía vale tenerlo de amigo. Destacaron su sangre fría y su habilidad  acomodaticia. Y hasta lo tildaron de gato, mucho antes que a Macri, por su ductilidad para caer parado.

Pichetto logró permanecer como jefe de bloque de los senadores peronistas en las dos presidencias de Cristina Kirchner. Si eso no es  cintura política, díganme ustedes qué es. Cristina no lo quería ni lo quiere (ahora menos, claro) pero nunca le negó méritos. Incluso en estos años en que los dos han sido compañeros de bancada en el Senado.

Se han sacado chispas en varias discusiones, pero ella nunca podrá negar que Pichetto no haya sido un buen contendiente interno.

Durante el gobierno de Macri, Pichetto hizo lo imposible para unificar a los peronistas no kirchneristas. Fracasó, como fracasaron Lavagna, Urtubey, Massa o Alberto Fernández. Varios de los cuales volvieron a los brazos de  Cristina, a la  que tanto habían cuestionado.

Rara avis política, Pichetto ha entendido que el peronismo se debe una modernización conceptual que debe pasar por aceptarse como un partido republicano, que no se sienta la esencia excluyente de la argentinidad ni que pretenda ir por todo.