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Ni goles, ni amores en el epílogo del morocho García

Goleador inolvidable. Pícaro, repentista, mago. Pero también rebelde, picudo, jodido. El Morro Garcia entra en esa categoría que nos enseñó Nietzsche: "Humano, demasiado humano"

Sin goles ni amores. Así se murió El Morro García. Y quizás ahí, en esa desolación, radique el derrame de sentimientos que ha dejado su impactante final, sobre todo aquí en Mendoza, el lugar que él, paradójicamente, decía que había elegido para vivir.

Su contrato vencía en junio de este año pero las autoridades del Club Godoy Cruz ya le habían anunciado que no habría renovación. Y estaban muy verdes las posibilidades de un pase a otra institución. El Morro era un talentoso con la pelota, un repentista, pero también un desigual. No era riguroso en los entrenamientos ni cuidaba debidamente su dieta. Era sí, una marca registrada. Tal vez se confió demasiado en su ángel y en su patada sorprendente.

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Por la pandemia hacía casi un año que no veía a su hija, que estaba en Montevideo, su ciudad natal. Y aquí se había distanciado de su novia mendocina, una mujer policía a la que habría conocido separada de su marido, pero que hace un tiempo ella habría decidido volver a vivir con su esposo. Golpe tras golpe para el morocho de 30 años. Ni hija, ni novia, ni trabajo. Con futuro oscuro y escaso training para compartir sus cuitas. Era de lamer en soledad sus heridas.

El relumbrón

Desde 2016 fue "la" figura del Tomba, el goleador inolvidable, el pícaro, el mago, el amigo, pero también el rebelde, el jodido, el picudo. Humano, demasiado humano, como decía Nietzsche.

Hacer goles es como hacer el bien sin mirar a quien. El Morro lo debe haber intuido con fuerza. Cada gol es un amor que nace y a eso no hay ninguna buena razón que pueda alterarlo, salvo, ponele, el maldito VAR. Mi viejo me enseñó de chico que "goles son amores y no buenas razones". Que vendría ser una versión futbolera de "El corazón tiene razones que la razón desconoce".

Entre las cosas buenas que se llevó de Mendoza debe estar la convicción de que aquí se lo quería. Lo queríamos. De manera transversal. En todos los clubes de Mendoza el Morro despertaba simpatía. Ojo, también había gente que lo tenía entre cejas. Sobre todo en aquellos clubes donde no había rendido lo esperado.

Lo había marcado a fuego un suceso ocurrido cuando tenía 20 años: dio positivo en una prueba antidoping. Restos de cocaína. Nunca pudo superar ese tropezón. Hace algún tiempo había comenzado un tratamiento psiquiátrico y psicológico. No alcanzó.

La polémica

Por estas horas varios nombres de futbolistas famosos han lamentado el suicidio del Morro y han criticado a las dirigencias por tratar a los jugadores sólo como mercancía. Discutible. Como todo en la vida cuando hay una relación laboral. Los contratos también están para cumplirse.

Pero también está la madre del Morro, Claudia Correa, que se ha llevado a su hijo en un cajón y que acusa a José Mansur, presidente del Tomba, de no haberlo cuidado. "Estaba gordo porque estaba depresivo. Mansur no respetó el sufrimiento de mi hijo", dijo la mujer con esos especiales y portentosos razonamientos de madre.

Ocurre que hay futbolistas que, como muchos artistas, son grandes en los escenarios, pero a la par débiles en la templanza, en el nervio que sostiene el carácter. Toda esa carrocería de carne y huesos que portaba el Morro escondía quizás a un ser que usaba ese caparazón para no mostrar un alma más endeble.

Una de las acepciones de la palabra morro designa a una pequeña montaña o roca grande que sobresale de la llarura, como el "monte vide eu" con el que los conquistadores designaron a lo que luego sería la capital de Uruguay, ese país donde los negros tuvieron tan particular presencia. Asimismo, morro se suele usar para los que se van de boca, para el descarado, el caradura.

Déjenme evocar a este hombre con un verso de T. S. Eliot: "Y así se acaba el mundo. No con un estallido sino con un sollozo".