Durante varios años me acompañó en mi escritorio de Diario UNO, cuando funcionábamos en la Redacción de la calle Pedro Molina, una frase que Alexis de Tocqueville buriló en su libro La democracia en América, un texto clásico de la ciencia política.
Dice así: Quiero a la libertad de prensa más por consideración a los males que impide que a los bienes que realiza.
Ha sido un ex compañero de trabajo el que me ha recordado por estas horas aquella máxima que colgaba cerca de mi computadora y de la que yo esperaba poder recibir algún tipo de inspiración en mi tarea diaria. Y de cuyo magro resultado no puede culparse al bueno de Tocqueville.
Un franchute en USA
No estoy sugiriendo, ni mucho menos, que yo haya ahondado en la obra de este pensador francés al que su gobierno lo mandó en 1830 a los Estados Unidos de América a estudiar el régimen penitenciario y de resultas de lo cual nuestro personaje terminó fascinado por el entramado político de los norteamericanos.
Lo cuento simplemente porque esta anécdota de los males que puede impedir la libertad de prensa surgió a raíz de la investigación periodística de Diego Cabot en La Nación, con cuya publicación parece haberse evitado que el Estado nacional tenga que concretar el pago de sobreprecios bastardos en la compra de alimentos con los que se buscaba responder a la emergencia sanitaria, según lo ha ratificado el propio Presidente al confirmar la noticia.
Eso de que con la libertad de prensa se pueden evitar males fue escrito cerca de 1835. Hoy parece ser una enunciación de lo que es el periodismo de investigación.
De abajo hacia arriba
Una de las cosas que sorprendió a Tocqueville en EE.UU. fue que allí la movida democrática se expresó primero como algo nacido de las bases sociales y que luego se concretó en instituciones políticas, en una nueva forma de gobierno, en leyes.
A Tocqueville lo sorprendió la potencia de la sociedad civil, las ideas, la vida intelectual, las costumbres, al punto que predijo una pronta abolición de la esclavitud y una lucha que podía terminar en una guerra civil para aplacar las antinomias que se vivían.
Cabeza de Calvo
Volvamos a la Argentina. La primera cabeza en rodar en esto de los sobreprecios ha sido la de Guillermo Calvo, secretario de Articulación de la Política Social, un segunda línea del Ministerio de Desarrollo Social de la Nación que comanda el ministro Daniel Arroyo.
La explicación del ministro para justificar los sobreprecios pactados por su subalterno y “articulador de la Política Social” fue que los comerciantes que le vendían los alimentos en las compras directas autorizadas por la Ley de Emergencia Económica “se le plantaron” en los precios usurarios sin dar el brazo a torcer.
La renuncia del aludido Guillermo Calvo que autorizó los sobreprecios nos muestra a un funcionario peronista del conurbano bonaerense, con “problemáticos” antecedentes en su paso como político en los municipios de Lomas de Zamora y Almirante Brown.
Concierto y desconcierto
Con asuntos como éste de los sobreprecios lo que se ha logrado es aumentar la desconfianza y la sorpresa de la ciudadanía en un momento en que las cosas se estaban haciendo bastante bien para aplacar la tensión política y social por la pandemia.
Pero que de repente la propia administración nacional que conduce el país pareció complicarlas.
Basta repasar las inesperadas alabanzas oficiales a un dirigente gremial absolutamente desprestigiado como Hugo Moyano.
O el despiste al (des)organizar el cobro de asignaciones y jubilaciones a los mayores que no tienen tarjetas de débito.
O el “son miserables” dirigido a algunos empresarios pero que terminó salpicando a más de los que se creía.
Me dan mala espina los nombres pomposos en reparticiones públicas donde se mueve mucha plata para ayudar a los pobres. En esos ámbitos, a ciertos políticos poco rigurosos les encanta autodesignarse “articuladores”.




