El 28 de septiembre de 1966, hace casi 60 años, 18 jóvenes secuestraron un avión de Aerolíneas Argentinas que viajaba desde Buenos Aires hacia Río Gallegos y obligaron a sus pilotos a aterrizar en las Malvinas.
Ahora que las islas han vuelto al centro de la escena, repasar aquella aventura abre nuevas interpretaciones. Sobre todo porque, además, algunas fuentes indican que parte de esta historia de nubes, océano y sangre terminó salpicando a Mendoza.
Aterrizaje en Malvinas
El vuelo AR-648, un Douglas DC-4 de Aerolíneas Argentinas llamado "Teniente Benjamín Matienzo", despega de Aeroparque aquel 28 de septiembre, a las 0.34, con destino a Gallegos.
Todo parece normal en el aire de la noche. Pero entre los pasajeros hay 18 militantes que han asumido una misión secreta. Van armados y en sus bolsos han colado uniformes y armas de mayor tamaño. Están vinculados al peronismo nacionalista. Su edad promedio: alrededor de 24 años.
Entre los cabecillas del grupo están el periodista y militante metalúrgico Dardo Cabo (25), la dramaturga María Cristina Verrier (27) y un muy joven Alejandro Giovenco (21). Sobre este último y su posible relación con Mendoza se dirán algunas cosas al final de esta nota.
Más allá, sentados en otras butacas, también están -sin ser parte del complot- el gobernador de Tierra del Fuego, contraalmirante José María Guzmán, y Héctor Ricardo García, director del diario Crónica, a quien Dardo Cabo ha invitado prometiéndole "una gran primicia" pero sin revelarle el plan completo.
Avanzan las horas. A eso de las 6.05, el avión vuela sobre la costa de Santa Cruz y el sol ya se adivina en el horizonte del Atlántico. Los miembros del comando desenfundan las armas: Dardo Cabo y Alejandro Giovenco entran armados en la cabina y ordenan al comandante Ernesto Fernández García cambiar de dirección: “rumbo uno-cero-cinco”.
Eso es hacia Malvinas.
Un piloto intenta resistirse: alega que no tiene cartas de navegación para las islas y que puede faltar combustible para un viaje que se interna en la inmensidad del océano. Pero Cabo muestra un plano propio y ordena continuar.
Desde el avión se emite el siguiente mensaje de radio: “Comandos a bordo toman aeronave solicitando poner rumbo 105 Malvinas para aterrizaje”.
Los miembros del comando hacen abrir la tapa que comunica con la bodega delantera y obligan al comisario de a bordo a recuperar sus bolsos. Allí están los uniformes de fajina y el resto del armamento. Los pasajeros son controlados a punta de pistola, pero no hay disparos.
Andrés Castillo, uno de los integrantes, recordará décadas más tarde que antes de aterrizar le comunicaron al gobernador Guzmán que el avión estaba tomado y que pensaban poner las islas bajo su autoridad. Guzmán creyó que era una joda; después vio que no, que iba en serio. Su guardaespaldas sacó un arma, pero recibió un golpe y lo desarmaron.
Pero lo importante a esa hora es aterrizar. Malvinas no cuenta con un aeropuerto apto para aquel enorme DC-4, un cuatrimotor que pesa unos 24.000 kilos. Para colmo, las nubes impiden ver lo que hay abajo.
Entre vueltas y vueltas, el comandante consigue divisar, cerca de las nueve de la mañana, el hipódromo que usan los isleños. Apunta el avión hacia ese campo con pasto que se va volviendo nítido. Las ruedas tocan el suelo, giran varios centenares de metros y se entierran en la turba.
Se aterriza sin heridos. Primera meta cumplida.
Alguien abre la puerta del DC-4 y el fresco malvinero se cuela por el hueco. Los recién llegados bajan con las armas, izan las banderas argentinas y comienza la segunda etapa del operativo, mientras los primeros militares, policías y pobladores del lugar reaccionan.
Poco después, se entona el Himno Nacional.
Cercados
Los "cóndores" saben que van a contrarreloj. Despliegan siete banderas, difunden proclamas de soberanía y rebautizan simbólicamente Puerto Stanley como Puerto Rivero, en honor al gaucho que encabezó una sublevación en el siglo XIX. Se presentan como el Comando Cóndor y afirman que su objetivo es llamar la atención mundial sobre el reclamo argentino.
Según uno de los integrantes, Norberto Karaciewicz, aprovechan el poco tiempo que tienen para tomar como rehenes a un alto mando militar, "un capitán belga que había estado en Congo", al jefe de la Policía y a un intendente a cargo. El gobernador británico, Sir Cosmo Haskard, no está en Malvinas: se encuentra en Londres, en viaje oficial, donde mantiene conversaciones con el Foreign Office sobre la disputa de soberanía.
Con los argentinos rodeados, se inicia la negociación. Interviene incluso un sacerdote católico, el padre Rodolfo Roel, que les da misa y conversa con ellos. Igual la situación es espesa y sus cuerpos empiezan a sentir el peso de varios días sin dormir o durmiendo a medias.
Entre amenazas y estrés pasan unas 36 horas. Se dice rápido, pero en ese lapso hay que comer, ir al baño, descansar. El gobierno argentino, además, los considera unos forajidos.
Cercados, los "cóndores" deponen las armas sin que se produzcan víctimas. No admiten someterse a autoridades británicas, de modo que los llevan a una capilla y más tarde son trasladados a un buque argentino.
Al regresar al continente, quedan detenidos en Ushuaia y son procesados por la Justicia. La mayoría recupera la libertad nueve meses después, aunque Dardo Cabo, Alejandro Giovenco y Juan Carlos Rodríguez quedan presos más tiempo debido a sus antecedentes.
Con los años, sus trayectorias políticas se fueron separando. Giovenco se volvió un cuadro de la derecha, guardaespaldas de peces gordos.
Ya en dictadura, hubo "cóndores" -entre ellos Dardo Cabo, que se integró a Montoneros- que fueron asesinados, y otros fueron detenidos y torturados.
Posible conexión con Mendoza
Y parece que uno de los expedicionarios reapareció en el contorno de la vida universitaria mendocina.
Como se ha dicho, Giovenco -uno de los más "fierreros" del grupo- integró la derecha peronista y, según consigna el proyecto académico Diccionario del Peronismo 1955-1969, de la Universidad Nacional de San Martín, pasó por Mendoza como instructor de Concentración Nacional Universitaria (CNU).
¿Qué era la CNU? Una organización que persiguió y amedrentó a estudiantes en la UNCuyo y, fundamentalmente, en la UTN. No se había originado en Mendoza, sino en La Plata. De hecho, la filial mendocina se describe casi siempre como un brazo menor.
Pero lo cierto es que "El Chicato" no era un cuadro cualquiera. Era un hombre de armas, un pesado. Y la fuente académica no habla simplemente de un paso circunstancial por Mendoza: afirma que fue instructor de un grupo local. Además, Giovenco mantenía estrechos vínculos con la UOM y con sectores duros del sindicalismo peronista.
Se habló poco de Giovenco en estos pagos, es verdad. En cambio, sí hay personas que recuerdan muy bien haber sido apretadas por la CNU durante sus años universitarios en la provincia.
“Pese a que en los juicios de lesa humanidad de Mendoza han declarado, por ejemplo, exdirigentes estudiantiles que fueron amedrentados por la CNU y que dieron nombres de los integrantes de esa fuerza, lo curioso es que a estos referentes de la derecha -varios están vivos y en plena actividad- nunca se los llamó a testimoniar", observó una investigadora del CONICET consultada para este artículo.
Tal vez haya llegado el momento.
En pocas palabras
- Secuestro de avión: 18 jóvenes argentinos secuestraron un avión de Aerolíneas Argentinas en 1966 para aterrizarlo en Malvinas.
- Reclamo de soberanía: el grupo izó banderas argentinas y renombró simbólicamente Puerto Argentino.
- Conexión mendocina: se investiga la posible vinculación de uno de los "cóndores" con la derecha peronista en Mendoza.



