Consensos y diferencias

El Gran Mendoza deberá afrontar grandes alteraciones para no sucumbir al cambio climático

Especialistas conversaron con UNO y anticiparon que hay medidas que ya no pueden postergarse. La forestación inteligente, el apoyo a las bicicletas y la restricción vehicular están en agenda

Hay acuerdo mayoritario entre la comunidad científica respecto al cambio climático que está afectando al planeta y dentro de las proyecciones que se hacen para Mendoza se prevé un aumento sostenido de la temperatura, baja en las precipitaciones de nieve y un crecimiento de las lluvias torrenciales, con posibilidad de aluviones y sequías. Ya no queda tiempo: al borde de ese precipicio, la ciudad y sus alrededores tendrán que transformarse o sufrir las consecuencias.

Escrito así suena duro. Pero es la realidad. Hace unos días se estrenó en Netflix la película No Mires Arriba, en la que Leo DiCaprio y Jennifer Lawrence encarnan a dos científicos que descubren la existencia de un cometa con el 99% de posibilidades de destruir la vida en la Tierra. Pero aunque la opinión pública conoce la noticia, a los pocos días la gente se desinteresa y vuelve a una existencia jalonada por el meme semanal, la superficialidad risueña y la ironía boba.

La metáfora es clara: exactamente lo mismo está pasando con el cambio climático. Muchos -demasiados- se hacen los distraídos. Así que tal vez sea este el momento de imaginar en serio el futuro de la capital de la provincia y sus alrededores.

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En "No mires arriba", dos científicos explican a la sociedad que el mundo está a punto de sucumbir. Pero nadie los toma en serio.

Jungla de cemento

Los especialistas definen a algunas áreas urbanas como “islas de calor”, a causa de la temperatura que adquieren las construcciones de cemento y otros materiales. La dinámica es muy diferente a la que se da en zonas rurales, donde los espacios abiertos y la vegetación permiten que la pesadez se disipe.

Aquellos mendocinos que viven en lugares como San José (Guaymallén) o la Cuarta Sección (Ciudad) saben bien de qué se trata: en las noches de verano, el calor se acumula y no baja, generando madrugadas que durante enero y en febrero se vuelven difíciles de tolerar.

“Se analizó este fenómeno y se sabe que con noches por encima de los 25 grados el ser humano no descansa bien, sobre todo los niños y la gente mayor. Es decir que los primeros que van a sentir los efectos son los más vulnerables”, anticipa el coordinador de la Agencia de Cambio Climático de Mendoza, Sebastián Melchor.

Melchor, que tiene formación en Ciencias Políticas y Gestión Ambiental, deja traslucir que para Ciudad llegó el tiempo de los grandes debates. Nada garantiza que se consigan acuerdos. Pero en todo caso mucha opción no hay: las proyecciones indican que para 2080-2099, los veranos mendocinos serán entre 3 a 4 grados más calurosos, en tanto que los inviernos subirán 1 o 2 grados. Y eso en un escenario medianamente optimista.

Melchor asiente: “Quienes monitoreamos el fenómeno ya vemos alteraciones muy significativas en la provincia. Te pongo un ejemplo sencillo: hace 20 años, quienes llegaban al Parque Provincial Aconcagua no necesitaban heladera. Podían dejar los alimentos afuera y se conservaban. Ahora tienen que gastar en refrigeración porque eso se modificó y la comida se les pudre”.

¿Son los árboles la solución?

En parte sí, pero la pregunta no admite una respuesta sencilla. De nada sirve plantar especies exóticas que consuman cantidades ridículas de agua. “Vamos a tener que ir reemplazando una parte del arbolado que tenemos por otro que consuma menos riego -define el coordinador de la Agencia de Cambio Climático-. Sencillamente, hay especies no sustentables para nuestro ecosistema”.

Y aunque se planten más árboles, con eso no alcanza. “Tenemos que ser capaces de emitir menos gases usando más transporte público, aprendiendo a compartir los vehículos y cambiando nuestra forma de producir y consumir. El desafío más grande de esta generación será encontrar un punto de acuerdo con la naturaleza”, dice Melchor.

Subraya que en el origen de Mendoza ya latía esa intención de vincularse al paisaje de modo armónico. “Nosotros ya hemos logrado transformaciones: hicimos un oasis de un desierto. Ahora toca volverlo sustentable”, tira.

Y sigue: “Seguro que vendrán discusiones incómodas, pero no podemos seguir inmersos en las burbujas de gente que está toda de acuerdo, como vemos que ocurre según la lógica de las redes sociales. Hay que atreverse a disentir con toda la humildad posible”.

En ese aspecto, el funcionario tiene expectativas ante lo que pueda generarse desde el Consejo Social y Ambiental promovido por el gobernador Rodolfo Suarez. “Está bueno, porque no es sólo un espacio de discusión entre especialistas, sino que abre el juego para que se expresen sectores muy distintos entre sí”, opina.

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Los árboles de Mendoza están censados, pero algunas especies deberán ser reemplazadas.

Los árboles de Mendoza están censados, pero algunas especies deberán ser reemplazadas.

Mil kilos de metal para transportar a una sola persona

Cualquiera que se pare en una esquina del Gran Mendoza comprobará lo obvio: pasan personas conduciendo vehículos de 500 o 1000 kilos. Es decir que se mueve un peso absurdo para trasladar a uno o dos pasajeros. Por eso en Ciudad el 45% de las emisiones de gases de efecto invernadero son generados por el sector transporte, quedando por encima del sector Energía, que representa un 43%.

Y es que existe una “cultura del auto” muy arraigada. No sólo porque más de 150.000 personas ingresan diariamente al centro para trabajar, estudiar o hacer trámites -duplicando la cantidad de población residente-, sino porque tener vehículo propio es un asunto aspiracional, y hasta se diría que representa a una más que criticable "marca de pertenencia".

Sebastián Fermani es subsecretario de Ambiente y Desarrollo Sostenible del municipio capitalino: “Todavía tenemos una eficiencia de movilidad baja, necesitamos comprometer más a las personas”, diagnostica.

Más adelante, avisa que si bien ya hay acciones en ese sentido, los próximos años volverán indispensable seguir desarrollando la infraestructura para bicicletas y la intermovilidad; haciendo, por ejemplo, que todos los transportes públicos puedan combinarse o tengan espacio para ciclistas, o propiciando que la gente comparta el auto.

Fermani toca un tema sensible pero cada vez más difícil de evitar: “Sí, probablemente lleguemos a un momento en que tengamos que restringir la movilidad particular. La ciudadanía tiene que entender que a pesar de que estos fenómenos globales a veces nos hacen sentir insignificantes, es mucho lo que podemos hacer si cada uno aporta un granito para el beneficio colectivo”.

Lo dicho: a mediano plazo, es posible que el centro ya no permita la circulación de coches individuales.

Transición energética y consumo

Sigue Fermani: “Yo te diría que esto del transporte se enmarca en un proceso más amplio que vamos a tener que hacer, que es la transición energética. Otro eje fundamental es el consumo".

En otras latitudes, ya se habla seriamente de la huella de carbono que deja la producción de cualquier bien. Una hortaliza que llega al Gran Mendoza desde el área productiva de Guaymallén -Corralitos, La Primavera-, ha hecho mucho menos daño al planeta que el mismo producto traído desde otra provincia u otro país.

“Si vos consumís un tomate que se hizo acá en Mendoza, el transporte en camiones que eso implicó es menor, mientras que si vos comprás algo que viene de la otra punta del mundo, las consecuencias climáticas son mucho mayores”, ejemplifica Sebastián.

No son ideas descabelladas. Países menos desarrollados que Argentina, como Ruanda, han tomado decisiones drásticas que afectan lo cotidiano. En ese país africano se prohibieron completamente las bolsas de nailon en comercios y supermercados: se hacen todas de papel biodegradable. E incluso -por lo menos hasta hace muy poco- se revisan las mochilas de los extranjeros, para que el plástico no ingrese al territorio nacional.

“En Capital ya emitimos ordenanzas para prohibir las bolsas no biodegradables -acota Fermani-. La diferencia es enorme, porque una bolsa de nylon normal tarda 300 años en deshacerse, mientras que las más nuevas tardan sólo 30 días. Nos falta llegar mejor a los pequeños comercios”.

Otras perspectivas

Desde ciertos sectores ambientalistas se suele recalcar que no alcanza con las políticas públicas. “Las propuestas -enfatizan sus referentes- tienen que venir desde abajo”. Esos grupos, en general, son escépticos respecto a las posibilidades de frenar el cambio climático dentro de las reglas del capitalismo tal como se lo conoce hoy.

Hasta no hace mucho, había quien rotulaba esta era como el “antropoceno”, es decir, el tiempo en que las alteraciones en los ecosistemas de la Tierra están fuertemente influidos por los seres humanos. Más recientemente, desde esta zona del abanico ideológico se habla de “capitaloceno”, enfatizando que el efecto de los hombres y mujeres sobre el cambio climático está mediado por vínculos políticos e intereses económicos.

Desde esa perspectiva, no podría pensarse la Mendoza del futuro sin reordenar la vida en común. Surgen entonces grandes interrogantes: ¿alcanzará con las medidas que tomen los municipios del Gran Mendoza, o harán falta modificaciones de fondo en la sociedad local? ¿Se concretarán herramientas institucionales para resolver las diferencias de manera pacífica? La respuesta se verá en los años venideros.

Por ahora, como escribió alguna vez el crítico literario Fredric Jameson y repitió el filósofo esloveno Slavoj Zizek, para la mayoría es más fácil imaginar el Apocalipsis que un replanteo de fondo en los vínculos humanos.

El futuro

En enero de 2020, la Ciudad de Mendoza fue el primer municipio del país en declarar la emergencia climática. Luego vino la pandemia, pero el tema sigue en agenda.

Hace pocos días el Concejo Deliberante de Capital actualizó el Procedimiento de Evaluación de Impacto Ambiental Municipal (PEIAM), que se aplicará “para todos aquellos proyectos de obras y/o actividades, tanto públicos como privados, que degraden o sean susceptibles de degradar la calidad de vida de sus habitantes y del ambiente que los rodea”.

Lo que se haga en la ciudad tendrá que pasar por ese proceso. La ordenanza tiene un apartado especial vinculado al cambio climático y cuenta entre sus objetivos “analizar la factibilidad ambiental y conveniencia de la realización de proyectos o actividades a desarrollar en el ejido municipal, compatibilizándolas con los estándares ambientales propuestos”.

Hacía décadas que no se alteraban esas reglas. Para algunos es una modificación chiquita. Para otros, un gran logro. Esa diferencia de percepciones es una de las constantes en relación a los problemas ambientales. Son globales y locales; colectivos y personales. Todo a la vez. Y son la oportunidad para descubrir que una gran metrópoli, más que la suma de sus individuos, es una constelación de relaciones.

Ahora sí el lector puede ir a comer el asado que se estaba preparando.

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