Algunos sociólogos con chapa de avispados insisten en asegurarnos que el mundo está descifrando un nuevo tipo de sociedad. Una sociedad muy distinta a la del Siglo XX.
Y nos dan una pista: ahora -aseguran- la realidad es cada vez más virtual. Muy diferente a lo que pasaba hace cincuenta años donde todo era mucho más físico, con un contacto más "natural" entre las personas.
Esa virtualidad no parece haber estado presente en el crimen de Villa Gesell, suceso que ha venido a recordarnos que algunas negruras de la condición humana insisten en ser mucho más poderosas y constantes que algunos bytes y algoritmos.
Villa Noir
Salvajadas como la ocurrida en la puerta del boliche Le Brique, en el centro de Gesell, donde diez rugbiers de la ciudad de Zárate mataron a trompadas y patadas a Fernando Báez Sosa, de 19 años, hijo del portero de un edificio porteño, parece retrotraernos a la elementalidad más pasmosa.
Varios de los ahora detenidos por este asesinato que ha marcado a fuego el pegajoso enero argentino de 2020 son de muy buena posición económica. Hay, por ejemplo, hijos de empresarios y de políticos zonales.
Es decir que son hombres jóvenes que, se supone, han tenido posibilidades de educación, de recreación, de planificar un futuro. ¿Por qué se autodestruyeron y arruinaron sus vidas?
Entre otras cosas, porque las bravuconadas y las agresiones físicas, no tienen hoy reprobación social.
Basta ver cómo las reiteradas peleas de chicas y muchachos en las puertas de las escuelas secundarias son fervorosamente alentadas incluso por sus propios compañeros.
Compañeros que aprovechan la violencia física para filmarla con sus celulares y subirla a las redes sin el menor empacho o respeto por sus iguales.
La peor cobardía
¿Cómo hablar de virtualidad o de adelantos tecnológicos, cuando un ser humano o, lo que es peor, un grupo de ellos, no dudan en moler a patadas en la cabeza a un supuesto contendiente que está tirado en el piso desmayado por los golpes recibidos con anterioridad?
¿Por qué no hubo dos o tres de esos diez agresores que pusieran cordura en ese entrevero criminal, que exigieran a sus amigos detener el asesinato?
Hasta hace algún tiempo los grupos sociales (desde los chicos de la secundaria hasta los rugbiers, para insistir con el ejemplo) solían generar redes de contención para cuidarse, redes que ponían en práctica cuando alguien del grupo estaba en peligro o saltaba los límites socialmente tolerables.
Las cosas por su nombre
El misterioso azar ha elegido ser enfático en Villa Gesell. El local en cuyo acceso se desarrollaron los hechos se llama Le Brique, que en francés no es otra cosa que "el ladrillo".
¿No es acaso un fenomenal ladrillazo el que hemos recibido los argentinos al conocer los pormenores del crimen? ¿No es una regresión a Caín y Abel, a esas zonas tenebrosas en las que no había inteligencia artificial?
Tuvo que morir Abel de un piedrazo en la frente para que la humanidad empezara lentamente a naturalizar los límites. ¿Vamos a seguir matando Fernandos para recuperar la civilización?




