Algún previsor debería estar pensando qué hacer con los dos grandes desfiles de la Fiesta de la Vendimia para cuando ya no hayan reinas. ¿Qué van a mostrar entonces la Vía Blanca y el Carrusel?

Es más: deberían pensarse cambios para ya mismo. Haya reinas o no. Esos dos desfiles deben ser replanteados para poder estar a la altura de lo que significa ser parte del festejo principal de una de las grandes capitales del vino.

No se trata de imaginar necesariamente cosas aparatosas ni de costos exhorbitantes. Se trata de creatividad y de tener una actualizada concepción de lo que debe ser un desfile popular. Esto es, una sabia mezcla de modernidad y de tradición.

Aquí hay que preguntarnos si no estaremos recostándonos demasiado en el costado tradicionalista, que no pocas veces es más de cotillón que algo genuino. Un desfile popular es, sobre todo, un ritual. Pero un rito que, paradojicamente, no debe perder su contenido de algo extraordinario, sorprendente.

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Un desfile popular es como un "pasar revista" (en este caso a la provincia) para celebrar un año de trabajo. Entonces debe adecuarse a ciertas reglas para hacerlo más entretenido. Debe ser cronometrado. Preciso. Ni corto ni largo. Se debe llevar al público a la continua expectativa de ¿qué vendrá ahora? y no a la queja de ¿cuándo se terminará esto?

Revisen, muchachos

El actual criterio general de la Vía Blanca y el Carrusel, complementarios del Acto Central, se ha tornado difuso, emparchado, adocenado, aldeano. Si hasta incluye como algo "oficial" una protesta de gremios estatales o de ambientalistas al inicio del Carrusel.

Hace unos años, un periodista que llegaba a la Redacción de Diario UNO tras cubrir un Carrusel me dijo -con la acidez que genera esta profesión- que "lo más entretenido y distinto fue el paso de los manifestantes".

En otra  ocasión, otro colega que criticaba la muy excesiva cantidad de caballos con la que en esa edición habían cansado a los espectadores, acotó en su crónica que "sólo faltó que desfilaran los caballitos de Marly".

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Tanto en el Carrusel como en la Vía Blanca sobrevuela muchas veces un espíritu de estudiantina o de enramada. No está mal ese espíritu festivo, pero aquí estamos hablando de algo que debe ser muy profesional. Ambos eventos se transmiten completos por televisión, y esos aspectos de amateur se notan demasiado. 

Ocurre habitualmente que al no haber entre la organización provincial y los municipios un hilo conceptual para la elaboración de los carros departamentales, termina notándose mucho la diferencia de posibilidades (o de empeño) entre uno y otro. 

Mal que nos pese, estas cosas hay que decirlas con todas las letras.Y lanzarlas a la mesa de discusión. Con reinas o sin reinas, la Fiesta de la Vendimia merece una revisión. Y no sólo el Acto Central. Ha llegado la hora de admitir que la Vía Blanca y el Carrusel  tienen que poner las barbas en remojo.

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