Los buenos gestos políticos son Gardel. Por lo general logran un impacto mucho mayor que el cotorreo o el declaracionismo. Por ejemplo: aún se habla y se hablará por mucho tiempo de la buena transición presidencial que concretaron Mauricio Macri y Alberto Fernández.
También se continúa merituando ese abrazo que se dieron los dos presidentes de diferentes signos políticos en el traspaso de mando. Ese hecho nos convirtió simbólicamente y por un rato en, digamos, Uruguay. Eso fue civilización. Eso fue un poquito menos de barbarie en la Argentina.
Es como cuando uno decide dejar de pisar con el auto la línea blanca previa a la senda peatonal. ¿No es acaso de pelotudos creer que somos rebeldes si ignoramos dicha línea y nos paramos sobre ella? ¿No es de imbéciles apretar el acelerador a mil cuando el semáforo nos da amarillo?
Cerrar la boca
Por estas horas se venía mencionando el sanitario silencio que parecía haberse impuesto el ex presidente Macri en los primeros 10 días fuera de la Casa Rosada. Ojalá le dure, pedían muchos. Es que saber callarse, darse cuenta de los nuevos tiempos, dar lugar al otro que fue elegido por el voto popular, es respetar la democracia y a sí mismo.
Sin embargo Macri no pudo con tanto. Y ayer cuestionó a Cornejo como jefe de los radicales por haber dado el quórum a la sesión que permitió que asumieran los nuevos legisladores nacionales del oficialismo.
Se trata de aquellos que subieron un escalón cuando otros colegas, que ya habían jurado a fines de noviembre, se transformaron en funcionarios del Poder Ejecutivos convocados por Alberto Fernández. Esto le permitió al Gobierno asegurarse la cantidad de legisladores necesarios para debatir la megaley sobre la emergencia económica.
Hay quienes entienden -incluso dentro de Cambiemos- que aún no era el momento para que Macri se embarcara en la pelea por las medidas económicas de Alberto. Temen que el efecto sobre Macri sea el contrario al buscado.
Lo más probable -aseveran- es que lo de Macri se lea como "alguien que está poniendo palos en la rueda", reiterado latiguillo con el que el expresidente macrista solía referirse al peronismo cuando éste hacía lo mismo con proyectos de ley enviados por Cambiemos.
Saber irse
Cada presidente que culmina su labor, sobre todo si dicho final es por decisión de los votantes, requiere de un tiempo (que en algunos casos es muy largo) para sacarse el poder de encima. El poder ubica al que tiene funciones importantes en un mundillo diferente al real. Y volver a caer en la vida común puede ser tremendo.
Es muy difícil que Macri termine de aceptar que perfilarse como referente de la oposición no es tarea para él en estos momentos.
¿Ya habrá tiempo?¿Ahora tienen que actuar los otros referentes con letra propia dentro de la coalición Juntos por el Cambio? Preguntas como esas no convencen a Macri.
Cuando tras la derrota de octubre Alfredo Cornejo le pedía a Macri que al concluir su mandato se guardara por un tiempo para darle lugar a los otros referentes macristas, radicales y carriotistas a cumplir su papel opositor desde una mesa horizontal, sin un jefe excluyente, Macri y su lugarteniente Marcos Peña ardían de bronca.
Cuando el desterrado Perón se aisló en España y la información llegaba a cuentagotas, su poder empezó a crecer en las nuevas generaciones que necesitaban entender el fenómeno peronista.
La política como el amor, necesitan de ciertos misterios y silencios.




