Un tiempo hubo en que a las 22 se apagaban las luces y arrancaba la Fiesta. El efecto era notable. Desde la oscuridad brotaban, sin más, los esperados artificios. La misa se instalaba en el anfiteatro sin necesidad de locutores que dieran la bienvenida en idiomas que no manejan, ni de presentaciones de las candidatas a Reina en medio de un menjunje repugnante de adjetivos.
Este año, las luces se apagaron 10 minutos antes de la hora señalada. Era, dijeron, para probar una especie de novedad: un video en el que los principales responsables de la Fiesta se presentaban ante el público y decían cosas como que la Vendimia era un "hecho sagrado". Después se supo que era una treta -no de los artistas, claro- para que el gobernador Rodolfo Suarez pudiera entrar sin ser chiflado por los militantes del agua.
Casi media hora después, cuando arrancó finalmente Sinfonía azul para el vino nuevo, escrita y dirigida por Golondrina Ruiz, el espectador ya había tenido que ver desprolijidades, como la de asistentes que iban y venían dándoles indicaciones y pasándole papeles de última hora a los locutores.
O la de de haber padecido los discursos de la Reina y la Virreina salientes en las que éstas simularon estar empoderadas y dijeron cosas como que "somos reinas para siempre" o de machacar con que "el agua no se negocia". Parecía un acto de escuela primaria de San Carlos, pero puesto en un show carísimo que se jacta de ser un espectáculo internacional.
Intenciones y tentaciones
Todo esto predispuso mal. Pero uno, que quiere ser profesional, toma aire, se sacude los prejuicios y mira toda la Sinfonía Azul con intenciones de no armar bardo porque reconoce que buena parte de los hacedores de la Fiesta ponen la mejor intención. Si, ya sé, de esos propósitos suele estar empedrado el camino al infierno.
La historia del director de orquesta que busca con desesperación "la nota azul" para su sinfonía vendimial no parecía un mal comienzo. Tampoco el que se utilizara un andamiaje teatral para desarrollar la historia y no sólo el glosa-baile, glosa-baile de todos los años.
También pintaba bien la orquesta en vivo que, dirigida por el talentoso Juan Pablo Moltisanti, prometía música creada especialmente para esta obra. Todo ello para dar carnadura a la historia del loco compositor que busca esa nota azul que le otorgue una emoción inolvidable a su sinfonía vendimial.
Después de un comienzo raro, sin demasiado shock visual, comprobamos lo difícil que es hacer un planteo teatral en un escenario monumental como el del Romero Day. Nuestro anfiteatro da para el despliegue de un musical o para algo más operístico. Pero el teatro es algo mucho más íntimo.
Anibal Villa, el actor que interpretó al director de orquesta, logró sacar a flote el desafío y aunque no brilló se empeñó en insuflarle credibilidad. En esto de plantear la estética de un musical se notó la mano de Claudio Martínez, director adjunto de puesta en escena, algo que Golondrina Ruiz no hubiera podido hacer en soledad.
Hacer verano
La mano de Golondrina sí se notó cuando, a poco de andar, nos enzoquetó como del rayo una versión del Triunfo Agrario, de Alfredo Zitarrosa, uno de los himnos de la izquierda en los años ´70. Ese cuyo estribillo dice: "Hay que dar vuelto el viento como la taba, el que no cambia todo no cambia nada".
Ese concepto revolucionario del cantante uruguayo, hoy pasado de moda porque sabemos que se puede evolucionar sin necesidad de reventar todo lo anterior, no estuvo ni de lejos presente en la concepción general de Sinfonía azul. El director estuvo muy lejos de su promesa de hacer algo distinto.
Cuando apeló a la figuras de Las Memorias, esas 7 mujeres que le ayudan al personaje central a encontrar "la nota azul", la resolución fue con un remedo de ciertas hadas del emporio Disney y no del paisaje interior al que deberíamos remitirnos -como dicen estas mujeres- todos los mortales para hallar también nuestra nota distintiva.
Al promediar el espectáculo ya habíamos caído en la cuenta que Zitarrosa y Disney no nos iban a llevar a buen puerto conceptual. ¿Que habrán dicho las feministas ante este verso de Zitarrosa que se escuchó sobre el escenario: "Si la tierra es hembra, la tierra es mía".
A esta altura hacíamos esfuerzos por rescatar lo bueno del show, pero de inmediato Golondrina nos llevaba para el lado de la cháchara y del teatro de maqueta. O nos mezclaba la zamba del riego con acróbatas aéreos.
Seamos sinceros
Por Dios, ¿están obligados por contrato a tener que incluir de prepo a la Virgen de la Carrodilla? No hace falta, artistas mendocinos. Y si los obligan pongan el grito en el cielo. La Virgen aludida no es el sinónimo excluyente de la fe. Se puede ir a la fe también por el camino de la razón.
Hagan como la frase de San Martín con la que se sintetiza la inclusión de nuestro héroe mayor en el show: "Seamos libres que lo demás no importa".
La música en vivo, que prometía ser el aspecto saliente, no terminó de explotar, quizás porque tuvo que ceñirse a la mescolanza por la que optó el director general y guionista, aunque tuvo por momentos raptos emotivos que hicieron recordar al musical Los Miserables.
Uno de los puntos más flojos estuvo en eso de amontonar tanta gente al cuete sobre el escenario. En la mayoría de los casos no hay ninguna necesidad dramática ni conceptual.
¿Para qué más de 1.000 personas sobre el escenario cuando en las mejores vendimias, las de los años 60 y 70 se arreglaban con 300 o 400 y salía muy bien. ¿Para que corran de un lado para el otro y encima no haya mayor coordinación entre ellos?
Uno de los mejores cuadros fue el del tango donde su utilizó a muy pocos artistas y sin embargo el ambiente "se llenó" con coordinación y virtuosismo.
La frutilla
Dejo para el final lo que yo entiendo que es una de las grandes defecciones de la Fiesta de la Vendimia. La de capitular y dejar el escenario a merced de los artistas tras los acordes del último baile.
Me refiero a eso que se ve en el Romero Day cuando los mil artistas se quedan en escena aplaudiéndose entre ellos, abrazándose y besándose, o juntándose en grupos y saltando todos a la vez, como si hubiesen sido partícipes de una estudiantina, y no de un espectáculo de profesionales.
El final de un espectáculo tiene en el mundo entero -salvo, parece, en la Vendimia- sus propias reglas. Convenciones que, entre otras cosas, están previstas para que el espectador premie a los artistas por su desempeño y que estos desaparezcan para que quede flotando en el aire algo de la magia que se produjo entre el público y los artistas durante la representación.
La salida de los artistas del escenario debe ser algo cronometrado, milimétrico. Y el público se tiene que quedar siempre con ganas de ver más.
El colmo fue el inesperado proselitismo que protagonizaron cuando desplegaron una inmensa pancarta en contra del fracking en Mendoza, mezclando los tantos y demostrando una sonora falta de profesionalismo.
Es evidente que fue una noche donde no sólo el director de orquesta tuvo problemas para dar con su nota azul.




