El nuevo chiche cotidiano de la política argentina es ver qué opinó Alberto Fernández y comprobar cómo comienzan a impactar esos dichos en los mercados y en la vida cotidiana, es decir, en el dólar. Eso nos lleva a ponernos ansiosos y a esperar como locos lo que dirá mañana.
No sé si ha visto, estimado lector/a, que hay varios Alberto Fernández, de los cuales dos sobresalen.
Uno de ellos, diríamos el "Alberto A" , es el que se levanta temprano en su piso de Puerto Madero y se dice a sí mismo: hoy voy a hacer de moderado, como si fuera un político de Dinamarca o de Islandia. Hoy voy a jurar que respetaré los mercados, que no cerraré la economía y hasta me permitiré criticar el autoritarismo de Nicolás Maduro en Venezuela.
Este Alberto se destacó en la primera fase de la candidatura cuando había que convencer a la clase media de que Cristina no venía ahora "por todo" ni a obligarnos a perdonar a los terroristas que atacaron la AMIA.
Tras ser designado candidato presidencial por el dedo de Cristina, el "Alberto A" nos machacaba que era él y sólo él quien iba a tomar las decisiones cuando fuese presidente. Y que Cristina iba a ser una ubicua vicepresidenta que no iba a bajarle línea ni azuzarlo a diario con La Cámpora.
El otro, el mismo
Sin embargo está el otro Fernández, el "Alberto B", ese que patea el tablero, tira fuego por la boca, caga a pedos a Dylan, y anuncia explosiones sociales a raudales al mismo tiempo que acusa al FMI de querer adelantar las elecciones y de prender fuego la Argentina.
Este último es como un Rambo con el cuchillo entre los dientes, pero en versión panzón y petiso.
Este Fernández es el que sorprendió con su espectacular triunfo en las PASO nacionales donde con un 47% de los votos emitidos puso a medio mundo con el traste mirando al norte, en especial al presidente Macri y a sus "cerebros" Marcos Peña y jaime Durán Barba.
Fue dar esa paliza electoral el 11 de agosto y que alguien, no sé quién, le dijera u ordenara "bueno che, aflojá con la la elegancia verbal, ahora vamos por casi todo". Ya era demasiado pie de plomo en el andar.
Lengua y habla
Cualquiera que se tome el trabajo de bucear en internet en busca de algunas de las contradicciones políticas generadas por la lengua encendida de Alberto Fernández, se llevará la sorpresa de que una catarata de documentación le ratificará la habilidad de este político para decir y desdecir.
Pocos políticos en la Argentina han hablado tan mal ( descarnadamente mal) de Cristina Kirchner como nuestro Alberto. Desde que en 2008 se fue de la primera presidencia de Cristina dando un portazo que sonó a "conmigo no", el ex jefe de Gabinete del matrimonio K se dedicó a diseccionarla con saña y mucho conocimiento.
Con Néstor, Alberto había sacado chapa de imprescindible.
A éste Fernández del batacazo lo pone particularmente mal que le tiren los archivos por la cabeza. "Ya basta, me aburren", lanza con ese tono de compadrito pituco y de docto que no se achica en ninguna parada.
Ser y parecer
Es una lástima que se desboque. Venía bien ese Alberto que parecía querer reencaminar al peronismo por sendas menos escabrosas que las del cristinismo extremo. Sonaba bien cuando criticaba todas las formas de corrupción y hablaba de institucionalizar y de hacer más republicano al peronismo según los nuevos dictados del mundo, sin olvidar la pátina social de ese partido.
Sonaba bien cuando hablaba de defender a rajatabla la libertad de prensa como un valor esencial del sistema democrático.
En una entrevista con el diario Página/12 (afín al kirchnerismo) se autodefinió así: "Soy el mismo Alberto Fernández que elogiaban cuando la cuestionaba a Cristina y que ahora que me acerco a Ella me han convertido en un demonio. Pero no es mi problema. Es un problema que deben resolver con un psicólogo”.
¡A sacar turno, argentinos!