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Antes no mentíamos que nos secuestraban ni nos matábamos al volante. ¿Será que falta diálogo familiar?.

Tiempos pasados fueron mejores

Por UNO

Por José Luis Verdericoverderico.joseluis@diariouno.net.ar

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Me animo a decir que todo tiempo pasado fue mejor, al menos en algunas cuestiones directamente ligadas a nuestros jóvenes y que, lamentablemente, terminan siendo noticias de tapa en los diarios por estas horas.

Mejores eran esos tiempos de estudiantes en los cuales nos hacíamos “la rata” o “la sincola” en la Escuela de Comercio Martín Zapata para encontrarnos con algún amor o para ver pasar la vida desde alguna mesa de café o de billar mientras gambeteábamos alguna prueba o lección.

Eran mejores porque nos hacíamos cargo y pagábamos las consecuencias en caso de ser descubiertos por nuestros mayores. Eran mejores que ahora, cuando parece estar de moda inventar/fingir haber sido víctimas de un secuestro con todo lo que eso significa: el miedo de familiares y amigos, poner en marcha el andamiaje policial y judicial para tomar la denuncia y luego investigar algo que jamás sucedió.

Decirlo así me sale “de una” después de haberme enterado de que una adolescente de 15 años, alumna de un colegio de la UNCuyo, mintió que el martes había sido raptada por tres hombres en las inmediaciones de la institución educativa. Primero hubo miedo y preocupación; después, denuncia y investigación, y finalmente confesión y vergüenza.

No ha sido la primera vez y tampoco será la última en que una adolescente mentirá acerca de su paradero, pero me parece que por la salud de toda la población quienes vayan a engañar vayan buscando argumentos menos cinematográficos, menos terribles, menos dañinos.

Los festejos en la época de la primavera también eran mejores y aunque suene algo cursi me golpeo el pecho diciendo que a los jóvenes de antaño nos alcanzaba con un amor de primavera y buen menú (sánguches de milanesa, pizzas, etcétera), gaseosas, una que otra cervecita y los infaltables mate, cartas para el truco y pelota para el fulbito en espacios verdes, como el parque Gral. San Martín o la avenida de Acceso Este.

Me golpeo el pecho, insisto con esta figura, y digo que a los jóvenes de antaño no nos hacía falta andar comprando, ni acopiando ni trasladando cargamentos de las más variadas bebidas alcohólicas para divertirnos (si es que acaso la excesiva ingesta de fernet, cerveza, vino, tequila, ron y otras espirituosas provoca diversión).

Mejor era regresar a casa después del picnic para irnos al centro a ver los carros de los colegios y terminar el Día del Estudiante en alguna fiesta de colegio secundario o, ya al filo de los 18, en algún boliche donde hicieran la vista gorda para dejarnos entrar sin pedirnos el DNI que acreditara la tan ansiada mayoría de edad.

Aquello era mejor que emborracharse en un boliche primero y después conducir el auto con todos los amigos en los demás asientos, y lo digo a la luz de la gran cantidad de muertes en las calles ocasionadas por conductores borrachos hasta la coronilla.

Hoy, cuando nos encontramos con escolares que mienten que fueron secuestradas, cuando nos enteramos de que algunos chicos alquilan casas en la montaña o en El Carrizal para después enterrar cargamentos de bebidas etílicas que tomarán a destajo y cuando nos llegan noticias de muertes al volante por exceso de alcohol y de velocidad, termino pensando que esos tiempos pasados fueron mejores.

Fueron mejores porque no mentíamos que nos raptaban, porque no nos embriagábamos hasta caer duros en la calle y porque no nos matábamos al volante y tampoco destrozábamos vidas ajenas.

Este presente, cargado de toda esta problemática que avanza sin mostrar solución a la vista, nos exige, a los mayores todos, ponernos en sintonía con esos jóvenes.

¿Será el diálogo firme, sincero y honesto en cada casa, en cada almuerzo o cada cena el punto de partida?