Un sábado a la mañana, en un extremo de la Costanera de Paraná, al final de la Bajada de los Vascos y sobre los primeros metros de calle Estrada, hay gente que sale a correr, a caminar, a pasear al perro, chicos que van al club. Se los nota más distendidos que los narcos, que llevan, traen y venden droga, ansiosos y agazapados. Como parte del paisaje, el narcotráfico se instaló hace varios años en Puerto Viejo, el histórico barrio donde nació Paraná. Hay muchos vecinos que están hartos: no solo de presenciar el desarrollo del negocio ilícito con impunidad, sino además de sufrir ataques para abandonar sus viviendas.
La droga puede llegar por la costa o ingresar por lo alto de las barrancas del Parque Nuevo, para entrar por los pasajes internos y distribuirse en distintas viviendas. Una parte quedará en los numerosos kioscos que expenden a los consumidores las 24 horas; otra saldrá en fracciones con distintos destinos en la ciudad. En el lugar que llegó a ser puerto de ultramar, polo fabril y comercial en el siglo XIX, la actividad más rentable hoy tiene más que ver con este siglo XXI. Pescadores, changarines, trabajadores del Estado, de las areneras, albañiles, almaceneros y laburantes en general, observan la prosperidad de los que se dedican a otra cosa sin demasiado esfuerzo. A la vista de todos y a la vista gorda de algunas autoridades.
Encima, no se conforman con lo que tienen y se ceban de impunidad y poder. Ante la falta de respuesta a los reclamos de vecinos por los atropellos sufridos en los últimos años, las víctimas acudieron a UNO, con identidad bajo reserva por razones tan obvias como el miedo. Como un hombre que dice sentirse derrotado, y otro que cuenta cómo resistió el embate de soldaditos para abandonar su vivienda.
Algunos han padecido las represalias por no aceptar vender drogas: "Vas a tener que empezar a vender merca", le dijeron a uno, sin rodeos. Ante la negativa, siguieron con actos vandálicos y amenazas. Cuando fue a Tribunales a expresar lo que sucedía, recibió el descrédito ("¿Vos estás seguro de lo que estás diciendo?" o "Hacé una marcha"). Cuando llamó al 911, el policía del patrullero que llegó al lugar le dijo que no había que hacer nada ("No te podés meter con ellos").
Puerto Viejo ya no es un lugar donde le roban a cualquier desprevenido que vaya caminando. Los que se dedican al comercio de drogas prefieren la tranquilidad sin el reclamo de vecinos por presencia policial. Parece existir un acuerdo tácito de vender sin escándalos. Los pibes que antes estaban en una esquina esperando el momento para un arrebato, ahora están para ser "balines" de los narcos. A cualquier hora del día, en las orillas del arroyo Antoñico, se pueden ver las transas y los clientes que llegan al barrio en todo tipo de vehículos.
"Es un ambiente malo, los chicos no tienen protección", lamentó un antiguo vecino del barrio. Hace décadas, la maldad de algunos era andar con una gomera, cazando palomas en el Parque Urquiza, que estaba prohibido, tirarle un toscazo a un colectivo o gritarle apodos a un viejo que se enojaba. La droga cambió todo y el hombre consultado señala con nombre y apellido a los narcos, porque a casi todos los vio crecer, así como a los que se agregaron luego. "Corrompieron a los gurises", afirma.
Algunas de las casas que tienen más de un siglo y conforman el patrimonio histórico y cultural de la zona están ocupadas por quienes regentean la venta de droga. Hay quienes mantienen la fachada colonial, totalmente deteriorada, pero renovaron y construyeron hacia adentro y al fondo.
Sobre calle Anacleto Medina se señalan al menos cuatro domicilios donde se consigue marihuana y cocaína a cualquier hora, y doblando por Manuel Navarro un par más. En avenida Estrada hay una importante propiedad de un narco conocido, ya condenado pero no retirado, y hacia el lado del río hay otros más, que venden al público o que saben cumplir las tareas que demanda el negocio.
Los nombres de los personajes que la gente ha observado manejar la droga son ya un clásico del narcotráfico en Paraná: de Daniel Tavi Celis a Cristian Larrosa, de Cabeza de Fierro al Negro S., y cuándo no los Motta, quienes tienen condenas en su haber.
Celis, hasta caer detenido el año pasado, supo prepotear a vecinos que le molestaban en el despliegue de su negocio en el barrio. Incluso dicen que hasta puso una verdulería de pantalla para tener un enclave en la zona.
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