Por Gabriela [email protected]
Este es uno de los tantos datos que el comisario (r) David Gil, reveló del caso ocurrido en 1994 en Chapanay, cuando Julio César Giménez degolló a sus cuatro hijos de entre 2 y 7 años. El policía fue el primero en entrar a la casa del hecho.
"La nena de 6 años se arrastró hasta su cuna y murió abrazada a su osito"
Pasaron 19 años, pero para David Rómulo Gil, comisario retirado, el tiempo no pasó. Nuevamente trajo a su memoria un hecho que, según dice, marcó su carrera policial. Su vida tuvo un antes y un después de aquella mañana del 22 de agosto de 1994, cuando en ese entonces era oficial inspector de la Comisaría 28ª de Palmira.
“Ese día me informaron desde el destacamento de Chapanay que había una novedad y que necesitaban apoyo, porque un hombre había quebrado el antebrazo de su esposa a martillazos y había amenazado con matar al hijo de ambos”, recuerda.
“Al llegar al destacamento la mujer estaba en shock y sólo atinó a decir que su esposo, Julio Giménez, la había golpeado al confesarle que no quería saber nada más con él y que temía por lo que podía pasar”. rememora. “En ese momento pensé que se trataba sólo de un niño. Me dirigí a la casa y al llamar nadie respondió, era un silencio absoluto y pedí a un vecino que fuera mi testigo ocular, porque iba a realizar un alla-en el viejo Código Procesal Penal. Rompí la puerta a patadas y me encontré con la peor escena de mi vida. Giménez estaba en el piso bañado en sangre y en sus brazos su hijo de dos años degollado”, cuenta como si todo hubiera sucedido ayer. “El hombre aún tenía signos vitales, porque luego de matar a sus cuatro hijos intentó suicidarse, pero no pudo”.
Su relato es escalofriante, mientras recuerda cada detalle de ese hecho, inclusive hasta su voz parece quebrarse.
“Un vecino que fue testigo me dijo: en la casa hay tres chicos más. Entonces me corrió un frío por todo el cuerpo y empecé a buscar. Y allí estaban Mariana (7) y Julio César (5) tirados en una de las habitaciones, con su cuello cortado; la sangre cubría todo, pero lo más duro y que más tristeza me provocó fue ver a la pequeña Ana Rosa (6) que se arrastró hasta su cuna y murió abrazada de su osito”.
El comisario David Gil ya no está en las filas policiales, hace casi dos años que se jubiló, pero al recordar esta trágica historia dijo: “Giménez estaba vivo y muchos me decían, dejalo que se muera, y sólo les respondí, ¡No, porque tiene que vivir! Yo no lo voy a matar. Lo primero que se le cruza a uno por la cabeza es matarlo inmediatamente, pero si pensamos las cosas nos preguntaríamos, ¿quién es más verdugo? ¿Quién te va a cuidar después en un hecho así?”.
“En ese momento –agregó sumamente apenado– sólo vinieron a mi mente las palabras de un sacerdote de apellido Moreno que en la Escuela de Policía nos enseñaba Ética Policial. Siempre nos inculcaba que la vida sólo la maneja Dios y que al mayor asesino hay que tenerle piedad y hacerle conocer que lo que ha hecho está mal aunque no tenga conciencia, y si la tiene que se pudra. Hubo una justicia que no hay que confundir”. Al finalizar la nota, un nudo en su garganta lo dijo todo.



