Salud y alimentación

Agricultura incaica, un ejemplo de resiliencia y regeneración ambiental

Los Incas fueron un maravilloso ejemplo de eficiencia en el manejo del territorio, la agricultura y el equilibrio ecológico de su ambiente

Siempre relacionada armónicamente con su naturaleza de frágiles ecosistemas andinos, costeros y selváticos, a partir de complejos y delicados mecanismos tecnológicos y sociales, esta civilización consolidó un exitoso modelo de sustentabilidad y sostenibilidad sin daños ambientales en materia de agricultura.

Los incas controlaron un vasto imperio que incluía 4 zonas climáticas y, en consecuencia, su producción agrícola era muy diversa y fue absorbiendo las expresiones culturales de los pueblos incorporados, llegando a abarcar parte de los actuales territorios de: Perú, Bolivia, Ecuador, Chile, Argentina y Colombia, constituyéndose así en el Imperio más grande de la América precolombina y uno de los más extensos en la historia mundial.

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Cosecha de papas. (Foto: sudamericarural.com)

Cosecha de papas. (Foto: sudamericarural.com)

La agricultura se basaba en un calendario ritual de gran importancia religiosa, por ejemplo, la ceremonia de Uma Raymi Quilla (en octubre) para pedir lluvia, y el Aymoray Quilla (en mayo) celebraba la cosecha, dando gracias a la Pachamama, la Madre Tierra. La tierra era trabajada usando herramientas simples como el azadón, el rastrillo, el arado de pie -el chakitaclla-, que consistía en un palo afilado de madera o bronce que se introducía en la tierra empujando con el pie desde una barra horizontal. Las hojas de azadón se hacían tradicionalmente usando piedras afiladas. La agricultura era una actividad comunitaria, y los campesinos trabajaban en pequeños equipos de siete u ocho, a menudo cantando, mientras los hombres usaban el azadón y las mujeres los seguían con el rastrillo o plantando semillas. Entretanto, los niños y los jóvenes eran los responsables de atender los rebaños de camélidos de la familia. Incorporaron más de 500 especies de alimentos básicos, cultivaron una gran variedad de frutas, verduras, especias y plantas medicinales.

Es de destacar la papa, cuya adopción ha sido el gran aporte de la civilización andina para la alimentación mundial. Cultivaron más de 200 variedades de papa. Se las consumía sancochadas, con cáscara y todo, y también se las sometía a procesos de conservación, obteniendo la papa seca y el chuño. El maíz, cultivado en el Antiguo Perú de manera independiente con respecto a México, fue también la base de la alimentación y era comido en muy variadas formas: tostado (cancha), sancochado (mote) y en una especie de pan llamado tanta. Sus hojas eran consumidas como legumbres y de sus granos hacían también la famosa chicha o acja, la bebida preferida del Imperio.

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Los incas y sus antecesores cultivaron alrededor de 200 variedades de papas. (Foto: Scott Bauer)

Los incas y sus antecesores cultivaron alrededor de 200 variedades de papas. (Foto: Scott Bauer)

Cultivaron también plantas industriales como el algodón y el maguey. Del algodón hicieron tejidos. Del maguey aprovecharon sus fibras para hacer sogas resistentes y calzados. Otras plantas cultivadas fueron la tabaco (sairi) y coca (cuca) para uso ritual y medicinal. También cultivaron porotos (frijoles), granos, camotes, yucas, ocas, mashwas, pimientos, tomates, maníes (cacahuates), nueces de la India, calabazas, pepinos, quinoa, guajes, tarwis, algarrobo, chirimoyas, lúcumas, guayabas y paltas (aguacates).

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Mujeres andinas vendiendo sus productos. (Foto: codespa.org)

Mujeres andinas vendiendo sus productos. (Foto: codespa.org)

La Agricultura incaica, como un conjunto de técnicas y saberes utilizados en el territorio del Tawantinsuyo por sus pobladores para cultivar la tierra, logró desarrollar en los Andes una sociedad predominantemente agrícola; superando la "hostilidad" del suelo, venciendo las adversidades del terreno andino y las inclemencias del clima. Consiguió con gran destreza la adaptación y optimización de técnicas agrícolas heredadas de culturas ancestrales preexistentes, permitiendo así organizar la producción diversificada, tanto en los ambientes de la costa, sierra y selva, para poder redistribuir a pueblos que no tenían acceso a otras regiones.

Este modelo exitoso, se basaba en sus terrazas de cultivo y andenes para conservar el suelo, largos y angostos escalonamientos en las laderas de las montañas, que eran sostenidas por piedras que retenían la tierra fértil, cumpliendo la función de distribuir regularmente la humedad. En ellas, el agua de lluvia se filtraba lentamente desde los niveles superiores a los inferiores, aprovechándose con gran eficiencia la escasa cantidad de líquido disponible. En las zonas de mayor precipitación y mayor pendiente, las terrazas permitían evitar la erosión, impidiendo que el escurrimiento superficial del agua de lluvia arrastrara las partículas del suelo. Esas terrazas eran rellenadas con tierra acarreada de zonas más bajas y abonadas con suelos lacustres y algas, transformándose en una verdadera construcción del suelo agrícola.

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Valle de Colca. Se construyeron andenes para permitir la agricultura en el accidentado terreno andino. (Foto: Smiley.toerist)

Valle de Colca. Se construyeron andenes para permitir la agricultura en el accidentado terreno andino. (Foto: Smiley.toerist)

El suelo se mezclaba con guano de aves marinas y este recurso era cuidadosamente administrado ya que de él dependía el sustento alimentario de su pueblo. El barbecho era una práctica permanente. En la costa y los valles fertilizaban los suelos con cabezas de pescado, que enterraban con semillas de maíz en su interior. Otra modalidad utilizada fue la de los excrementos humanos secados al sol y pulverizados. En el esfuerzo por alimentar a una población en crecimiento, no hubo recurso que dejara de utilizarse.

Por entonces, muy poco suelo era naturalmente apto para cultivo y había que construirlo metro a metro. Al ser la zona andina mayoritariamente árida o semiárida, su explotación no hubiera sido posible entre los incas, sin contar con un sistema de riego de alta eficiencia. Utilizaron sistemas de riego heredados de las culturas pre-incas, construyeron diques y presas para controlar las inundaciones. El agua había que traerla desde las nacientes de los arroyos y encauzarla mediante una red de canales, los principales, de muchos kilómetros de largo y hasta de 4 metros de diámetro. Los canales de riego se construían a partir de un surco practicado en la montaña en sentido longitudinal y cubierto con losas de piedra unidas con tierra para que el ganado no los destruyese. También construían grandes cisternas de piedra, que recolectaban el agua de los arroyos y la desviaban por medio de acequias hacia las parcelas de cultivo.

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Parque Arqueológico de Tipón, Perú. 

Parque Arqueológico de Tipón, Perú.

Los logros tecnológicos, alcanzados a nivel agrícola, no hubieran sido posibles sin la fuerza de trabajo que se encontraba a disposición del Inca, así como la red vial que permitía almacenar adecuadamente los recursos ya cosechados y repartirlos por todo su territorio. Por los excelentes caminos incas (Qhapaq Ñan o Camino Real) transitaban todo tipo de mercancías.

Los incas eran agricultores ambiciosos y, para maximizar la producción agrícola, transformaron el paisaje con terrazas, canales y redes de riego, como ya hemos señalado y, de igual manera, con frecuencia drenaban los humedales para adecuarlos a la siembra. Además, eran muy conscientes del valor de la rotación regular de sembradíos, para mantener la fertilidad del suelo y prevenir enfermedades.

El a menudo duro clima andino podía traer consigo inundaciones, sequías y tormentas, lo que, unido a las plagas, implicaba que no era raro que las cosechas anuales se perdieran. En esos casos, el talento inca de almacenar comida resolvió el problema. Los alimentos (y otros bienes) eran guardados en las decenas de miles de almacenes (qollqa) que estaban distribuidos por todo el imperio, comúnmente colocados en filas ordenadas cerca de los centros de población, grandes fincas y estaciones a un costado de los caminos. Los funcionarios del estado mantenían cuidadosamente sus inventarios usando el quipu, un artefacto usado para registrar mediante hilos y nudos.

A pequeña escala, cada unidad familiar o ayllu producía su propia comida. Estos ayllus formaban parte de un grupo más amplio de parientes o que poseía tierras de cultivo de forma colectiva. Idealmente, cada Ayllu debió tener al menos un terreno en tierras altas y otro en las tierras bajas más templadas, para que pudieran cultivar una mayor diversidad de alimentos. Por ejemplo, las tierras altas podían ofrecer buenas pasturas y eran propicias para la producción de maíz y papa, mientras que la hoja de coca sólo podía cultivarse en altitudes más bajas.

El uso de terrazas para el cultivo en las laderas de las montañas, la rotación de cultivos para mantener un equilibrio nutricional en el suelo y asegurar un suministro constante de alimentos diversos y la utilización de fertilizantes naturales para mejorar la calidad y nutrientes de los suelos son prácticas que han dejado un legado duradero en la agricultura de la región y que siguen vigentes en la actualidad.

Este sistema agropecuario les permitía tener una alimentación balanceada y variada. También eran expertos en el intercambio de semillas y conocimientos agrícolas. A través de su vasto sistema de caminos y su red de comunicación, los incas intercambiaban semillas con otras regiones y aprendían técnicas agrícolas de diferentes comunidades, lo que facilitaba su adaptación a diversas condiciones climáticas y geográficas.

Con sus antiguas tradiciones y sus innovadores métodos, los agricultores incas lograron algo extraordinario: crear una agricultura sobresaliente, que aún hoy mantiene relevancia e impacto, resultando inspiradora y digna de imitar gracias a sus cualidades de sostenibilidad y sustentabilidad ambiental, económica y social.

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