Durante la primera mitad, el atacante colombiano fue una pieza determinante en el plan visitante al asistir con precisión en la jugada que le dio el 1 a 0 a Vasco da Gama.
Sin embargo, con el correr del complemento y ante el asedio constante de Boca, su lucidez se diluyó por completo, dando paso a una evidente frustración ante la incomodidad que le generaba el trámite.
La desconexión definitiva se produjo en una maniobra infantil que dinamitó su noche en cuestión de segundos. Tras una falta a favor del conjunto local, Gómez se interpuso deliberadamente para impedir la salida rápida de Santiago Ascacíbar, ganándose de inmediato la primera tarjeta amarilla por parte de Piero Maza.
Lejos de calmar los ánimos y retroceder, el colombiano perdió los estribos y encaró al árbitro chileno con una queja desmedida, provocando que el colegiado no dudara en mostrarle la segunda cartulina de forma consecutiva para enviarlo a los vestuarios.
Consumada la expulsión, el delantero completó su insólita secuencia con un cuadro de incredulidad y resistencia: se negó a salir de la cancha, demoró el reinicio del juego y reclamó insistentemente una revisión del VAR que reglamentariamente resultaba inviable para una amonestación.
Su irresponsabilidad obligó a sus compañeros a replegarse y resistir en inferioridad numérica durante el tramo final, transformando lo que pudo ser una noche consagratoria en un papelón que casi hipoteca la ventaja de su equipo.