Diario Uno > Opinión > Uber

Uber vs. Ubre: la pelea que reveló un viejo drama de mujeres en taxis y remises

La multinacional Uber ha intimado a una argentina por una disputa de marcas. El caso ha revelado un viejo problema: el de las pasajeras que dicen sentirse acosadas en esos servicios

Solange Barroso es argentina, tiene 36 años y una hija. Es docente, gana poco y eso la llevó a generar un microemprendimiento para tener más ingresos. Sin embargo esa minúscula iniciativa ha puesto en alerta a la multinacional Uber que, enojada, la ha intimado judicialmente.

Solange lanzó en La Matanza, corazón del conurbano bonaerense, una micropyme que ofrece servicio personalizado de traslados para mujeres, conducido por congéneres. Uber la quiere poner en vereda a esta emprendedora porque le ha puesto al emprendimiento una marca que a ellos no les gusta: Ubre.

Te puede interesar...

Uber es una firma que nació para romper moldes en lo que respecta a los servicios tradicionales de taxis y remises. Esa firma ha librado batallas legales y otras cuerpo a cuerpo en varias capitales del mundo para romper los monopolios que existían en esos rubros. Hoy es una marca instalada en el mercado internacional y exige que Solange Barroso le cambie de inmediato el nombre Ubre por otro que -argumentan- no lleve a confusión, para lo cual hace flamear lo que se conoce como derecho de marca.

Las historias

En los animales mamíferos, la ubre alude a la teta de las hembras. Por traslación, en los seres humanos señala una de las características de lo femenino. Eso, dice Solange, es lo que quiso destacar con su negocio que busca cubrir un bache en cuanto a servicios.

Las usuarias vienen reclamando desde hace mucho tiempo taxis y remises manejados por mujeres, una instancia que les evitaría tener que pasar por los sinsabores que muchas veces les genera un servicio conducido por varones, varios de los cuales no suelen estar a la altura de las circunstancias en cuanto al trato adecuado para con las pasajeras.

En los ámbitos laboral y familiar es común escuchar a las mujeres contar los variados problemas que muchas veces han tenido que aguantar cuando utilizan los servicios de taxis o remises conducidos por hombres. Por ejemplo, comentarios con doble sentido, insinuaciones varias, escasa discreción al hacer preguntas, avances, lenguaje provocativo.

Hay otro clásico: basta que una mujer les diga qué recorrido quiere hacer para llegar a su destino, porque de esa forma se sienten más seguras, para que muchos de los conductores les propongan (o impongan) otras formas de arribo. Todo ello las obliga a tener que elaborar estrategias de seguridad, como la de tomar nota del aditamento y la patente del coche que abordan y enviar un whatsapp, o la de avisar a amigos o familiares de que a tal hora han tomado un taxi y que van a tal destino.

La viña del Señor

Claro que hay choferes ubicados, educados y sensatos. Pero como en todas las actividades, esa mayoría de justos suele pagar por las acciones de los pecadores. Varias veces se ha dicho, y con razón, que en esa actividad están faltando campañas de concientización ciudadana para los choferes en asuntos como atención al cliente o de violencia de género. Ni el gobierno ni las empresas parecen coincidir en la necesidad de hacerse cargo de esa falencia.

El hecho de trabajar a diario en la calle con pasajeros que son un muestrario de la condición humana, quizás moldee de una forma particular a los choferes, pero eso no es justificativo para adoptar posiciones de dominio o de acoso cuando una mujer aborda un taxi o un remis.

Las pasajeras poseen derechos. Por ejemplo, a viajar en silencio si así lo desean; a revisar sus agendas, documentos o celulares para ganar tiempo; a no verse en la obligación de tener que pararles el carro a algunos lanzados; a no tener que escuchar durante el viaje la música o los gritos de Cadena 3 a todo volumen, ni siquiera a tener que escuchar las radios de contenido religioso con la que algunos choferes pretenden catequizar.

Para no cansar, digamos que esto de Uber contra Ubre ha generado una interesante discusión. Por un lado ha mostrado una paradoja: las firmas que llegan al mercado a romper moldes, una vez que se consolidan no les gusta que aparezcan otros rebeldes.

Y por otro lado, ha puesto sobre la mesa un asunto que habitualmente no llega a los medios ni a las agendas de los funcionarios, como es la necesidad de revisar algunos servicios públicos (taxis y remises en este caso) para ponerlos a tono con las nuevas exigencias que pide la lucha contra la violencia de género.