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Que Alberto Fernández asuma el liderazgo para empezar a gobernar por sí mismo

La crítica situación del país exige una agenda de superación sin más dilaciones

Este Día de la Lealtad quizás no haya sido una fecha recordatoria más. Sin las masas movilizadas, igualmente fue un acontecimiento significativo para Alberto Fernández por las muestras de apoyo que recibió desde diversos sectores.

No son suficientes las fotos ni las declaraciones para ganar el liderazgo del peronismo ni mucho menos de toda la coalición, pero sin esos avales, Fernández no tendría forma de garantizar una cohesión básica para tomar las riendas de su gobierno. Y la expectativa de que presidirá el PJ le suma caudal político.

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No es nada bueno sentirse pintado cuando se ocupa el máximo cargo del Estado y gestionando un gabinete de diversos colores y con poco brillo. Peor todavía es que las prioridades de la agenda la maneje la Vicepresidencia.

A menos de un año de arrancar, el Gobierno necesita ser refundado. Aún Fernández no ha logrado definir una agenda que sintonice con las urgencias de la sociedad. Cuando se logró la reestructuración de la deuda heredada, perdió una oportunidad de relanzamiento en el plano económico por falta de liderazgo político.

La movida judicial inspirada por las causas que enfrenta Cristina, el paso fallido en el caso Vicentín, la indefinición de un plan que le dé previsibilidad a la economía, la escapada del dólar, la inflación, la errática gestión frente a la pandemia, el impacto en la pobreza y el desempleo, las idas y vueltas sobre las violaciones a los derechos humanos en Venezuela, y la falta de acuerdos con la oposición han signado hasta el momento el gobierno de Fernández, que enfrenta, consecuentemente, una caída constante en los niveles de popularidad.

La respuesta de voceros oficiales una y otra vez, a manera de consuelo, es que frente a la pandemia el Gobierno repartió fondos como nunca antes a empresas y personas. Repiten también que la prolongada cuarentena nos salvó del desastre. Y no hay día que no recuerden que se está reconstruyendo un país de las ruinas que dejó Macri. Para quienes se oponen, los sectores y los medios críticos, está reservada la asociación con el odio.

Si faltaba algo, Mauricio Macri reapareció en la escena. Con total desparpajo y nula autocrítica, se posicionó como analista de la realidad como si él no tuviera nada que ver con los problemas que enfrenta el país, al menos como coprotagonista.

Alberto Fernández no la tiene fácil, con un panorama complejo en el horizonte económico. Para enero ya están anunciados los aumentos tarifarios, cuando el impacto de la pandemia está lejos de amainar. Sin embargo, un pronto acuerdo con el FMI puede ser un argumento para cambiar las expectativas y el ambiente de incertidumbre de los mercados.

El proyecto para estimular la inversión en pesos puede ser una buena iniciativa, pero hay coincidencia mayoritaria en los ámbitos económicos que hace falta un plan que dé previsibilidad más allá de las próximas semanas y meses.

La crisis y las urgencias del momento pueden ser la oportunidad para Alberto Fernández de redefinir su gobierno y de diseñar una hoja de ruta. Asumir el liderazgo es la única opción para una administración que necesita inspirar confianza y certidumbre sobre lo que vendrá.

Desde esa conducción legítima, el Presidente podría articular sectores y tender puentes con la oposición en pos de una agenda superadora que apueste al desarrollo del país aun en estos tiempos dramáticos. Razonabilidad, institucionalidad y política virtuosa son pilares para trazar un rumbo fiable que neutralice el ánimo creciente del "que se vayan todos".

El Presidente tiene el desafío de patear el tablero o, al menos, de mover las fichas.

¿Se alinearán los planetas?

El panorama local aparece más despejado para Rodolfo Suarez que las semanas anteriores. Si bien no es definitiva, la relación con Fernández parece afiatarse aunque no hayan desaparecido las rispideces. El pase de facturas presidencial existió cuando estuvieron cara a cara, pero el tema de la apertura de la cuarentena a la mendocina no es lo que más desvela a Fernández, sino las agudas críticas de Alfredo Cornejo a la gestión nacional.

La estrategia de Suarez sigue siendo el deslinde de los roles que les corresponde a uno como gobernador y a otro como presidente del radicalismo nacional. Está claro que Cornejo no es un diputado más que responda subordinadamente a los mandatos del Gobernador, y de ninguna manera está en el ánimo de Suarez tomar distancia de su mentor político.

Deberá Fernández hilvanar otros métodos, ya sea con Cornejo u otros líderes de la oposición, si quiere establecer acuerdos básicos en el marco de la gobernabilidad, más si se tiene en cuenta que no todos dependen de la chequera oficial como los gobernadores.

Cuando la relación entre Suarez y el gobierno nacional parecía llegar a su máxima tensión, se firmó un acuerdo de 3.000 millones de pesos de asistencia financiera y se espera una negociación fructífera por el presupuesto provincial. El gobierno local espera que esta vez le aprueben el roll over y créditos por 350 millones de dólares para obras.

El momento político y la situación económica vislumbran la posibilidad de un entendimiento con el justicialismo provincial sin tanta injerencia desde la Nación como sucedió a principios de año.

Con la deuda con los bonistas reestructurada, renegociados los plazos con el Banco Nación, con presupuesto, refinanciamiento y toma de créditos aprobados, las finanzas públicas quedarían oxigenadas y habría fondos disponibles para obras que ayuden a mover la rueda de la economía.

Con un país devastado y una provincia en decadencia, no hay margen para que oficialismo y oposición jueguen partidos diferentes. Mendoza, como la Nación, también necesita una agenda para desplegar todo su potencial.