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Patricia Bullrich, la guerra, y los escraches de cartón

El PRO se debate entre la moderación de Larreta-Vidal y la actitud más confrontativa de Patricia Bullrich y Mauricio Macri. Todo parece indicar que, como advirtió Carrió, es tiempo de aquietar ánimos 

En la clase media no militante se venía detectando desde hace tiempo una cierta reticencia hacia el discurso demasiado confrontativo, típico "de halcones", de la presidenta del PRO, Patricia Bullrich.

Lo advirtió con habilidad Lilita Carrió, quien no se privó de machacar que este era un tiempo de moderación y que, ante un gobierno débil como el de Alberto Fernández, debía priorizarse el interés de la Nación sobre las peleas políticas. También reclamó más atención para el sufrimiento de la gente por los problemas económicos, la falta de trabajo y la ausencia de vacunas necesarias para generar un sosiego.

Un sentimiento parecido estaba generando en los sectores independientes la figura del ex presidente Mauricio Macri, incluso entre quienes lo habían votado en 2015. El argentino medio, curtido como pocos en tantas batallas perdidas, ha logrado desarrollar un olfato político -no militante- que le hace intuir con algún acierto hacia dónde soplan los vientos.

Por ejemplo, ese argentino sabe que, por ahora, no es tiempo de Macri como conductor de la oposición. Ello le ha dado la razón al titular nacional de la UCR, Alfredo Cornejo, quien desde antes de la derrota en las presidenciales de 2019 venía opinando que la coalición opositora al kirchnerismo debía tener una conducción horizontal sin protagonismos excluyentes.

En esa lectura ciudadana, Macri como presidente era una cosa. Macri en el llano y derrotado, es otra, por más que lo haya votado el 40% de los argentinos. La sensación era -y es- que su administración perdió la oportunidad de comenzar a modernizar la Argentina alejándose del populismo.

El uniforme

La ex ministra de Seguridad Patricia Bullrich había quedado -tras su salida del gobierno- muy influenciada en su discurso político por el mundo uniformado, ése con el que había interactuado durante cuatro años. Su lenguaje se había poblado de muchos términos militares, de barricada, y demasiado argumento terminante, cuando en realidad hacer política es someterse al reino de la mediación, del convencimiento, del diálogo, del acuerdo, No por nada el libro que escribió para repasar su labor contra el delito se llama "Guerra sin cuartel".

La actitud intransigente de la Bullrich contrastaba, y aún lo hace, de manera notable con la actitud política de otros dirigentes de Juntos por el Cambio (JxC), como el jefe de Gobierno porteño Horacio Rodríguez Larreta o la ex gobernadora bonaerense María Eugenia Vidal, que confrontan con el kirchnerismo de otras maneras menos destempladas, como tratando de respetar el dolor de los argentinos bajo la pandemia, y sin caer en las trampas habituales de la grieta.

Ese PRO que no comulga con la conflictividad de Bullrich, más la Carrió y los suyos, más buena parte de los radicales (aunque a veces se salgan de la vaina), más los cordobeses anticristinistas, más el peronismo republicano todavía congelado, más los sectores independientes ilustrados, más la clase media baja que aún sostiene la idea del ascenso social, saben que la coalición opositora que se va enfrentar con el kirchnerismo en las elecciones legislativas de noviembre tiene que hacer gala de moderación y de ponderación.

Lo cual no debe ser entendido como falta de firmeza ante el avance cristinista sobre los otros poderes del Estado, en particular el proyecto de la vicepresidenta de frenar todas las causas judiciales en las que está siendo investigada por supuestos casos de corrupción.

Escrache listo para usar

Como si fuera una voltereta paradojal acerca de lo que estamos hablando, el caso que tuvo como protagonista a Tomás Méndez, periodista y locutor militante de C5N y Radio 10, quien organizó un escrache contra el domicilio de Patricia Bullrich con el fin de transmitirlo en vivo en su ciclo ADN, sirvió para que hasta el empresario kirchnerista Cristóbal López decidiera echarlo a Méndez de su multimedio ante tal nivel de desatino y ausencia de ponderación profesional.

Ese periodista militante no fue a cubrir un escrache, es decir un hecho concreto de la realidad, sino que "fabricó" una realidad propia, de cartón, para corroborar su posición ideológica e ir contra la presidenta de un partido político de la oposición.

Con tanta actividad política sobre sus espaldas, que empezó en Montoneros y que ha recalado en la jefatura del PRO, Patricia Bullrich debe saber muy bien que sembrar vientos es una tarea peligrosa, a veces, muy pocas, necesaria, pero que casi siempre incluye cosechar tempestades. Y Tomás Méndez debería aprender que los periodistas informan u opinan sobre hechos reales, no sobre deseos imaginarios.

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