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Nuestro 17 de octubre del siglo XXI: el futuro del peronismo

Hoy el desafío del pueblo peronista (no confundir con la dirigencia del justicialismo) es lograr un tiempo de paz, de diálogo y de cambios urgentes

Pocos se han percatado de este detalle, pero la lealtad del 17 de octubre de 1945, marca un hito en el mundo. Un hecho único en la historia de la humanidad: por primera vez la clase obrera de un país sale a la calle a protestar; pero, en este caso, con una particularidad. Algunos dicen que los manifestantes fueron 500.000, otros pretenden minimizar su valor reduciendo la cifra a 100.000; pero para el caso es lo mismo.

Vayamos a lo importante. Y para ello tengo que reiterar lo que ya apunté: por primera vez la clase obrera de un país sale a las calles a protestar, pero ya no por mejoras laborales, como sí lo había sido la semana trágica de 1912 en Santa Cruz o la Revolución Mexicana también de principios del siglo XX.

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Esta manifestación tenía tintes peculiares. Se buscaba la liberación de un coronel, detenido en la isla Martín García. Pero este coronel no era un hombre cualquiera. Digamos algo así, como que era el intérprete de grandes anhelos, de la tan proclamada como enigmática: “justicia social”. La misma que consistía en una nueva filosofía de vida, que aún no terminaba de emerger en nuestro país, como sí lo había hecho en las más opulentas sociedades occidentales.

Durante su mandato como Secretario de Trabajo y Previsión Social, Perón había logrado importantes avances en legislación laboral, convenios colectivos de trabajo, vacaciones pagas, prohibición contra el despido arbitrario y el estatuto del peón rural; entre otros.

La clase obrera sentía que en él se depositaban las esperanzas de un pueblo que carecía de hasta lo más indispensable. Y no exagero. Por nombrar algunos ejemplos: se eliminó la ley que discriminaba entre hijos matrimoniales e hijos extramatrimoniales (algo tan simple como entender que los hijos son simplemente hijos, independientemente de las pillerías que cometan los padres); se eliminó el arancel universitario (por primera vez los hijos de los obreros pudieron acceder a la universidad); se consagró el voto universal femenino; se otorgó plena capacidad civil a las mujeres.

Por esto y por otros conceptos más, imposibles de detallar en un artículo, la liberación de Perón significaba mucho más que la libertad de un líder. Era el triunfo de la lucha contra la explotación, contra el hambre, contra la pobreza, contra la exclusión. Era la argentinidad que se encarnaba en un nuevo movimiento político humanista y cristiano.

Podría decirse que éste fue el punto neurálgico de la génesis de nuestro movimiento, pero en los tiempos que corren, la lealtad ha dejado de ser un valor privativo de los peronistas.

En primer lugar, nacemos con el imperativo del Código Penal de no traicionar a la patria; con el deber cívico, de la Constitución del 94, de velar, cuidar y defender a la democracia, y más ahora para evitar que el país vuelva a descarrilarse como sucedió en el 2001. Lealtad para transformar a la Argentina pensando en el bien común, en el desarrollo económico y en un modelo productivo.

Es por eso que hoy el desafío del pueblo peronista (no confundir con la dirigencia del justicialismo) se trata de lograr un tiempo de paz, de diálogo y de cambios urgentes.

Poner en valor un proyecto de peronismo republicano, federal y democrático; que construya puentes de dialogo y no grietas irreconciliables, donde los peronistas nos sintamos escrutados por la imagen del abrazo con Balbín, como única forma de convivencia civilizada y posible en esta convulsionada Argentina de la pospandemia.

No hay lugar, tiempo, ni espacio para enfrentamientos, odios, ni violencia. Si durante la renovación peronista de los años 80, liderada por Antonio Cafiero, se logró reducir la influencia de una casta corrupta, violenta, extorsiva e intolerante; hoy también se nos abre un nuevo horizonte para democratizar la vida interna del partido, devolver al peronismo su capacidad electoral, para reconciliarlo con las clases medias y para desplazar definitivamente a los extremistas, a los prepotentes y a los sectarios.

“En vez de hacer al pueblo heredero de Perón, nos dimos cuenta que un grupito de dirigentes se había aprovechado de este testamento en beneficio propio”.

Antonio Cafiero.

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