Análisis y opinión

Me obligo a ir armando paquetes de sociabilidad para después usarlos en las fiestas de fin de año

"No soy de los que se sienten atraídos de manera natural por la Navidad, el Año Nuevo, los casamientos o los festejos de la empresa. Pero si hay que ir, lo hago como el mejor"

Lo digo "de una": me incluyo entre quienes no son particularmente sociables. No me siento atraído de manera natural por la Navidad o el Año Nuevo. Tampoco por los cumpleaños, los casamientos, las fiestas del trabajo o las juntadas de ex alumnos. No siento esa atracción "normal" que muchas personas muestran por todos esos encuentros de los que disfrutan sin rollos.

Paso rápidamente a explicarme para que no vayan a dejar de leerme en este segundo párrafo por pelmazo. No es que haya dejado de ir a reuniones familiares como las de fin de año o a un cumpleaños de gente querida. Pero como eso no se me da de manera espontánea, me formateo. Si debo acudir, lo hago con la mejor cara. Y casi siempre espero que en esas reuniones sea mi mujer quien pregunte "¿nos vamos yendo?".

He tratado desde joven de obligarme a stockear cuotas de sociabilidad para esos encuentros ineludibles. Es más, en varias de esas reuniones la paso bien, sobre todo si no hay mucha gente. Más de 6 personas lo considero mucha gente. Pero como sé que la buena educación y la afabilidad son virtudes, trato de atenderlas.

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Una concurrida reunión social.

Una concurrida reunión social.

Una de las "deformaciones" que me ha dejado la profesión periodística es la de estar muy atento a los detalles. Y a hacer preguntas. Si, por ejemplo, en un casamiento me toca estar sentado a la mesa con gente desconocida y se hace necesario un diálogo mínimo, hago preguntas para que mi interlocutores más cercanos se explayen.

Ante la adversidad, ¡pecho! Eso se me fijó a los 20 años cuando me tocó el servicio militar en la Marina. Por entonces ya estaba en la facultad estudiando periodismo y debí posponer la carrera durante un año y medio. Sin embargo me di cuenta que lo mejor era afrontarlo sin bajones. Y, como en algunos casamientos, en la colimba no la pasé tan mal. Conocí gente de todas las provincias. Un correntino nos enseñó guaraní.

Mi oficio, el periodismo

Amo mi oficio, aunque ya no esté activo al 100%. Jamás me molestó trabajar los fines de semana y los feriados. En cambio, nunca me gustaron las fiestas de fin de año de las empresas por las que pasé y, mucho menos, las reuniones gerenciales. A ambas acudí como Dios manda, bañado y todo, máxime cuando cumplí tareas de jefe de Redacción en Diario UNO, que ha sido sin duda el mejor trabajo que tuve.

En las redacciones de los diarios siempre me sentí como pez en el agua. En esos ámbitos nunca tuve problemas de sociabilidad. Ahí no me preocupaba que hubiera mucha gente. El ruido de las redacciones nunca me afectó para narrar, editar o corregir. En cambio para escribir en mi casa necesito silencio. Un cuarto propio, como reclamaba Virginia Woolf. Pero como mi casa es chica, lo usual es que agarre la compu y me vaya al bar de la esquina cuyo run run es como adormecedor.

Las reuniones de pauta, esos encuentros diarios en los que se perfilaba con los distintos jefes de sección el trabajo periodístico cotidiano, nunca me molestaron porque ahí se discutían asuntos que me interesaban. Hacer un diario es un módico intento -antes en papel ahora en la web- de ordenar el mundo. ¿Cómo no estar fascinado ante ese desafío aunque a veces no nos salga como pensábamos?

Algunos de mis amigos deben insistir para que nos juntemos a cafetear. A veces me cuesta decirles que sí. Cuando por fin voy, la paso muy bien, nos reímos del mundo y de nosotros y no nos faltan temas de conversación. No puedo ser tan remiso, me digo de vuelta en casa, donde tengo la suerte de sentirme muy bien.

Lo que más me gusta es leer y salir a caminar por el Parque San Martín. Hago todas las compras diarias de la casa. Eso me ha permitido tejer una cuota de sociabilidad barrial. Las cajeras del súper me llaman por mi nombre y tenemos amables charlas. Igual me pasa en la rotisería y la verdulería. En la farmacia me reciben con un "llegó el periodista" y en el minimarket con "Manu, querido".

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"Lo que más me gusta es leer y salir a caminar por el Parque San Martín".

"Lo que más me gusta es leer y salir a caminar por el Parque San Martín".

Remedio sin receta

Leer (libros) cuando me levanto en la mañana es como si me tomara una pócima revitalizante. Y releer en ese horario matutino a Borges, es "el remedio sin receta" que más me reconforta.

Después me sumerjo en los diarios digitales y no puedo dejar de buscar (y encontrar) errores, incluso en diarios importantes. En los pocos quioscos en que reciben diarios papel de Buenos Aires me detengo para ver las tapas y creo entender más rápidamente lo que ha pasado.

Entre las cosas que le agradezco a mi relación con el periodismo es la de haberme vacunado contra el prejuicio. Me enerva escuchar que todos los pobres son negros de mierda, que se catalogue a la clase media, principal motor de este país, como "clase mierda", y que todos los ricos sean corruptos irredentos.

Aguardo, de manera particular, los sábados porque es el día en que nos juntamos con mis nietas e hijas. Me satisface el haber influido para que tuvieran buena ortografía y sean buenas personas, pero estoy seguro que el trabajo más sólido lo hizo mi mujer.

En fin: no soy un amargado desalmado. Simplemente, no se me da esa sociabilidad frecuente de otras personas.