Análisis y Opinión

Me cansó la charlatanería, quiero recibir información y opinión: ¿pido mucho?

¿No está usted, lector, harto del estilo de "show periodístico" con que nos atosiga el streaming? Venden un supuesto entretenimiento "fresco" donde naufragan la información y la opinión

Y quisiera, en la medida de lo posible, que la información y la opinión no estén mezcladas. Ocurre que son muy pocos los que pueden juntar con éxito esas dos cosas haciéndolas brillar. Los Lanata no crecen de manera natural al borde de los arroyos.

Entre quienes llegaron a tener una habilidad notoria para separar ambas cosas en sus ciclos de TV tradicional recuerdo al Mariano Grondona de la democracia reconquistada. Con anterioridad muchos lo habíamos denostado por haber actuado, como una especie de ideólogo civil de los militares alzados contra el presidente Arturo Illia en junio de 1966. Sin embargo, la de Grondona es una historia de redención periodística muy interesante.

Son muy pocos los que pueden juntar con éxito la información y la opinión haciéndolas brillar. Los Lanata no crecen de manera natural al borde de los arroyos.

Pocas veces he visto una disección periodística tan precisa y crítica como la que Grondona realizaba -mezclando el profesor universitario y el periodista- al final de su programa televisivo Hora clave en la época del menemismo cuando ya hacía rato que se había asumido como un verdadero liberal republicano y había reconocido el error de haber colaborado con dictadores en los años '60.

En Hora clave Grondona mostró una transformación notable. Se reconcilió consigo mismo y con los demás. Su programa fue uno de los que más se destacó en eso de escuchar todas las campanas y de separar la información de la opinión que, lo sabemos, no es algo que se pueda hacer con precisión quirúrgica, pero que sí demanda un conciencia atenta.

Alrededor de la medianoche, a mediados de los '90, cuando yo volvía de trabajar en Diario UNO, solía quedar absorto con la editorial de Grondona en la TV. Mejor dicho, sentía esa felicidad que nos llega cuando alguien logra ordenar y darle sentido a todo eso que presentimos, pero que nos cuesta tanto poner en palabras. Escucharlo era como correr una cortina para ver la zona oscura de esa década marcada por Carlos Menem donde varios aciertos terminaron infectados por una praxis política chapucera. (¿Le suena, no?).

El programa Hora Clave de Mariano Grondona fue uno de los que más se destacó en eso de escuchar todas las campanas y de separar la información de la opinión.

Volvamos al presente

Estoy bastante harto del estilo de "show periodístico" con que nos atosiga el streaming. Incluso aquellos ciclos que en ese sistema se presentan como netamente periodísticos están envenenados por el estilo pelmazo y chacotero de la peor mesa de bar.

Nos venden un supuesto entretenimiento "fresco" e informal, donde suelen naufragar tanto la información como la opinión. Bajo ese supuesto reinado fiestero del streaming, ¿quién puede estar todo el día con ánimo desestructurado escuchando la palabra "orto" y similares?

Para muchos cultores del streaming, los diarios se mueren; la TV tradicional fallece; y absolutamente todo ocurre en las redes sociales. Todo es supuestamente nuevo y ellos son los Adanes y las Evas. Pero la realidad ya está expulsando del paraíso a varios para que salgan a ganarse la vida sin creerse los inventores del ombligo. Se olvidan que la historia es un "continuum".

Tales desapariciones totales de medios aún no ocurren. La noble radio, tantas veces asesinada desde que llegó la TV, sigue haciéndose oír. Y aunque con las cámaras de video metidas en el estudio ha perdido aquel ministerio original, sigue en batalla reconquistando varias colinas.

Los diarios de papel, sobre todo en las provincias, se transmutaron en su mayoría en diarios digitales y, si bien han tenido lógicas transformaciones, pelean -no siempre con éxito, hay que admitirlo- para no perder la calidad profesional, es decir, para no diluir aquella arraigada idea de que para confirmar una noticia había que acudir al diario.

La actriz y conductora Florencia Peña supuso que podía jugar a ser periodista y terminó matando de palabra al padre de Lionel Messi.

Lo real es que los cambios tecnológicos los han obligado a transformarse para subsistir. Como el cine sonoro obligó al cine mudo a hacerse oír y la computadora desplazó a las queridas máquinas de escribir Remington. Pero fíjese que siempre lo que muta deja su marca. El teclado de las laptops y de los celulares, por ejemplo, es el mismo de las viejas Olivetti. El espíritu de supervivencia de los humanos a veces se refleja en este tipo de cosas.

Matar de palabra

La actriz y conductora Florencia Peña supuso que también podía jugar a ser periodista. Dio por sentado que el streaming le daba esa posibilidad (total, con probar y joder no perdemos nada). Peña terminó matando de palabra al padre de Lionel Messi, en medio del Mundial de Fútbol, porque una productora periodística del streaming la "obligó", a través de la "cucaracha", a anunciar que Jorge Messi había fallecido.

Hizo el papelón del año creyendo que es lo mismo ser una jodona actriz cómica que una periodista frente a un micrófono de Luzu TV, el sitio más visto del streaming.

Buena parte de ese estilo desordenado, con el que se juega en los caóticos mesones del streaming, viene siendo adaptado en varios programas periodísticos del cable y de la TV donde el espectador espera mayor profesionalismo. La reciente perorata de Eduardo Feinmann contra los mexicanos es la muestra cabal de eso.

La reciente perorata de Eduardo Feinmann contra los mexicanos es la muestra del estilo de muchos streaming que varios han copiado.

Dijo Feinmann: "Detesto a los mexicanos. Los detesto con mi alma. El 'ahorita' ese se lo pueden meter en el orto. La envidia que los mexicanos le tienen a los argentinos, no solamente es en el fútbol, es en todo, en todo nos envidian. Quieren ser como nosotros y no les da el piné. No son clásicos para nada. Y menos en el fútbol donde son de madera". Le juro, lector, que al leer eso pensé de inmediato en el gran Octavio Paz y mi mente le pidió disculpas. Tantos años destinados por Paz a desentrañar con palabras el alma mexicana para que un periodista argentino, con poder de resonancia, la resuma de esa forma rastrera.

Recordé cuando Ricardo Piglia, autor, entre otras cosas, de esas magníficas clases sobre Borges que se vieron por la Televisión Pública, se mofaba de las exageraciones burdas de la "posmodernidad" donde ya no había totalidad, ni verdades absolutas, ni grandes relatos ni sentido, y donde todo estaba fragmentado. Lo cual, decía, ha dado lugar a un nuevo cinismo. "Si no hubiera totalidad -refutaba Piglia- no podríamos salir a la calle porque no sabríamos ni tomar el colectivo".

Fingida frescura

El envalentonamiento apocalíptico de aquellos posmodernos citados por Piglia, podría emparentarse a la "nueva invención del mundo" que algunos creyeron ver en la aparición del "universo streaming". No hay tal "mundo feliz". El ecosistema "streaming" ya sufre sus propias crisis. A diario se denuncian problemas (precarización laboral, plataformas manejadas por personajes poco transparentes, modelos de negocios que no rinden, e incluso un supuesto agotamiento del formato).

¿Es realmente el streaming una propuesta diferente a la TV tradicional y a los canales de cable? ¿Es lo suyo una crisis de crecimiento o, por el contrario, un envión para recrearse, como aseguran los defensores? ¿Esta condenado el streaming sólo al chimento y a la política?

Hay tribunas con público en todos esas canchas. Incluso están quienes afirman que "el streaming vino a convivir con los medios tradicionales y no a competir" y citan los crecientes ejemplos de medios consolidados que ya han migrado parte de su oferta al streaming.

Cierro con lo dicho al comienzo. Lo que yo verdaderamente extraño como espectador y oyente es la falta de profesionalismo y de talento. En contraposición, hay exceso de supuesta audacia y de fingida "frescura".

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