Ahora que estamos todos en casa, y en muchos casos con madre y padre trabajando online, los almuerzos y cenas han mutado hacia horarios tan inusuales como las 16.30 o las 23.45. Fue en una de esas comidas donde se nos dio por hablar del amor.
Alguien instaló el tema con esta pregunta: ¿se imaginan a los que se enamoraron tres o cuatro días antes de la cuarentena o, lo que es peor, el día anterior?
Nos inquietó imaginarnos a quienes creyeron en la posibilidad de haber encontrado la pareja de su vida, o del otoño, o del año, o del lustro. ¿O el chongo o la chonga de estación? ¿O un touch and go no tan condenado al apuro y al desdén?
Estarán -nos dijimos- los que pudieron estrenar besos, abrazos y placeres, pero que luego tuvieron que cortar abruptamente esas medicinas.
O los que creyeron haber pegado muy buena onda y que imaginaron que en el próximo encuentro iban a poder ratificar si era sólo una vana impresión o no. Pero que el encierro social les vedó el segundo cara a cara.
Cariño virtual
¿Y los amores adolescentes que recién habían comenzado? ¿Qué harán con esas irrepetibles sensaciones de encantamientos y con esa necesidad de ver llegar al colegio a la chica o al chico que les gustaba?, posibilidad ahora cortada por decreto de necesidad y urgencia.
Alguien, entonces, me trató de viejo y me recordó la gama de oportunidades virtuales que existen hoy para hacer conexión. Me hablaron del sexting y otras supuestas delicias que ofrece la web. Ponéle, les contesté descreído.
Imposible no referirse en una charla como ésta a los amantes. A los problemas impensados que el aislamiento trae, deben haber sumado nuevas y complicadísimas acciones para no privarse de esa adrenalina que las almas furtivas requieren.
Las maltratadas
Como para romper el hechizo, otro comensal habló de la cara contraria a todo esto: la del desamor y de las parejas infectadas por la violencia familiar, de esas mujeres que, encerradas entre cuatro paredes, ahora tienen el doble o el triple de posibilidades de que las maltraten e incluso de que las maten.
Volviendo al asunto inicial de los que se enamoraron en tiempos de Covid 19, inquirimos: ¿Y si él o ella, luego de esos escasos momentos de anhelado, estrenado y confinado amor, llamó para contarle al otro que se sentía mal de salud y a los pocos días informó que le dio positivo el examen de coronavirus?
Otros tiempos hubo
Pero no todo son las ocurrencias y las complicaciones del amor. Durante una de esas comidas “fuera de tiempo”, llegó a casa un mail con un comentario de una parienta que se había sentido sorprendida por las colas que se ven estos días en los negocios donde se pagan las facturas de impuestos y servicios.
A esta persona, una profesional de la salud, la voluntad de pago y de cumplir con sus obligaciones que exhibe buena parte de la ciudadanía, la había emocionado.
Y tenía razón. Es gente que quiere pagar a pesar de que muchas de esas obligaciones han sido reprogramadas.
Es decir, personas que tratan de poner un poco de previsibilidad en un mundo que se ha tornado imprevisible y angustiante y que nos ha modificado casi todo el menú de posibles libretos con que transcurríamos nuestros días.
Una de las más hermosas historias de amor de todos los tiempos transcurre durante una pandemia de cólera. Se la debemos al genio de Gabriel García Márquez. ¿Por qué no pensar que también esta vez el amor puede generar cientos de relatos llamados a perdurar y a hacernos un poco menos jodidos?


