Diario Uno Opinión Aumento de la pobreza
Análisis y opinión

Las penas son de nosotros, el fracaso de los gobiernos

Desde la recuperación de la democracia, los sucesivos gobiernos han sido incapaces de revertir la pobreza

El gobierno de Rául Alfonsín heredó de la dictadura militar un aparato productivo destruido, inflación de dos dígitos, 50 mil millones de deuda externa y un contexto internacional adverso por el bajo precio histórico de las commodities. Además, de las secuelas que implican el terrorismo de Estado, claro está.

Tuvo que lidiar con los paros generales, el Senado adverso, la acechanza militar, contra la patria contratista y los "capitanes de la industria". "No supo, no quiso o no pudo", y después de que el radicalismo perdiera las presidenciales, Alfonsín le entregó el gobierno en forma anticipada a Carlos Menem en medio de una hiperinflación descontrolada.

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El presidente riojano que prometió el salariazo y la revolución productiva, primero entregó el manejo de la economía a la Bunge, luego probó con su comprovinciano Erman González, tuvo su propia hiper, hasta que convocó al padre de la convertibilidad, Domingo Cavallo, lo que le posibilitó la reelección.

Menem pulverizó la inflación, desreguló, abrió la economía, y privatizó a mansalva. Las recetas neoliberables aplicadas multiplicaron los pobres, la desocupación y la deuda externa.

El gobierno de la Alianza se aferró a la convertibilidad, pretendió ajustar el déficit heredado en medio de la recesión, no logró reestructurar una deuda que incrementó y empeoró todo hasta que estalló el país, después del corralito de Cavallo.

Adolfo Rodríguez Saá, en su semanita, selló el default ante la eufórica celebración del Congreso.

La salida de la convertibilidad, la hiperdevaluación y la pesificación asimétrica fueron los signos del gobierno de Eduardo Duhalde, quien logró la estabilización política y, junto a Remes-Lenicov, realizó la tarea "sucia" para sentar la bases de la reconstrucción junto a Roberto Lavagna.

Para entonces Argentina alcanzaba el récord histórico de pobreza y desocupación.

El camino de la recuperación siguió con la gestión de Néstor Kirchner y Lavagna. Se reestructuró la deuda, se aprovechó la competitividad de un dólar alto y el viento de cola de los precios de la soja y demás productos del campo. El país creció en su PBI por aquellos años pero la mejora no impactó en la misma proporción en los indicadores socioeconómicos ni en la desconcentración económica.

Las etapas de Cristina Kirchner con Martín Lousteau, Carlos Fernández, Amado Boudou, Hernán Lorenzino y los últimos años, con Axel Kicillof en el Ministerio de Econimía, concluyeron con casi el 30 por ciento de pobreza, denuncias de corrupción, y con déficits pronunciados en todos los órdenes.

El gobierno de Mauricio Macri bajó el déficit fiscal y el energético a fuerza de endeudamientos y de penurias de la población. Lo pagó con la derrota electoral y se fue con una espiral de pobreza y desocupación. Exactamente lo contrario a lo que había prometido.

La derrota en las PASO del gobierno de Alberto Fernández y Cristina Kirchner da cuenta de la desaprobación mayoritaria a su gobierno.

La situación económica y social del país al momento de asumir, once años con un crecimiento promedio nulo, el impacto de la pandemia, las consecuencias de las decisiones para enfrentar la pandemia, y una gestión errática en lo económico y en lo político, conforman el combo que se plebiscitó en las primarias.

Al Gobierno le cayó la ficha y ahora ha salido con un despliegue inusitado de medidas para tratar de cambiar el humor social y conseguir los votos que le permitan revertir el resultado.

La batería de acciones y promesas van destinadas a todos los segmentos y sectores, incluso al agropecuario exportador.

Los escenarios que se proyectan más allá de las elecciones son inciertos. Hay temores por la pérdida de reservas, por posible devaluación, por la deuda con el Fondo y por la inflación. Existe incertidumbre por la sustentabilidad de las medidas que se están tomando y el impacto que puedan tener en el mediano y el largo plazo. También por cómo pueda repercutir el resultado de las elecciones.

Algunos sectores del Gobierno son conscientes de que la baja moderada de la inflación y la recuperación de la industria y de la construcción deben sostenerse en el tiempo con programas de estabilización que generen expectativas favorables. Pero el ala más política y con más poder del Frente de Todos tiene otra agenda de prioridades.

En ese contexto, nuestra provincia que depende ciertamente de la macroeconomía y del trato desfavorable que le dispensa el gobierno nacional, tiene que acentuar los esfuerzos para revertir esa relación y atender sus propios problemas. Las consecuencias derivados de la economía y de la política dejan graves secuelas: la pobreza en el Gran Mendoza, según los datos del primer semestre, es de 43.6 por ciento, y supera el promedio nacional.

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