En los tiempos que corren, la sociedad en pleno ha sido testigo o interviniente del debate respecto al rol del Estado frente a la Educación.
La Universidad Pública nos necesita hoy y siempre
Nuestro agradecimiento a la Educación Pública es infinito. Mucho de lo que hoy somos y podemos ejercer es gracias a nuestro paso por las aulas de la Universidad Pública
Pocas situaciones despiertan las pasiones que se vivieron en la marcha del 23 de abril convocada por el Consejo Interuniversitario Nacional (CIN). Sin dudas, las Universidades Nacionales forman parte del orgullo nacional y del contrato social que nos une y nos hermana como Nación.
En aquella oportunidad, de manera transversal y transgeneracional, la sociedad mendocina se encolumnó detrás del Consejo Superior de la UNCuyo, las representaciones estudiantiles y gremiales y todos juntos marchamos de manera unida y pacifica reclamando por una causa noble.
Esto permite, entre otras aristas, pensar qué rol tenemos quienes egresamos de la educación universitaria no arancelada.
Difícilmente se pueda transmitir en palabras lo que, para casos como el mío, representa la Universidad Nacional de Cuyo y en general, la Universidad Publica Argentina.
Creo ser un ciudadano medio, cuya vida fue transformada por la Universidad y eso me convierte en un defensor incansable de esta institución.
Vengo de una familia que siempre priorizó la educación de sus hijos, pero que, por diversas circunstancias de la vida, no tuvieron la oportunidad de acceder a ella.
Siempre soñé con ser abogado y aunque no tenía muy claro cómo era el camino, ni tenía un referente cercano para preguntarle, la vida y el contexto me fueron acercando a la Universidad.
Mi primer contacto con la Universidad, me lo brindó la Directora de la primaria, quien convocó a mis padres y les comentó que la Universidad Nacional de Cuyo tenía colegios primarios y secundarios, los instó a que probaron con inscribirme en el DAD -por aquel entonces, ese colegio, formaba en EGB 3 únicamente-. De aceptar la propuesta y de quedar seleccionado, implicaría, renunciar a ser abanderado en mi primaria del barrio y abandonar séptimo año para comenzar a dar mis primeros pasos en un colegio de la Universidad.
Mis padres obviamente tenían miedo, era salir de la zona de confort, de la cercanía de la casa, implicaba conocer nueva gente y afrontar cuatro colectivos –aunque por aquella época, solo había posibilidad de 2, el resto se haría caminando-. En conjunto, decidimos afrontar ese desafió.
Desde ahí, mi vínculo con la UNCuyo no ha cesado. Han pasado 23 años desde que tomamos esa decisión, y hablo en plural porque la Universidad Pública no solo transforma personas, transforma familias enteras, padres y madres, tíos y abuelos que quizás no accedieron a la educación de grado, pero que celebran tan sentidamente cuando uno de los suyos logra conseguir ese tan ansiado título que le permite ejercer la carrera que soñó, que de chico imaginó y que hoy, con mucho orgullo, defiende.
Finalmente, en el año 2016 me recibí, disfruté cada instante de la carrera, fui el primer graduado de grado en mi familia y tuve la suerte de conocer a muchas generaciones de egresados que en distintas oportunidades de la historia argentina tuvieron sus desafíos, no es esta la primera vez que se pone en crisis el sistema educativo argentino. Sin embargo, en esta oportunidad, ante el descredito de tantas instituciones, es necesario volver a poner en valor a la Universidad Pública como exponente máximo de la Educación argentina.
La Educación es el único instrumento institucional que iguala en una sociedad desigual y, a su vez, genera herramientas y oportunidades de ascenso social. Por ello y como graduados, no podemos quedarnos en la comodidad de decir, “nosotros ya lo conseguimos” - “este problema no es nuestro”, por el contrario, debemos garantizarles a las futuras generaciones de estudiantes el acceso, la permanencia y el egreso de la institución educativa superior.
Asimismo, no debemos olvidar que nuestro título de grado o pregrado, fue solventado por toda la sociedad argentina, por todos aquellos que de manera holgada o no, llegan a fin de mes. Esto resulta clave para el ejercicio de nuestra profesión. Olvidar o desconocer esta circunstancia, representa ingratitud con toda la sociedad que, gracias a su esfuerzo, nos permitió estudiar y ejercer nuestra profesión.
Nuestro agradecimiento a la Educación Pública es infinito. Mucho de lo que hoy somos y podemos ejercer es gracias a nuestro paso por las aulas de la Universidad Pública.
Sin embargo, aunque nuestro esfuerzo, el de nuestras familias y de nuestros afectos sea inquebrantable, todo ello no podría ser posible sin un Estado Nacional que asegure y garantice la Educación no arancelada, o por lo menos, no en la realidad de quien suscribe la presente.
Hoy y siempre la Universidad nos necesita y debemos afianzar nuestro vínculo con lo universitario, ponernos a disposición de las necesidades estudiantiles actuales -razón de ser de las universidades y pensar que, gracias a nuestro título, tenemos una profesión que nos permite soñar y vivir con mayor o menor soltura, nos permite ser críticos y libres.
Nuestro vínculo con lo universitario no debe agotarse el día de nuestro egreso, debemos regresar a nuestra Alma Mater, involucrarnos, aportar nuestros conocimientos y experiencias, debemos colaborar con su institución y con sus estudiantes. Debemos ejercer con ética, austeridad, orgullo y gratitud a toda la sociedad argentina.
En resumen, como claustro graduados somos garantes de asegurar a las generaciones venideras el acceso a la Educación Pública y a la vez, somos responsables de mantener el prestigio de una institución que nunca lo perdió. Debemos involucrarnos y retribuir a la Universidad en la medida de nuestras posibilidades, al fin y al cabo, somos orgullosos hijos e hijas de la Educación Pública.
. El autor es Abogado y Magister. Integra Graduados por la Educación Pública


